El sábado estuve en los jardines de La
Misericordia donde se inauguró la I Fira
del Llibre Antic i d'Ocasió. Me gustan los
libros antiguos, su olor áspero y su tez
amarillenta. También reencontrarme con el
puesto de la entrañable Llibreria Fiol. Ahí
he hecho, y rehecho, varias veces mi
pequeña biblioteca. Será la nostalgia del
papel en plena era digital. Nunca mejor
dicho.
Hace unas pocas semanas les
aventuré -dándole vueltas a la inutilidad
práctica y al sectarismo ideológico
nacionalista del punto cat- que el futuro
en Internet pasaba por la puesta en marcha
del dominio punto eu. Bien. Desde el pasado
viernes cualquiera puede ya adquirirlo, al
módico precio de unos quince euros, y más
de un millón de peticiones, con Alemania,
Reino Unido, Holanda y Suecia a la cabeza,
están colapsando la empresa que lo
gestiona, el EURid. También empieza a
despertarse la demanda española, lo que
tiene su mérito dado el lamentable estado
actual de las comunicaciones en España. Las
promesas iniciales de Rodríguez Zapatero
no se han cumplido y seguimos en la
cola de Europa con la peor relación de
calidad, velocidad y precio posibles. Un
desastre.
Ello explicaría, aunque
sólo en parte, dado que el aguante de las
vísceras también tiene su límite, el
colapso general cuando se entra en la
página de Miquel Angel Llauger y se
lee su alegato a favor del impuesto de
sucesiones. Como no tiene argumentos y lo
reconoce, menos mal, se limita a
transcribir el memorable artículo publicado
fechas atrás en el Diario de
Mallorca por Aleix Calveras
Maristany, profesor de Economía de la
Empresa de la UIB. Por lo visto, siempre
hay alguien en nuestra Universidad
dispuesto a echar piedras contra el sentido
común. Sólo un apunte propio y además de
refilón. Si unas propiedades ya pagan sus
impuestos vía IRPF y van a seguir
pagándolos al pasar de padres a hijos, a
qué sumarles un nuevo gravamen por el
simple trámite burocrático de su
transmisión. Dan ganas de llorar.