Muchos sabemos que Mayte Amorós
es una joven colaboradora de EL MUNDO que
escribe en su sección de Cultura. El pasado
viernes Mayte, con frescura y las notas de
sensibilidad y perspicacia propias -sino
exclusivas- del alma femenina, nos ofrecía
fiel retrato del acto en el que el día
anterior se había presentado, en el
Auditórium de Sa Nostra, mi último libro
El plet de Cartagena. Lleno hasta la
bandera nos decía dando testimonio de que
las trescientas butacas fueron
insuficientes para que se acomodase todo el
público que acudió. Como me decía horas
después el reconocido historiador
Gabriel Llompart, lo
sobresaliente no fue ni el autor del libro,
ni el presentador de lujo -Félix
Pons- sino el público y cuanto éste
representaba en el contexto de nuestra
sociedad civil.
Mayte, de entrada,
había dado en el clavo sobre lo más
sobresaliente del acto, pero lo más curioso
es que a continuación se extendía hablando
del libro, que calificaba de novela,
partiendo de la fenomenología descrita por
el presentador de la obra. Yo que en mi
vida he escrito una novela, de pronto
aparecía aureolado como novelista, al final
de la tira de libros como historiador. Una
auténtica cura de humildad para este autor
henchido de éxito. No les negaré que en
principio me sentí contrariado, pero muy
pronto caí en la cuenta del porqué del
error de Mayte.
Durante treinta y
cinco minutos, que yo diría que se
escucharon con auténtica devoción -incluida
la del obispo Jesús Murgui- Félix
Pons había desgranado el libro que
presentaba, y lo había hecho en permanente
paralelismo con la novelística de
Llorenç Villalonga, distinguiendo la
vigencia de sus personajes más
característicos en relación con el relato
de El Plet de Cartagena. A nuestra
joven periodista le daban más que servida
la posibilidad de error, un error en el que
igualmente caerían los también jóvenes
informadores de las dos televisiones que
tendrían la amabilidad de entrevistarme,
pero a los que pude replicar gracias a la
inmediatez del diálogo televisivo.
Pero hay algo más que hace feliz el
error de Maite, como haría feliz el error
de Tòfol Colom en relación al
perímetro del globo terráqueo -me refiero
al Cristóbal Colón que Maria
Antònia Munar quiere mallorquinizar a
base de repartir euros, y yo a base de
encontrar unos documentos que al parecer el
Descubridor se cuidó de eliminar -y es que
nuestra Mayte no tiene más de veinticinco
años. Para cualquier joven de nuestros
días, esto del Pleito de Cartagena y de
unos jóvenes expulsados de un baile de
carnaval hace ciento cincuenta años, y no
por carecer de invitación, sino porque sus
apellidos eran insoportables entre la
inmensa mayoría de la sociedad de su época,
a la fuerza tiene que sonar a novela, con
todo lo que de imaginación tiene este
género literario. Las cosas son así y a
Dios gracias. Démonos por satisfechos de
esta feliz ignorancia, aunque todo sea
dicho, el libro seguirá teniendo mensaje
mientras en esta isla, por incapacidad de
aceptar al diferente, tengamos a alguien
molesto a quien echar al agua.
Y
volvamos al acto de presentación del libro.
Fijémonos en un dato curioso que hizo que
lo más importante fuese su público
asistente -dato que comprensiblemente no
podía captar la joven Mayte-. Este dato
residió en la curiosa circunstancia de que
quienes estábamos allí, éramos precisamente
los herederos biológicos y sociológicos de
los contendientes y demás contemporáneos
del pleito. Allí estaba una amplia
representación de los descendientes
directos de los dos jóvenes que, como he
dicho, hace ciento cincuenta años
interpusieron su denuncia por injurias al
por entonces todopoderoso Círculo
Mallorquín. Pasaban de la cincuentena,
entre biznietos y tataranietos. Allí
estaban también, descendientes de los que
por entonces vieron los toros desde la
barrera; incluso algún descendiente de
aquellos socios del Círculo, que ante la
tremenda sanción económica que le impuso en
última instancia el Tribunal Supremo,
tuvieron que prestarle dinero a la entidad
para hacer frente a sus responsabilidades.
Así me lo indicaría el catedrático y
académico Miguel Ferrer Flórez, que
lo sabe todo, minutos antes de comenzar el
acto. Y allí estaban, naturalmente, no
pocos familiares de aquel José
Villalonga Aguirre, prócer del
liberalismo mallorquín de principios del
XIX, que fue pieza clave en la defensa de
los dos jóvenes ultrajados. Gracias a
Fernando Villalonga Truyols y a su
esposa, mi muy querida Carmen Villalonga
Aguirre, ha podido dignificarse el
libro con la magnífica estampa del
insobornable personaje que fue su
antepasado.
¿Qué más quieren que les
diga? Pues se lo diré. Que Félix Pons
superó todas las expectativas. Estuvo
lúcido y sobre todo valiente. No era fácil
decir lo que dijo y cómo lo dijo. Su
presentación, que ya más de uno pretende
publicarla con rango de ensayo para pasar a
la historia, sin duda quedará unida al
recuerdo del pleito de Cartagena; un
pleito, que famosísimo en su momento, así
fue bautizado por la circunstancia de haber
sido conocido, en recurso de apelación,
ante el tribunal marítimo-militar de
Cartagena, cabeza de distrito marítimo, ya
que los denunciantes, desestimada su
demanda ante la jurisdicción ordinaria,
tuvieron que acudir a la jurisdicción
especial de la mar, al amparo del fuero que
tanto ellos como el presidente de Círculo
-Agustín Sorá- ostentaban como
navieros.
Y déjenme terminar estas
líneas reafirmando lo escrito en el libro:
que siempre, aunque lentamente, una mano
misteriosa acaba poniendo todas las cosas
en su sitio. Cuando el pasado viernes -no
serían más de las ocho de la mañana, me
levantaba tras la resaca del Auditórium,
sonaba el teléfono: ¿quíén? preguntaba yo
extrañado -Pues verá vine a escucharle
ayer. Soy aquel que hace cuatro años, en la
carretera de Esporles, le sacaba de debajo
de su coche tras dar usted tres vueltas de
campana. -¡Claro! ¡Es usted mi ángel!- le
contesté. Sí -precisó- soy su ángel, pero
un ángel de carne y hueso que se llama
Pablo Ruiz. ¿Se acuerda?-. Claro que
me acordaba. -¡Gracias Pablo! No puedes
imaginarte lo oportuno que has estado en
llamarme.- Sobran comentarios. Y les
aseguro que no escribo novelas. Pretendo
ser un historiador aunque siempre haya
alguien que no se lo crea.