JULIO VALDEÓN BLANCO
Especial
para EL MUNDO
NUEVA YORK.- Sonic
Youth es mucho más que un semillero de
inspiración para aventuras más o menos
afortunadas. Es puro nueva York. Los
embajadores cincuentones de la no
wave, una rara avis que, tras 25
años de carrera, dos docenas de discos y
críticas fastuosas, carbura con la placidez
que proporciona saberse una leyenda del
rock en tiempos flacos de lírica y ejemplos
poco edificantes.
La banda acaba de
editar Rather ripped, un álbum que
Thurston Moore ha definido como su
particular Parallel lines, plástico
de Blondie que puso en el mapa al conjunto
de Deborah Harry gracias a la imbatible
pegada melódica de sus cortes.
Pero,
a estas alturas del partido, rozando la
cincuentena y con toda una carrera
esculpida a golpes de marginalidad
calculada, Sonic Youth dificílmente será
carnaza de radiofórmula. Cierto es que
Rather ripped contiene algunas de
sus canciones más asimilables, menos
ruidistas.
Los insondables pozos
donde anidaban serpientes han sido
sustituidos por un paisaje casi amable;
casi, y no del todo, pues aún permanece la
furia eléctrica como vacuna. Quizá la
marcha de Jim O'Rourke, compañero de
aventuras durante sus últimos discos, haya
contribuido a la facilidad que se respira.
«Con Jim, exploramos esa vía, compleja y
oscura, pero también nos apetecía hacer
música más inmediata, rock de impronta
punk, en cierta forma», añade Thurston
Moore.