RAÚL DEL POZO
En un principio
fueron los herodotos, los suetonios, los
hernando del pulgar; luego llegaron a las
trincheras los nuevos historiadores: con
sus caballetes y sus pinceles valieron
tanto como las plumas de los historiadores.
Dos de ellos, los dos españoles, con
ojos como espátulas, con meteoros en las
miradas, volvieron del revés las asaduras
del arte y atravesaron, como se hace con
los alfileres y las mariposas, a los
protagonistas; ensartaron con carboncillos
a los reyes, a los cardenales, a los
príncipes, a los perros, a las majas, a los
matadores, y, por fin, en el cénit de su
gloria, escucharon los alaridos de un
pueblo, del mismo pueblo siempre
arcabuceado, bombardeado, con los gobiernos
y los reyes huidos. Los dos genios
inventaron la propaganda épica, el
cartelismo de la resistencia.
Ahora,
esos dos alegatos, los dos gritos
desgarradores, las dos leyendas, se han
puesto frente a frente [en el Museo Reina
Sofía], cuando uno es la continuación del
otro; no hay entre Los fusilamientos
y el Guernica competencia, sino
coincidencia. Las dos obras emplean la
inspiración para defenderse de los
invasores.
El primer enemigo traía
en las mochilas los derechos del hombre;
sus mariscales fueron capaces de ordenar a
las tropas que rindieran armas desde Sierra
Morena a Andalucía, el último residuo del
paraíso. El segundo enemigo fue un pelotón
de fusilamiento desde el aire, se llamaba
Legión Condor, y la mandaba un psicópata,
un bujarrón de albergue. La cabeza de un
caballo, un tonsurado, los chisperos, las
casas humeantes, españoles arcabuceados o
bombardeados en los dos pasquines más
importantes del siglo XIX y del siglo XX,
la cumbre del arte mural, pueden
contemplarse y completarse.
El uno
era pintor de cámara, afrancesado, liberal,
patriota del rey; el otro era republicano,
también afrancesado por el éxodo.
Goya pintó los Fusilamientos
seis años después de que hubieran ocurrido
y Picasso, como se adelantaba a todo, se
adelantó hasta al bombardeo. Goya recordó
las descargas de los mamelucos en el 1814,
con los recuerdos de León Ortega y Villa,
discípulo en su taller, herido en la
refriega de la Puerta del Sol. Fue testigo
de la carga y se la relató. Goya no puede
narrar en un solo lienzo la traición, ni
recordar que, el primero de mayo de 1808,
Napoleón ordenó a Murat que enviara a la
Monarquía española a Francia, como si se
tratara de simple mercancía: «Enviadme a
Bayona al Infante Antonio y a todos los
Príncipes de la Casa Real».
Pero
Goya sí pinta cómo el pueblo de Madrid se
lanzó a las patas de los caballos del
emperador. Madrid se enteró de la ignominia
cuando vio que la reina Etruria y su hijo
subían a uno de los carruajes. Un cerrajero
gritó: «Se han llevado a nuestros reyes, y
quieren llevarse a todas las personas
reales. Muerte a los franceses». Desde una
ventana del palacio un mayordormo arengó:
«A las armas, quieren llevarse al infante
[don Francisco de Paula]». El criado de
Goya le acompañó con un candil por Príncipe
Pío, vio a un tonsurado, un chispero, entre
los ejecutados; ese mismo candil es el
quinqué del Guernica, el cuadro que
sustituyó al sagrado corazón en la
iconografía de los progres.
Picasso,
el siete ojos, el cien mil ojos en dos
ojos, el ojo de la aguja, los ojos del
gitano ladrón de mirada; y Goya, la mirada
desafiante, los ojos hundidos, la
perspicacia del sordo. Los dos tenían la
memoria poblada de los monstruos y de la
sangre de un pueblo de toros y guerras
civiles, fandangos de lechuzas y tripas de
caballos. Los dos conocían a los muralistas
de las cuevas paleolíticas, con pinturas
rupestres de uros y ciervos. Malraux dijo
que en los Fusilamientos del 3 de
mayo está el grito de España... y que
el Guernica es el mismo grito. Por
algo sus autores aprendieron el arte de los
aguafuertes de Rembrandt y de los refajos
de las majas, los dos conocieron a su
pueblo, siempre traicionado.