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  Lunes, 10 de abril de 2006 Actualizado a las 00:54
 

EL TELESCOPIO
De cómo Mayte dio en el clavo

ROMAN PIÑA HOMS


Muchos sabemos que Mayte Amorós es una joven colaboradora de EL MUNDO que escribe en su sección de Cultura. El pasado viernes Mayte, con frescura y las notas de sensibilidad y perspicacia propias -sino exclusivas- del alma femenina, nos ofrecía fiel retrato del acto en el que el día anterior se había presentado, en el Auditórium de Sa Nostra, mi último libro El plet de Cartagena. Lleno hasta la bandera nos decía dando testimonio de que las trescientas butacas fueron insuficientes para que se acomodase todo el público que acudió. Como me decía horas después el reconocido historiador Gabriel Llompart, lo sobresaliente no fue ni el autor del libro, ni el presentador de lujo -Félix Pons- sino el público y cuanto éste representaba en el contexto de nuestra sociedad civil.

Mayte, de entrada, había dado en el clavo sobre lo más sobresaliente del acto, pero lo más curioso es que a continuación se extendía hablando del libro, que calificaba de novela, partiendo de la fenomenología descrita por el presentador de la obra. Yo que en mi vida he escrito una novela, de pronto aparecía aureolado como novelista, al final de la tira de libros como historiador. Una auténtica cura de humildad para este autor henchido de éxito. No les negaré que en principio me sentí contrariado, pero muy pronto caí en la cuenta del porqué del error de Mayte.

Durante treinta y cinco minutos, que yo diría que se escucharon con auténtica devoción -incluida la del obispo Jesús Murgui- Félix Pons había desgranado el libro que presentaba, y lo había hecho en permanente paralelismo con la novelística de Llorenç Villalonga, distinguiendo la vigencia de sus personajes más característicos en relación con el relato de El Plet de Cartagena. A nuestra joven periodista le daban más que servida la posibilidad de error, un error en el que igualmente caerían los también jóvenes informadores de las dos televisiones que tendrían la amabilidad de entrevistarme, pero a los que pude replicar gracias a la inmediatez del diálogo televisivo.

Pero hay algo más que hace feliz el error de Maite, como haría feliz el error de Tòfol Colom en relación al perímetro del globo terráqueo -me refiero al Cristóbal Colón que Maria Antònia Munar quiere mallorquinizar a base de repartir euros, y yo a base de encontrar unos documentos que al parecer el Descubridor se cuidó de eliminar -y es que nuestra Mayte no tiene más de veinticinco años. Para cualquier joven de nuestros días, esto del Pleito de Cartagena y de unos jóvenes expulsados de un baile de carnaval hace ciento cincuenta años, y no por carecer de invitación, sino porque sus apellidos eran insoportables entre la inmensa mayoría de la sociedad de su época, a la fuerza tiene que sonar a novela, con todo lo que de imaginación tiene este género literario. Las cosas son así y a Dios gracias. Démonos por satisfechos de esta feliz ignorancia, aunque todo sea dicho, el libro seguirá teniendo mensaje mientras en esta isla, por incapacidad de aceptar al diferente, tengamos a alguien molesto a quien echar al agua.

Y volvamos al acto de presentación del libro. Fijémonos en un dato curioso que hizo que lo más importante fuese su público asistente -dato que comprensiblemente no podía captar la joven Mayte-. Este dato residió en la curiosa circunstancia de que quienes estábamos allí, éramos precisamente los herederos biológicos y sociológicos de los contendientes y demás contemporáneos del pleito. Allí estaba una amplia representación de los descendientes directos de los dos jóvenes que, como he dicho, hace ciento cincuenta años interpusieron su denuncia por injurias al por entonces todopoderoso Círculo Mallorquín. Pasaban de la cincuentena, entre biznietos y tataranietos. Allí estaban también, descendientes de los que por entonces vieron los toros desde la barrera; incluso algún descendiente de aquellos socios del Círculo, que ante la tremenda sanción económica que le impuso en última instancia el Tribunal Supremo, tuvieron que prestarle dinero a la entidad para hacer frente a sus responsabilidades. Así me lo indicaría el catedrático y académico Miguel Ferrer Flórez, que lo sabe todo, minutos antes de comenzar el acto. Y allí estaban, naturalmente, no pocos familiares de aquel José Villalonga Aguirre, prócer del liberalismo mallorquín de principios del XIX, que fue pieza clave en la defensa de los dos jóvenes ultrajados. Gracias a Fernando Villalonga Truyols y a su esposa, mi muy querida Carmen Villalonga Aguirre, ha podido dignificarse el libro con la magnífica estampa del insobornable personaje que fue su antepasado.

¿Qué más quieren que les diga? Pues se lo diré. Que Félix Pons superó todas las expectativas. Estuvo lúcido y sobre todo valiente. No era fácil decir lo que dijo y cómo lo dijo. Su presentación, que ya más de uno pretende publicarla con rango de ensayo para pasar a la historia, sin duda quedará unida al recuerdo del pleito de Cartagena; un pleito, que famosísimo en su momento, así fue bautizado por la circunstancia de haber sido conocido, en recurso de apelación, ante el tribunal marítimo-militar de Cartagena, cabeza de distrito marítimo, ya que los denunciantes, desestimada su demanda ante la jurisdicción ordinaria, tuvieron que acudir a la jurisdicción especial de la mar, al amparo del fuero que tanto ellos como el presidente de Círculo -Agustín Sorá- ostentaban como navieros.

Y déjenme terminar estas líneas reafirmando lo escrito en el libro: que siempre, aunque lentamente, una mano misteriosa acaba poniendo todas las cosas en su sitio. Cuando el pasado viernes -no serían más de las ocho de la mañana, me levantaba tras la resaca del Auditórium, sonaba el teléfono: ¿quíén? preguntaba yo extrañado -Pues verá vine a escucharle ayer. Soy aquel que hace cuatro años, en la carretera de Esporles, le sacaba de debajo de su coche tras dar usted tres vueltas de campana. -¡Claro! ¡Es usted mi ángel!- le contesté. Sí -precisó- soy su ángel, pero un ángel de carne y hueso que se llama Pablo Ruiz. ¿Se acuerda?-. Claro que me acordaba. -¡Gracias Pablo! No puedes imaginarte lo oportuno que has estado en llamarme.- Sobran comentarios. Y les aseguro que no escribo novelas. Pretendo ser un historiador aunque siempre haya alguien que no se lo crea.

 
   
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