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  Lunes, 20 de marzo de 2006 Actualizado a las 01:40
 

LA PLUMA
El cotarro de la agencia ecoló

JOAN FONT ROSSELLO


Pasaron muchos años hasta que alguien denunciara que detrás de la normalización lingüística se ocultaba un gran negocio. Un oasis que, gracias al fervor fanático de unos y la connivencia ovina de otros, se ha ido consolidando con los años.

Otro tanto está empezando a ocurrir con el ecologismo, sin que a día de hoy nadie, absolutamente nadie, les tosa, so pena de caer en el desprestigio del establishment político-mediático. Me estoy refiriendo al cotarro económico que se ha montado en torno a las Agendas Locales 21 que se están aprobando en nuestros municipios. En nombre del desarrollo sostenible, algunos están haciendo su agosto.

La Agenda Local 21 es el último estadio de un movimiento ecologista que nació en la Cumbre de la Tierra celebrada en 1992 en Rio de Janeiro con el propósito de incidir en los poderes locales para que apostaran por «un desarrollo que satisfaciera las necesidades del presente sin comprometer la posibilidad de las futuras generaciones ...». Al final, las agendas locales 21 se materializan en una serie de documentos que no son más que un conjunto genérico de medidas y estrategias en pro de la sostenibilidad: cómo gestionar los residuos municipales, cómo ser más eficiente energéticamente, cómo gestionar el patrimonio rural, cómo controlar la actividad industrial, cómo promover un pueblo «más silencioso y respetuoso con la atmósfera», etc.

Para la redacción de este tipo de

documentos (bautizados como Plan de Acción Local) se hacen una serie de reuniones de tipo asambleario (llamados con pedantería foros ciudadanos) donde los participantes (que supuestamente es todo el pueblo, pero a cuyas sesiones apenas acuden una decena de personas), con el asesoramiento de un técnico de la empresa redactora, plantean cómo debería ser el pueblo en materia medioambiental. Muy bonito, sólo que incluso estas pocas opiniones tan «próximas a la realidad social del pueblo» quedan diluidas en el mar de lugares comunes y de inanes generalidades.

Dejando al margen la escasisísima representatividad de este tipo de reuniones (copadas, obviamente, por activistas ecologistas) y el feroz intervencionismo que destilan, el cotarro económico reside en la redacción y elaboración de los denominados Planes de Acción Local. Un auténtico negocio. Este tipo de documentos, que a cada municipio le está costando un ojo de la cara (entre 12.000 y 18.000 euros) son documentos-marco cuyo contenido es tan fútil y generalista que, salvando unos pocos datos específicos del municipio pagador, de un municipio a otro sólo cambia el nombre del pueblo. Nunca ofrecer una imagen de sensibilidad medioambiental había salido tan cara.

 
   
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