Esperemos que sean muchos los
mallorquines que hayan tenido la suerte de
subir a un avión, para pocos minutos
después sobrevolar Menorca y aterrizar en
ella. La experiencia es deliciosa.
Descubres, cuando apenas se han ocultado a
tu vista las extremidades de la sierra
mallorquina bañadas por el mar, otra nueva
tierra, casi una planicie, verde esmeralda
como la que más, salpicada de los puntitos
blancos de sus caseríos, que te hace
exclamar aquello de ¡tan cercana y al mismo
tiempo tan diferente!
Pero si
diferente es la geografía menorquina que se
ofrece a los mallorquines ojos, más
diferentes resultarán sus gentes. Es
curioso, se está poniendo de moda entre
cuantos abjuramos de los nacionalismos que
separan y abren abismos entre hermanos,
aquello de que no existen signos de
identidad colectiva. ¡Claro que existen! Lo
que pasa es que jamás deberían
instrumentalizarse para colocarlos al
servicio del privilegio, que es la injusta
legalización de la diferencia, bien sea de
sexo, de pituitaria o del sonido de
nuestras cuerdas vocales.
Conocí por
primera vez Menorca hace algo más de
treinta años. Acudí, primero a Mahón -aún
escribo así el topónimo, porque escribo en
castellano y que yo sepa en esta lengua
podemos de este modo seguir llamándolo, al
igual que podemos llamar Baleares a nuestro
archipiélago- y me trasladé luego a
Ciudadela, la que en catalán llaman
Ciutadella. Que nadie se me enfade. Si los
catalanes a Huesca la llaman Osca y a
Teruel la llaman Terol, bien podemos
nosotros en castellano llamar a estas y
otras tantas ciudades con el nombre que en
la lengua que escribimos se las conoce.
Pues bien, acudí a ambas ciudades porque
pocos días antes había sido elegido
presidente de un colectivo de funcionarios
del conjunto de las islas. Era pues
cuestión de conectar con los menorquines, y
no pueden ustedes imaginarse la sensación
que tuve, ya entonces, de encontrarme entre
gentes muy distintas de las
mallorquinas.
En todo caso menos
apáticas y desde luego extremadamente
sensibles a esto que podríamos llamar
«ejercicio de la ciudadanía». ¿Por qué?
Pues muy sencillo, yo diría que por la
lección que constantemente les ha dado la
historia, de que habiendo sido tan a menudo
abandonados a su propia suerte, si unidos
no resolvían sus intereses comunes, menos
lo harían cada uno por su lado. Pues bien,
esta sensación de que poseen un entramado
social más sólido que el nuestro, he
seguido sintiéndola cuentas veces he
regresado a nuestra isla hermana, y desde
luego la sentí la pasada semana, cuando
tuve el gusto de acudir invitado a su
Ateneo, que ahora cumple sus cien años de
existencia. Este auténtico patricio que es
José Antonio Fayas, su
vicepresidente, me contaba cómo en 1905, se
fundó la institución por dos sólidos
intelectuales -Enrique Alabern y
José Pérez de Acevedo- y fíjense
ustedes, para, sin abandonar el espíritu
crítico ni la instrucción académica,
superar a través del culto a la amistad,
aquellas barreras que establecían la
diferencias ideológicas de sus miembros. El
Ateneo ha sido el gran referente de la
cultura en el Mahón de todo el siglo
pasado. Nació ya con 204 socios y hoy tiene
más de seiscientos. No tenemos en Mallorca
nada parecido. La Obra Cultural, como
satélite del catalanismo político -cosa muy
legítima y de la que tan honrados se
sienten sus socios- desgraciadamente es
otra historia, y la Arqueológica Luliana,
pese a sus comunes características con el
Ateneo, no tiene el arropamiento ni el
dinamismo de éste, pese a los constantes
esfuerzos de su equipo
dirigente.
Acudí al Ateneo para
hablar de uno de los grandes desconocidos
de la historia menorquina, que es el
diplomático y hombre de negocios del XVIII,
Francesc Seguí Valls, personaje
rocambolesco, al servicio de cinco reyes,
sin excluir a Napoleón Bonaparte,
que he tenido la suerte de poder
reconstruir gracias a la correspondencia
familiar que me dejó su descendiente
Ramón Morales Seguí, y a su
expediente administrativo, obrante en el
Archivo General del Ministerio de Asuntos
Exteriores de España. Constituyó un
auténtico placer pisar de nuevo el salón de
actos del Ateneo después de más de veinte
años, y sobre todo contactar con Ramón
Morales Aínsa, uno de los pocos familiares
que quedan del biografiado, así como
reencontrarme con Francisco Fornals,
creador y mantenedor del museo militar,
construido sobre lo que resta de los
fortines de San Felipe. Allí estarían
también, sino a pie del cañón, al menos a
pie de conferencia, dos menorquines
tenientes generales en la reserva y
capitanes generales que fueron de Cataluña
-Baldomero Hernández y Luis
Alejandre Sintes- que resistieron hasta
el final, y esto que me alargué más de lo
pactado.
El tema de Alejandre merece
ser destacado. Este ilustre militar,
auténtico lujo de la cúpula de nuestros
ejércitos ya en democracia, ha sido el alma
de una fundación destinada a la
restauración del antiguo hospital de la
Isla del Rey. Pero fíjense ustedes, no sólo
ha patrocinado la idea, sino que además
acude periódicamente, con sus amigos y
simpatizantes de la fundación, que no son
pocos, con picos y palas, a desbrozar los
restos de aquellas venerables edificaciones
e ir poniéndolos a tono para que algún día,
con el apoyo del Ayuntamiento y otras
instituciones, constituyan un auténtico
centro cultural, conforme al legado
histórico que representan.
¿Se
imaginan a nuestros próceres palmesanos
quemando sus grasas en el baluarte de San
Pedro? Lo nuestro es más bien instalar el
chiringuito. Si no recuerdo mal, algo
parecido a lo de los amigos de la Isla del
Rey se pretendió hacer en la Trapa, allá
frente a La Dragonera, hará una veintena de
unos años, pero me temo que, como en tantas
otras ocasiones, no haya resistido más allá
de los fervores de la primera hora, tan
loable iniciativa ciudadana. Lo nuestro
para que sobreviva, salvo raras
excepciones, ha de ir contra alguien, ha de
hacer sangre o simplemente ofrecer
rentabilidad política, porque en esto de
las «rentabilidades» sí somos expertos.
Después me dirán a mí que no existen señas
de identidad colectiva. Hasta entre mis
vecinos de Esporles y los de Banyalbufar
podría establecer diferencias. Incluso con
los de Bunyola, encantadores, pero tan
suyos.