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  Lunes, 20 de marzo de 2006 Actualizado a las 01:40
 

EL TELESCOPIO
Menorca, esta hermana tan diferente

ROMAN PIÑA HOMS


Esperemos que sean muchos los mallorquines que hayan tenido la suerte de subir a un avión, para pocos minutos después sobrevolar Menorca y aterrizar en ella. La experiencia es deliciosa. Descubres, cuando apenas se han ocultado a tu vista las extremidades de la sierra mallorquina bañadas por el mar, otra nueva tierra, casi una planicie, verde esmeralda como la que más, salpicada de los puntitos blancos de sus caseríos, que te hace exclamar aquello de ¡tan cercana y al mismo tiempo tan diferente!

Pero si diferente es la geografía menorquina que se ofrece a los mallorquines ojos, más diferentes resultarán sus gentes. Es curioso, se está poniendo de moda entre cuantos abjuramos de los nacionalismos que separan y abren abismos entre hermanos, aquello de que no existen signos de identidad colectiva. ¡Claro que existen! Lo que pasa es que jamás deberían instrumentalizarse para colocarlos al servicio del privilegio, que es la injusta legalización de la diferencia, bien sea de sexo, de pituitaria o del sonido de nuestras cuerdas vocales.

Conocí por primera vez Menorca hace algo más de treinta años. Acudí, primero a Mahón -aún escribo así el topónimo, porque escribo en castellano y que yo sepa en esta lengua podemos de este modo seguir llamándolo, al igual que podemos llamar Baleares a nuestro archipiélago- y me trasladé luego a Ciudadela, la que en catalán llaman Ciutadella. Que nadie se me enfade. Si los catalanes a Huesca la llaman Osca y a Teruel la llaman Terol, bien podemos nosotros en castellano llamar a estas y otras tantas ciudades con el nombre que en la lengua que escribimos se las conoce. Pues bien, acudí a ambas ciudades porque pocos días antes había sido elegido presidente de un colectivo de funcionarios del conjunto de las islas. Era pues cuestión de conectar con los menorquines, y no pueden ustedes imaginarse la sensación que tuve, ya entonces, de encontrarme entre gentes muy distintas de las mallorquinas.

En todo caso menos apáticas y desde luego extremadamente sensibles a esto que podríamos llamar «ejercicio de la ciudadanía». ¿Por qué? Pues muy sencillo, yo diría que por la lección que constantemente les ha dado la historia, de que habiendo sido tan a menudo abandonados a su propia suerte, si unidos no resolvían sus intereses comunes, menos lo harían cada uno por su lado. Pues bien, esta sensación de que poseen un entramado social más sólido que el nuestro, he seguido sintiéndola cuentas veces he regresado a nuestra isla hermana, y desde luego la sentí la pasada semana, cuando tuve el gusto de acudir invitado a su Ateneo, que ahora cumple sus cien años de existencia. Este auténtico patricio que es José Antonio Fayas, su vicepresidente, me contaba cómo en 1905, se fundó la institución por dos sólidos intelectuales -Enrique Alabern y José Pérez de Acevedo- y fíjense ustedes, para, sin abandonar el espíritu crítico ni la instrucción académica, superar a través del culto a la amistad, aquellas barreras que establecían la diferencias ideológicas de sus miembros. El Ateneo ha sido el gran referente de la cultura en el Mahón de todo el siglo pasado. Nació ya con 204 socios y hoy tiene más de seiscientos. No tenemos en Mallorca nada parecido. La Obra Cultural, como satélite del catalanismo político -cosa muy legítima y de la que tan honrados se sienten sus socios- desgraciadamente es otra historia, y la Arqueológica Luliana, pese a sus comunes características con el Ateneo, no tiene el arropamiento ni el dinamismo de éste, pese a los constantes esfuerzos de su equipo dirigente.

Acudí al Ateneo para hablar de uno de los grandes desconocidos de la historia menorquina, que es el diplomático y hombre de negocios del XVIII, Francesc Seguí Valls, personaje rocambolesco, al servicio de cinco reyes, sin excluir a Napoleón Bonaparte, que he tenido la suerte de poder reconstruir gracias a la correspondencia familiar que me dejó su descendiente Ramón Morales Seguí, y a su expediente administrativo, obrante en el Archivo General del Ministerio de Asuntos Exteriores de España. Constituyó un auténtico placer pisar de nuevo el salón de actos del Ateneo después de más de veinte años, y sobre todo contactar con Ramón Morales Aínsa, uno de los pocos familiares que quedan del biografiado, así como reencontrarme con Francisco Fornals, creador y mantenedor del museo militar, construido sobre lo que resta de los fortines de San Felipe. Allí estarían también, sino a pie del cañón, al menos a pie de conferencia, dos menorquines tenientes generales en la reserva y capitanes generales que fueron de Cataluña -Baldomero Hernández y Luis Alejandre Sintes- que resistieron hasta el final, y esto que me alargué más de lo pactado.

El tema de Alejandre merece ser destacado. Este ilustre militar, auténtico lujo de la cúpula de nuestros ejércitos ya en democracia, ha sido el alma de una fundación destinada a la restauración del antiguo hospital de la Isla del Rey. Pero fíjense ustedes, no sólo ha patrocinado la idea, sino que además acude periódicamente, con sus amigos y simpatizantes de la fundación, que no son pocos, con picos y palas, a desbrozar los restos de aquellas venerables edificaciones e ir poniéndolos a tono para que algún día, con el apoyo del Ayuntamiento y otras instituciones, constituyan un auténtico centro cultural, conforme al legado histórico que representan.

¿Se imaginan a nuestros próceres palmesanos quemando sus grasas en el baluarte de San Pedro? Lo nuestro es más bien instalar el chiringuito. Si no recuerdo mal, algo parecido a lo de los amigos de la Isla del Rey se pretendió hacer en la Trapa, allá frente a La Dragonera, hará una veintena de unos años, pero me temo que, como en tantas otras ocasiones, no haya resistido más allá de los fervores de la primera hora, tan loable iniciativa ciudadana. Lo nuestro para que sobreviva, salvo raras excepciones, ha de ir contra alguien, ha de hacer sangre o simplemente ofrecer rentabilidad política, porque en esto de las «rentabilidades» sí somos expertos. Después me dirán a mí que no existen señas de identidad colectiva. Hasta entre mis vecinos de Esporles y los de Banyalbufar podría establecer diferencias. Incluso con los de Bunyola, encantadores, pero tan suyos.

 
   
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