¿Hay mejor manera de pasar un domingo
que sentarse a ver el partido final de
Roland Garrós a 32 grados y sin toldos? No.
Allí estaba esa multitud, miles y miles de
señores y señoras con prendas claras,
blanco dominante, tan quietecitos, viendo a
Federer y Nadal con gorra de
visera, gafas de sol y sin lipotimias. Te
descuidas unos años de ver tenis
televisado, y los estadios cuadruplican su
aforo, incluso se permiten los berridos del
público.
A los cinco minutos Rafa
Nadal ya empapaba la toalla de sudor. La
cinta Nike de la cabeza cada año la hacen
más ancha y más absorbente, pero ni por
esas. Aunque en París se debe estar muy
bien a 32 grados, porque algunos incluso
aguantaron la tarde con corbata y bandera.
Larry Flynt, el creador de la
revista Hustler, se presentó a un
juicio una vez en silla de ruedas y con la
bandera americana por pañales. Munar
ha reutilizado la bandera mallorquina que
subió al Everest y la ha llevado a Roland
Garrós para que salga en la foto, en una
foto que sólo se va a publicar en Baleares.
Es para que nos la aprendamos de una vez.
Yo nunca he distinguido un Roland
Garrós de un marron glace. Todo me
suena a dulce, o todo me suena a tenis.
Pero tras dedicar 1.200 palabras el pasado
diciembre a elogiar los músculos de Nadal
sin haberle visto nunca un partido, ya era
hora. Me siento ante la tele a la sombra,
con jersey, y veo cómo el tenista
mallorquín se queda pegado a sus pantalones
pirata blanco. Hace mal Nadal no enseñando
las rodillas. Luego reacciona a medida que
va subiendo el volumen de su aullidos de
guerra, en cada golpe, como embestidas
sexuales. Federer no grita en sus
devoluciones ni en sus saques. Los latinos
del Mediterráneo siempre hemos sido
presumidos.
Hay que tomarse el
partido con calma porque esto está muy
reñido y va para largo, a juzgar por ese
6-1, 1-6 de los primeros sets. Puedo ver el
partido como quien hace meditación zen. O
poner la radio, pero eso es para los duros
de oído. Hay que ver cómo gritan los
locutores de radio por una pelota de tenis
que sale fuera o pega en la red. A las tres
pelotas los tienen que llevar a urgencias
con las cuerdas vocales echando humo.
No puedo ver el partido de un tirón
porque he de ir a Palma a una farmacia de
guardia a por un tratamiento contra los
piojos. La radio del coche no sintoniza el
partido y me voy a perder el final. El
farmacéutico no sale a atenderme porque
debe de estar también comiendo marron
glacé, o sea viendo el Roland Garrós.
Por fin sale y me vende un champú con
permetrina, medio tartamudo porque no tiene
la cabeza en mis piojos sino en Rafael
Nadal.