Desde la llegada de Gregorio Manzano al
banquillo del Real Mallorca, el equipo ha
entrado en una dinámica extraordinariamente
positiva que le permite evitar la derrota
incluso en los encuentros en los que, como
ocurrió ayer en Sevilla, se ve
irremisiblemente superado por el
adversario. De hecho, el cuadro andaluz
dispuso de las oportunidades suficientes
como para anotarse una clara victoria que,
sin embargo, se le escapó gracias, en buena
medida, al cambio de chip que ha generado
la incorporación de Manzano.
El
entrenador jienense ha aportado orden y
rigor en la defensa y mordiente y ambición
en ataque. Las sustituciones que llevó a
cabo en la segunda parte (Víctor y Okubo
por Jonás y Tuni) constituyen una prueba
evidente de la fe que Manzano tiene en la
capacidad de su plantilla para resolver
situaciones adversas. El Mallorca ya no es
esa escuadra que se venía abajo a las
primeras de cambio, con una moral tan
frágil que saltaba hecha pedazos a la más
mínima acometida del adversario. Muy al
contrario, Manzano ha construido un bloque
solvente y con autoestima que parece más
que capacitado para lograr el único
objetivo que hoy por hoy permanece vigente:
la supervivencia en Primera División.
Claro que no hay que confiarse. El
Mallorca ha sumado tres meritorios empates
en sus actuaciones más recientes y, aunque
ya encadena seis jornadas sin conocer la
derrota, la progresión es demasiado lenta
como para dejar atrás los puestos de
descenso. Hay que extremar, pues, la
prudencia.