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  Martes, 13 de junio de 2006 Actualizado a las 01:39
 

EN VENA
Tenis o permetrina

ROMÁN PIÑA VALLS


¿Hay mejor manera de pasar un domingo que sentarse a ver el partido final de Roland Garrós a 32 grados y sin toldos? No. Allí estaba esa multitud, miles y miles de señores y señoras con prendas claras, blanco dominante, tan quietecitos, viendo a Federer y Nadal con gorra de visera, gafas de sol y sin lipotimias. Te descuidas unos años de ver tenis televisado, y los estadios cuadruplican su aforo, incluso se permiten los berridos del público.

A los cinco minutos Rafa Nadal ya empapaba la toalla de sudor. La cinta Nike de la cabeza cada año la hacen más ancha y más absorbente, pero ni por esas. Aunque en París se debe estar muy bien a 32 grados, porque algunos incluso aguantaron la tarde con corbata y bandera. Larry Flynt, el creador de la revista Hustler, se presentó a un juicio una vez en silla de ruedas y con la bandera americana por pañales. Munar ha reutilizado la bandera mallorquina que subió al Everest y la ha llevado a Roland Garrós para que salga en la foto, en una foto que sólo se va a publicar en Baleares. Es para que nos la aprendamos de una vez.

Yo nunca he distinguido un Roland Garrós de un marron glace. Todo me suena a dulce, o todo me suena a tenis. Pero tras dedicar 1.200 palabras el pasado diciembre a elogiar los músculos de Nadal sin haberle visto nunca un partido, ya era hora. Me siento ante la tele a la sombra, con jersey, y veo cómo el tenista mallorquín se queda pegado a sus pantalones pirata blanco. Hace mal Nadal no enseñando las rodillas. Luego reacciona a medida que va subiendo el volumen de su aullidos de guerra, en cada golpe, como embestidas sexuales. Federer no grita en sus devoluciones ni en sus saques. Los latinos del Mediterráneo siempre hemos sido presumidos.

Hay que tomarse el partido con calma porque esto está muy reñido y va para largo, a juzgar por ese 6-1, 1-6 de los primeros sets. Puedo ver el partido como quien hace meditación zen. O poner la radio, pero eso es para los duros de oído. Hay que ver cómo gritan los locutores de radio por una pelota de tenis que sale fuera o pega en la red. A las tres pelotas los tienen que llevar a urgencias con las cuerdas vocales echando humo.

No puedo ver el partido de un tirón porque he de ir a Palma a una farmacia de guardia a por un tratamiento contra los piojos. La radio del coche no sintoniza el partido y me voy a perder el final. El farmacéutico no sale a atenderme porque debe de estar también comiendo marron glacé, o sea viendo el Roland Garrós. Por fin sale y me vende un champú con permetrina, medio tartamudo porque no tiene la cabeza en mis piojos sino en Rafael Nadal.

 
   
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