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  Viernes, 17 de marzo de 2006 Actualizado a las 01:18
 

A CAPON
Consell.cat

DAVID TORRES



Decía una de las leyes de Murphy que la predicción de hechos pasados es una ciencia exacta. En cambio, la predicción de hechos futuros ya es otro cantar. Nunca sabremos, hasta que sea un hecho, cómo será esa Gran Cataluña o Pancataluña o Países Catalanes que se acerca a engullirnos con pasos agigantados, pero la cosa, la verdad, apesta. Por ejemplo, la decisión del Consell Insular de Menorca de implantar el catalán como única lengua obligatoria, no sólo a sus propios trabajadores sino a las empresas contratadas por el Consell. Menorca será catalana o no será.

Me contó un amigo peruano afincado en Barcelona que, hace unos días, fue al hospital para que le hicieran una radiografía y el radiólogo se empeñó en darle las instrucciones en catalán. Era la única vez que había tenido problemas lingüísticos en dos años, pero el mal trago le había dejado estupefacto. ¿Por qué un tipo se empeñaba en marcar las diferencias, en no entenderse, en dejarle fuera de juego? Otro amigo me dijo que había dejado de comprar en su librería favorita por un sencillo motivo: habían desterrado el castellano de los paneles indicadores y no tenía forma de aclararse. «Es una descortesía» me dijo, «una imbecilidad».

Es una pena que se prefiera restar a sumar, pero así son las cosas. El nacionalismo es una resta, una decantación, el alambique de esencias nacionales destiladas en un único recipiente lingüístico. Todo esto, por supuesto, huele a fascismo que tira de espaldas, pero el problema reside en que el nacionalismo es una panacea, un cáncer feroz que puede hacer metástasis con cualquier ideología (nazismo, comunismo, socialismo) con la sacrosanta excusa de la patria. La muerte de Milosevic, el ilustre carnicero de los Balcanes, debería hacer reflexionar a los chicos de Esquerra y demás allegados de los peligros de la exaltación nacional, pero uno escucha a Carod o a Maragall, y duda de que, debajo de la barretina, tengan algo con qué reflexionar.

En un cráneo nacionalista difícilmente puede entrar una idea, una reflexión, una divergencia, una crítica. Son cabezas selladas a machamartillo, cerebros estancos donde sólo cabe la butifarra, la sardana, el pantomaca. El nacionalismo es una fe religiosa y, como tal, no admite discusiones. Normal que empiecen a soldarse los muros de la patria con el cemento de la lengua: la filología fue uno de los pilares del III Reich y más de la mitad de los descabellados argumentos de Hitler y de Goebbels hunden sus raíces en confusas mitologías lingüísticas.

El nacionalismo no sólo es criminal: es paleto. Una lengua, una nación, un estado, un himno, una bandera. Es una enumeración que acojona y que además puede continuar prácticamente hasta el infinito, hasta agotar los símbolos de identidad nacional: una lengua, un día, un baile, una bebida, un embutido. Solución: el catalán, la Diada, la sardana, el cava, la butifarra. La verdad, me quedo con la ensaimada.

 
   
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