La verdad es que el agitado y traumático
Congreso del PSM ha tenido un desenlace
inesperado, al menos para los que
observamos a este partido desde la
distancia ideológica y carecemos, por lo
tanto, de ciencia pesemelógica. La
impresión generalizada -que comparto- es
que el PSM, salvo reacción en contrario, ha
firmado su sentencia de muerte al diluirse
en un magma suficientemente heterogéneo
como para que el mantenimiento de la
identidad sea fácil. Pero lo que más me ha
sorprendido de este harakiri pesemero ha
sido el método utilizado, calcado del que
utilizó EU para fagocitar a los ingenuos
Els Verds, hoy desparecidos, tras la
integración, del panorama político balear.
Soy de los que piensan que toda esta
operación ha sido magistralmente diseñada
por los neocomunistas de EU. Lleva
la marca de la casa. El quintacolumnista de
Els Verds fue Llauger y el
quintacolumnista del PSM ha sido ahora
Barceló.
El PSM era un partido
extraño que me da la impresión se
encontraba mal en su piel, tal vez porque
no tenía demasiado claro cuál era su piel.
Ideológicamente, era un partido
catalanista, a mi juicio uno de sus grandes
fracasos -del que pienso eran conscientes
sus cabezas más inteligentes- ya que
incurría en el fatal error de los
nacionalistas mallorquines incapaces de
crear un nacionalismo autóctono e
independiente de Cataluña. Esta acusación
de catalanismo más o menos oficial
incomodaba a no pocos miembros del PSM,
cuya aspiración «transversal» no ocultaban,
lo cual planteaba no pocas cuestiones de
indentidad catalanista.
Tampoco está
claro su izquierdismo, oficializado en la S
de sus siglas. Hay muy pocos socialistas en
la Part Forana, integrada por
pequeños y medianos propietarios con un
sentido de la propiedad más bien poco
socialista. Este socialismo de boquilla se
percibía en los posicionamientos del PSM
cuando se rozaban cuestiones que afectaban
a la propiedad, por ejemplo la gestión
privada de las aguas. O se opinían a
cualquier intento socializador o se
callaban como muertos. Tampoco su discurso
era excesivamente izquierdoso ni, desde
luego, progre. Significativamente,
en ocasiones se entendían mejor con el PP
que con socialistas e izquierdistas de
pelajes varios.
El radicalismo
dialéctico iba por barrios o por personas,
para ser más exactos. Junto a líderes muy
prudentes y comedidos -y, por ello,
respetados- como Mateu Morro o
Sebastià Serra, estaban unas
juventudes incendiarias y todos estos
epígonos catalanoides que escriben en el
Baleares o están en la UIB. A mí me
han impresionado mucho los entusiastas
aplausos de los congresistas pesemeros a
las impresentable palabras del peneuvista
Maqueda al afirmar que «el que no se
siente nacionalista, no merece vivir». Este
lado violento que tiene el PSM es su peor
cara. De hecho, prácticamente toda la
violencia política que existe en Mallorca
-pintadas, insultos, virulencia dialéctica,
acogida a simpatizantes de los terroristas
vascos, impedimentos violentos de
conferencias de adversarios políticos-
procede, si no del PSM, de sus aledaños,
que las fronteras entre catalanistas nunca
están muy claras. Ésta es la peor imagen
del PSM. Ya sólo falta que se una con los
de Esquerra Republicana de Catalunya para
acabar de arreglarlo.
Con todo, el
PSM representa a un sector minoritario,
pero significativo de la sociedad
mallorquina y sólo por ello merece el
respeto de todo partido que, además de
representativo, acepta las reglas del juego
democrático. No estoy seguro de si es buena
o mala la que pienso es una desaparición
anunciada. De lo que sí estoy seguro es de
que prefiero al PSM a Esquerra Republicana
de Catalunya, unos sujetos impresentables
que, con estas aportaciones de EU y el PSM,
ven potenciada su pésima imagen y su nula
representatividad. No entiendo qué hace ahí
un histórico como Sampol y me
imagino que los padres fundadores deben
derramar lágrimas por un PSM que fue, que
pudo ser otra cosa y que ya no será ni lo
que fue ni lo que pudo ser.