CARLOS JOVER
PALMA.- El pintor
onírico, el que hablaba en alegoría, el que
sumergía su pincel en el pozo de los sueños
para depurar el vapor de la poesía muda que
es el arte de la pintura según Leonardo,
acaba de dejarnos solos en nuestra
sacrificada vigilia, huérfanos de próximos
guiones para recorrer de noche y con los
ojos nublados. Roca Fuster, pintor de
reconocido prestigio en el mundo artístico
de las islas, se ha ido a soñar en otra
noche, justo cuando estaba tal vez en su
mejor momento, preparando exposiciones en
París y Madrid.
La última vez que
aquí se pudo ver su trabajo fue en la
exposición antológica del pasado otoño en
la Capilla de la Misericòrdia, donde el
artista deslizó una paleta cálida y a la
vez luminosa, de honda devoción
renacentista, tramada en base a una
figuración con matices ya entonces fúnebres
-como señalamos en su día en la crítica
aparecida en el periódico-, que
entremezclaba onirismo, fabulación
postsurrealista, dibujo prerrafaelista y
una reconocida filiación clásica enfocada
en Zurbarán y Velásquez.
Nacido en
Palma en 1942, había expuesto en galerías
de renombre como la sala Nonell de
Barcelona, Alcolea de Madrid, y diversos
espacios fuera de nuestras fronteras como
Lyon, Chicago o Nueva York. Su técnica de
óleo sobre tela, o pastel sobre papel,
urdida desde el realismo figurativista de
academia, había atravesado la sierra del
naturalismo hasta alcanzar de pleno el
universo de la poesía.
Algunas de sus
obras, incluso, habrían podido ser
comprendidas a la perfección por William
Blake, de cuya técnica simbólica es posible
que se nutriera la inspiración del
artista.
Roca Fuster deja un vacío en
el mundo de las artes de las islas que
difícilmente podrá suplirse, máxime cuando
su pintura debe entenderse como un arte
sabio y antiguo que en nada se aproxima a
las corrientes expresionistas, minimalistas
o «poveras» que hoy en día constituyen las
líneas ascendentes de las nuevas
tendencias. Como si de un sueño se tratase,
un sueño tranquilo y bello, entre los
vapores de la tarde estival, Roca Fuster se
desliza pues, ahora que ha muerto para
nosotros, hacia el mundo preciosísimo y
diáfano de su propia obra, dentro del cual
vivirá para siempre de sueño en sueño, de
obra a obra.
Tal vez cuando pintaba
no deseaba otra cosa que poder vivir algún
día dentro de ese mundo mágico que estaba
creando con tanto esfuerzo y con tanta
sensibilidad. Ahora ya está en ese
sueño.