En cierta ocasión, el pesemero
Antoni Alorda se me quejó de que
había escrito que el PSM era el único
problema serio de convivencia que teníamos
en Baleares. Posiblemente simplifiqué, tal
vez porque las fronteras entre los
distintos grupúsculos catalanistas no están
demasiado nítidas. En el PSM hay gente
respetable, seria y pacífica, pero hay un
componente violento en muchos de sus
miembros y grupos aledaños que es evidente.
Basta leer los panfletos de las juventudes
pesemeras: producen
escalofríos.
Mi diagnóstico, aun
pecando de reduccionista, era, sin embargo,
bastante exacto: absolutamente toda la
violencia -dialéctica, física, de pintadas,
de insultos, de algaradas callejeras-
procede del mismo sitio y de los mismos
espacios ideológicos. Cuando apareció el
diario Baleares ya advertí que su
importancia no tenía que ver con su
difusión -uno de los más estrepitosos
fracasos de Pedro Serra- ni con que
estuviera escrito en catalán, ni con que se
mantuviera única y exclusivamente de
subvenciones públicas. Su importancia -y
así lo percibí desde el primer momento- era
que cumplía la función de cohesionar a la
tribu y alimentarla ideológicamente. Sus
columnistas, su editorialista, el director
adjunto, Lorenzo Capellà, Ferrán
Aguiló, las cartas al director
inventadas, el cuerpo de colaboradores de
ERC y hasta un Josep Moll -que no
debería proyectarse así- que casi llama a
rebato contra los traidores a su
tierra que somos los no catalanistas, todo
y todos rezuman odio y espíritu
incendiario. Luego empieza a pasar lo que
pasa. De momento, pinchazos y pintadas. De
momento.