Tienen razón los náufragos
recalcitrantes y los anacoretas al montarse
en una columna: el ser humano está mejor
solo. La vecindad es un concepto que ha
fastidiado a la Humanidad desde que el
mundo es mundo. Salvo raras y escasas
excepciones, tener un vecino es tener un
enemigo natural, dispuesto a comerte vivo.
Créanme, la mejor relación que
puedes mantener con un vecino es ninguna.
Que no lo oigas y que él no te oiga a ti.
Por ejemplo, el vecino que vive encima de
mí ha vendido su casa y el nuevo vecino ha
decidido emplear el verano practicando el
deporte nacional español: la obra. Durante
meses tendré que soportar, justo encima de
mi cabeza, una sinfonía de martillazos. Así
sabré de la existencia de algo cuya
existencia ignoraba (el piso superior) y lo
haré gracias a que la naturaleza, que pudo
prever la bipedestación pero no el hilo
musical ni la taladradora, no nos proveyó
de párpados en las orejas.
En
política internacional, esta observación es
una ley. Polonia podía haber sido la
Francia eslava, pero sus vecinos no la
dejaron. En 1791 los polacos dieron a luz
una Constitución que se adelantó meses a la
francesa pero a austriacos, prusianos y
rusos la idea de tener un vecino libre no
les hizo mucha gracia. Borraron Polonia del
mapa, literalmente, durante un siglo
entero. Tras su traumático renacimiento en
virtud del Tratado de Versalles,
Stalin y Hitler se
estrecharon la mano en secreto para
repartirse Polonia de nuevo y así demostrar
a los futuros historiadores y a los
nostálgicos cerriles que comunismo y
nazismo son dos caras de una misma moneda:
la de un César totalitario y asesino. Ya le
hubiera gustado a Polonia ser una isla, o
al menos, una península.
Pero en las
islas tampoco está uno a salvo de los
vecinos. Que se lo pregunten al vecino de
Isidre Cañellas, pobrecito. El
primer teniente de alcalde del Ayuntamiento
de Calvià ha decidido alterar un proyecto
público por su cuenta y riesgo para que no
toque ni un pelo de su finca y le ha echado
toda la basura al vecino. No sé los de los
otros países, pero el bien común es un
concepto que todavía no han entendido los
políticos españoles. Aquí, lo común es que
uno se forre si se dedica a la política y
que use un cargo público para beneficio
individual. No en vano, Cañellas es líder
de UM, un partido cuyas siglas forman no
una palabra sino una sospecha.
Ummmm.
Hay vecinos que son
como el imperio austro-húngaro. Cañellas ha
tenido la gracia de asegurar que el trazado
del paseo ha sido modificado, entre otras
cosas, porque las vistas que se ven desde
la finca de su vecino son más bonitas. Si
no quedan humoristas en este país es porque
no hay que buscarlos en las salas de
fiesta, sino en las alcaldías, los
gobiernos autónomos y las sedes de los
partidos políticos.