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  Lunes, 10 de abril de 2006 Actualizado a las 00:20
 

LA GALERIA
Utopía (I).


PALMA.- Erase una vez una pequeña ciudad de nombre irrelevante. Tenía sus casas, sus iglesias, sus pequeñas cuestas y algún sufrido torrente. El mar se ceñía en su cintura con la suavidad templada de todo lo meridional, así que sus habitantes solían afrontar adormecidos muchos de los atardeceres de sus vidas. Como no había muchos recursos, la gente vivía estrechamente, recelando siempre de lo que comía el vecino, de lo que tenía el de al lado, de lo que aquel hacía con su tiempo e incluso consigo mismo; toda la sordina estaba originada, claro está, en esa misma estrechez, en la amenaza de pobreza que se cernía sombría tras la puerta. Aun así, los días transcurrían apacibles, y un cierto equilibrio ciudadano mantenía el pulso de aquella sociedad con ganas de más, pero con fuerzas de menos.

Un buen día un vecino, enemistado con el de enfrente, dispuso un relieve con un rostro monstruoso sacando la lengua sobre su fachada, y directamente enfocado hacia la casa del otro. Aquello trajo consigo toda una polémica, no sólo sobre si era educado hacer semejante cosa, sino que devino en si uno podía hacer lo que quisiera cuando afectaba a los demás. ¿Podía uno decorar la fachada de su casa como le viniera en gana? ¿vestirse como le diera la gana? ¿expresar sus opiniones como le viniera en gana? Había gente que pensaba que todo lo que afectaba al charco común tenía que consensuarse, pues a todos concernía. Uno podía hacer lo que quisiera de puertas adentro de su casa, pero no de puertas afuera. Parecía lógico el planteamiento, pero hubo alguna voz que auguró el peligro que acechaba: ¿y si no se llegaba al consenso, qué se hacía? ¿y si todo terminaba por ser semejante para que nadie entrase en disputa, no sería más pobre nuestro mundo? ¿y si dentro de esa «comunión asamblearia» se escondía el fantasma de un gris totalitarismo de lo mediocre, muy alejado del concepto de libertad?

Pronto quedó todo paralizado. Nadie podía acabar la fachada de su casa, pues semejante interferencia en el espacio público necesitaba de una aprobación unánime. Los artistas entraron también en disputa, pues su tarea afectaba de lleno al imaginario colectivo. El arte podía entenderse como una violación intolerable del referente estético particular de cada individuo. Incluso una artista, en medio de la polémica, llegó a declarar que consideraba que no había espacio en todo el universo digno de su intervención, «y mucho menos en esta ciudad». Así las cosas, el paisaje comenzó a tomar el aspecto de un hediondo montón de escombros, donde todo esperaba una indicación de orden que no terminaba de llegar.

 
   
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