Me convocan a la previa de un macro
botellón de unas cinco mil almas en el
Paseo Marítimo, y me lo adornan con las
flores de una fiesta cívica, limpia e
incluso tropical, si procede. No sé yo.
¿Por qué en el Marítimo y no en las
terrazas de Cursach, en Es Baluard?
Allí sí que hay buenas vistas, perspectivas
de vértigo y posibilidades de ensoñación, y
además corre la brisa, lo que es un alivio
cuando el alcohol enlentece las neuronas.
Pero hay dos motivos que avalan mi
propuesta: engrosar de manera automática la
magra lista de visitantes del museo y
ahorrarse la limpieza, porque un montón de
escombros, hábilmente firmados por algún
artista de la casa, podrían convertirse en
la mejor escultura del lugar. No sobra el
Arte Postmoderno en el museo de
Serra.
Tampoco sobra la crisis
en RTVE, que va a celebrar sus primeros
cincuenta años con despidos masivos y
críticas multitudinarias. En San Cugat
quieren más programación en catalán y en
toda España menos televisión basura. Me
aparto hasta la Biblioteca Lluís
Alemany donde se conmemoran otros
cincuenta años, los de la primera edición
en castellano de la novela Bearn de
Llorenç Villalonga.
Hay
además un cuidado manuscrito suyo de apoyo
a Fuster Mayans -Gafim- por
la creación de los premios Ciudad de Palma.
Así se recupera la historia o no, porque
prefiero la incertidumbre poética del
misterio que la repetición de los tópicos
como si tanto repicar de campanas fuera
siempre a misa.
Ya están en ello
desde el Servei Lingüistic de la UIB
clamando contra el trilingüismo. No nos
sorprenden sus servidumbres. No tanto, al
menos, como el éxito de la cirugía plástica
de Berlusconi, conteniéndole, en
pleno ataque de ira, las costuras y
cremalleras de su faz de diseño o el
sembrado artificial en su calva. Imposible
que le pudiera suceder a Rodríguez
Zapatero. Ni en RTVE ni en La Cuatro
de Gabilondo ni en La Sexta
de sus amigos. Faltaría más.