Decía una de las leyes de Murphy
que la predicción de hechos pasados es una
ciencia exacta. En cambio, la predicción de
hechos futuros ya es otro cantar. Nunca
sabremos, hasta que sea un hecho, cómo será
esa Gran Cataluña o Pancataluña o Países
Catalanes que se acerca a engullirnos con
pasos agigantados, pero la cosa, la verdad,
apesta. Por ejemplo, la decisión del
Consell Insular de Menorca de implantar el
catalán como única lengua obligatoria, no
sólo a sus propios trabajadores sino a las
empresas contratadas por el Consell.
Menorca será catalana o no será.
Me
contó un amigo peruano afincado en
Barcelona que, hace unos días, fue al
hospital para que le hicieran una
radiografía y el radiólogo se empeñó en
darle las instrucciones en catalán. Era la
única vez que había tenido problemas
lingüísticos en dos años, pero el mal trago
le había dejado estupefacto. ¿Por qué un
tipo se empeñaba en marcar las diferencias,
en no entenderse, en dejarle fuera de
juego? Otro amigo me dijo que había dejado
de comprar en su librería favorita por un
sencillo motivo: habían desterrado el
castellano de los paneles indicadores y no
tenía forma de aclararse. «Es una
descortesía» me dijo, «una imbecilidad».
Es una pena que se prefiera restar a
sumar, pero así son las cosas. El
nacionalismo es una resta, una decantación,
el alambique de esencias nacionales
destiladas en un único recipiente
lingüístico. Todo esto, por supuesto, huele
a fascismo que tira de espaldas, pero el
problema reside en que el nacionalismo es
una panacea, un cáncer feroz que puede
hacer metástasis con cualquier ideología
(nazismo, comunismo, socialismo) con la
sacrosanta excusa de la patria. La muerte
de Milosevic, el ilustre carnicero
de los Balcanes, debería hacer reflexionar
a los chicos de Esquerra y demás
allegados de los peligros de la exaltación
nacional, pero uno escucha a Carod o
a Maragall, y duda de que, debajo de
la barretina, tengan algo con qué
reflexionar.
En un cráneo
nacionalista difícilmente puede entrar una
idea, una reflexión, una divergencia, una
crítica. Son cabezas selladas a
machamartillo, cerebros estancos donde sólo
cabe la butifarra, la sardana, el
pantomaca. El nacionalismo es una fe
religiosa y, como tal, no admite
discusiones. Normal que empiecen a soldarse
los muros de la patria con el cemento de la
lengua: la filología fue uno de los pilares
del III Reich y más de la mitad de los
descabellados argumentos de Hitler y
de Goebbels hunden sus raíces en
confusas mitologías lingüísticas.
El
nacionalismo no sólo es criminal: es
paleto. Una lengua, una nación, un estado,
un himno, una bandera. Es una enumeración
que acojona y que además puede continuar
prácticamente hasta el infinito, hasta
agotar los símbolos de identidad nacional:
una lengua, un día, un baile, una bebida,
un embutido. Solución: el catalán, la
Diada, la sardana, el cava, la butifarra.
La verdad, me quedo con la ensaimada.