PALMA.- Erase una vez una pequeña
ciudad de nombre irrelevante. Tenía sus
casas, sus iglesias, sus pequeñas cuestas y
algún sufrido torrente. El mar se ceñía en
su cintura con la suavidad templada de todo
lo meridional, así que sus habitantes
solían afrontar adormecidos muchos de los
atardeceres de sus vidas. Como no había
muchos recursos, la gente vivía
estrechamente, recelando siempre de lo que
comía el vecino, de lo que tenía el de al
lado, de lo que aquel hacía con su tiempo e
incluso consigo mismo; toda la sordina
estaba originada, claro está, en esa misma
estrechez, en la amenaza de pobreza que se
cernía sombría tras la puerta. Aun así, los
días transcurrían apacibles, y un cierto
equilibrio ciudadano mantenía el pulso de
aquella sociedad con ganas de más, pero con
fuerzas de menos.
Un buen día un
vecino, enemistado con el de enfrente,
dispuso un relieve con un rostro monstruoso
sacando la lengua sobre su fachada, y
directamente enfocado hacia la casa del
otro. Aquello trajo consigo toda una
polémica, no sólo sobre si era educado
hacer semejante cosa, sino que devino en si
uno podía hacer lo que quisiera cuando
afectaba a los demás. ¿Podía uno decorar la
fachada de su casa como le viniera en gana?
¿vestirse como le diera la gana? ¿expresar
sus opiniones como le viniera en gana?
Había gente que pensaba que todo lo que
afectaba al charco común tenía que
consensuarse, pues a todos concernía. Uno
podía hacer lo que quisiera de puertas
adentro de su casa, pero no de puertas
afuera. Parecía lógico el planteamiento,
pero hubo alguna voz que auguró el peligro
que acechaba: ¿y si no se llegaba al
consenso, qué se hacía? ¿y si todo
terminaba por ser semejante para que nadie
entrase en disputa, no sería más pobre
nuestro mundo? ¿y si dentro de esa
«comunión asamblearia» se escondía el
fantasma de un gris totalitarismo de lo
mediocre, muy alejado del concepto de
libertad?
Pronto quedó todo
paralizado. Nadie podía acabar la fachada
de su casa, pues semejante interferencia en
el espacio público necesitaba de una
aprobación unánime. Los artistas entraron
también en disputa, pues su tarea afectaba
de lleno al imaginario colectivo. El arte
podía entenderse como una violación
intolerable del referente estético
particular de cada individuo. Incluso una
artista, en medio de la polémica, llegó a
declarar que consideraba que no había
espacio en todo el universo digno de su
intervención, «y mucho menos en esta
ciudad». Así las cosas, el paisaje comenzó
a tomar el aspecto de un hediondo montón de
escombros, donde todo esperaba una
indicación de orden que no terminaba de
llegar.