Un año más están las Baleares a la
cabeza nacional de fracaso escolar. Es
triste y paradójico que una de las regiones
más ricas de Europa sea la región con más
fugados de la escuela. El que consigan
trabajo fácil en los hoteles es causa
principal, pero no la única. Podríamos
también echar las culpas a algunos
rencorosos sectores de la enseñanza que son
ayatollahs del catalán y castigan a
los que hablan en español -el castellano es
solo el español que se habla en Castilla;
el español, divino invento ibérico para
poder entendernos, es la lengua de todos-
aunque sean niños ecuatorianos o alemanes
que preferirían saber escribir mejor la
lengua de Cervantes.
Otra
causa es sin duda el método. ¿Por qué
demonios el ir a la escuela es un martirio?
Posiblemente si se impartieran otras
asignaturas que fomenten más el pensamiento
que la sola memoria, el alumno se
comprometería más porque pensar siempre ha
sido excitante. La lectura debiera
alimentarse desde la infancia, pero no con
Kafka ni lecturas medievales, sino
con las maravillas de Alejandro
Dumas. Antes que mandar leer Luces
de Bohemia que inviten a compartir las
aventuras del marqués de Bradomín, el don
Juan más admirable por ser feo, católico y
sentimental. Estoy convencido que estas
lecturas tan vivas captarían de lleno la
atención del esclavo de la game boy, y la
literatura seguiría cumpliendo su función
de libertar al hombre.
Pero la razón
más importante de tal fracaso es que
vivimos en el paraíso. Y en medio de tanta
belleza el estar encerrado en un aula se
hace insoportable. El espíritu de
Huckelberry sobrevuela aunque no
sepan quién es, y al mínimo resplandor
salen a las playas desiertas a jugar o
descubren que la primavera ha venido
gracias al reflejo en las dilatadas pupilas
de un súbito objeto de deseo, y se pierden
por los bucólicos campos de Longo.
Entre los bárbaros del Norte la
escuela se sigue más disciplinariamente.
¿Adónde van a ir los pobrecitos en medio de
esas frías latitudes? Así les salen tantos
filósofos que dan vueltas a la vida sin
vivirla y que sueñan con invadirnos. Pero
la filosofía es luminosa y cálida cuando
nace en las riberas mediterráneas, como
bien sabían tanto Ortega y Gasset
como George Santayana.
No
aprendemos de la escuela sino de la vida,
dice un adagio latino. Y a la vida se
lanzan los escolares baleáricos que huyen
del enjuto profesor. Si se enrolaran en un
barco y se lanzasen a la aventura, tal y
como soñaba el visionario Julio
Verne para escapar del futuro de
notario que le dictaba su padre, me
parecería estupendo, pero la realidad es
que acaban demasiado pronto en un trabajo
servil que aniquilará su afán de superarse.
Hay que salir del redil para atreverse a
soñar.