M. A. RUIZ
PALMA.- El director teatral Albert Boadella advirtió ayer en Palma que Cataluña ha iniciado «el camino irreversible hacia la independencia», gracias a la sutil labor de propaganda nacionalista llevada a cabo durante más de dos décadas desde la Generalitat, a través de la manipulación de la historia, la lengua, la educación y los medios de comunicación.
Boadella lamentó que hayan contribuido a esta situación el entreguismo de los dos grandes partidos nacionales, el PP y el PSOE, así como la «insensatez» del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez, quien se comprometió a aceptar el Estatut que aprobara el Parlamento catalán, «como si el Parlamento español no tuviera nada que decir».
Un Estatut que ha resultado ser una suerte de «miniconstitución, que no trata de conseguir una Administración más eficaz y una mayor compenetración con el resto de España, sino liquidar todos los vínculos existentes con España».
Albert Boadella, uno de los principales impulsores de la plataforma Ciutadans de Catalunya constituida como bastión de resistencia intelectual frente al nacionalismo, pronunció ayer en Palma una conferencia titulada Razones de un desertor de la tribu, en la undécima edición del FORO DE EL MUNDO de Baleares.
Ante cerca de 800 personas, el actor y dramaturgo afirmó que la sociedad catalana está «enferma», víctima de una mezcla de esquizofrenia y paranoia inoculadas durante décadas, y comparó su situación con la de la Alemania de los años 30 que se entregó al nacionalsocialismo de Hitler.
Porque, recordó, «democracia y nacionalismo son dos cosas difícilmente compatibles, al menos en Cataluña, donde como ocurría durante el Franquismo puedes vivir muy bien si no te opones al régimen. Y por supuesto, si estás a favor del régimen, se vive de puta madre», bromeó.
Pujol en Banca Catalana
Durante cerca de dos horas de conferencia, en las que brilló el ingenio, la ironía y el sentido del humor, el director de la compañía Els Joglars diseccionó el proceso por el cual Cataluña pasó sin solución de continuidad del franquismo al nacionalismo encarnado en la figura de Jordi Pujol, «un señor bajito y cabezudo con aire taimado, que después de vaciar Banca Catalana, metafóricamente, por supuesto, se convirtió en el jefe de la tribu».
Tampoco faltaron reproches por la miopía del PP y el PSOE, que han alimentado generosamente con sus concesiones al nacionalismo catalán a pesar de las deslealtades protagonizadas por el propio Pujol: mientras su hijo encabezaba los abucheos contra los Reyes durante la Olimpiada del 92 como líder de la campaña Freedom for Catalonia, el president acompañaba a la comitiva oficial poniendo cara de circunstancias, recordó.
El actor no deja de sorprenderse de que en Madrid se califique a Pujol como «un gran hombre de Estado», algo que no pasa de ser una «ocurrencia sórdida, porque toda su política se basó en luchar contra el Estado» español. «El Gobierno central siempre se inclina a pensar que, por muy nacionalistas que sean, no romperán la baraja», comentó Boadella durante su conferencia, pero la situación actual es aún más grave, añadió, «porque el Gobierno [de Zapatero] ha dado barra libre y la izquierda se ha sumado al delirio nacionalista». Algo a su juicio incomprensible porque el nacionalismo «es una cosa de extrema derecha, no tiene nada que ver con la izquierda».
¿Cuál es la enfermedad que aqueja a Cataluña? «Como buenos bilingües, los catalanes somos un poco esquizofrénicos», comentó, «pasamos con facilidad de una lengua a otra y eso es muy creativo, casi debería ser obligatorio en todos los países. Pero esta patología se vuelve mucho más peligrosa cuando se le añade la paraonia inculcada por los estafadores especializados en falsificar los sentimientos para mantenerse en el poder». Todo un diagnóstico del pujolismo del que hoy son herederos Maragall y Carod-Rovira. Y nada más útil para un enfermo paranoico que contar con un enemigo común al que culpar de todos sus males, en este caso «Madrid, la punta del iceberg del imperio español contra el que hay que luchar».
Dalí, el gran odiado
El actor explicó que la situación actual es fruto de la sutil estrategia llevada a cabo por el nacionalismo catalán, basada en casi tres décadas de manipulación de la lengua, la educación, la historia y los medios de comunicación.
«La historia del nacionalismo es la manipulación de la historia», sentenció Albert Boadella, quien relató que las nuevas generaciones de jóvenes catalanes «han sido educadas en el resquemor constante al resto de España», una España que 30 años después aún es identificada con el Franquismo. Así, a los jóvenes se les habla de escritores menores «afines al régimen», mientras se oculta la obra del gran intelectual catalán Josep Pla, «tratado de fascista» o la figura de Dalí, «el artista español más importante del siglo XX, y uno de los hombres más odiados en Cataluña», señaló.
Pero también han jugado un papel fundamental en esta estrategia los medios de comunicación, con TV3 a la cabeza: «¿Por qué dedican tanto tiempo a la información meterológica?», se preguntó, «porque es el mapa del imperio. Te explican qué tiempo hace en Francia pero, si alguien quiere saber el que hace en Zaragoza, que se joda».
Unos medios que a menudo muestra con cierta connivencia al entorno de ETA, desde la inmoral premisa de que lo que consigan «lo que consiga el frente militar del Cantábrico revertirá en beneficio de Cataluña».
Boadella tampoco se olvidó del diario Avui, «ese libelo que constituye un resquicio del franquismo», desde cuyas páginas se ha amenazado de muerte a los integrantes de la plataforma Ciutadans de Catalunya, entre los que se encuentra también el columnista de EL MUNDO Arcadi Espada. «Si La Vanguardia y las emisoras de radio del Conde de Godó están encabezando la ofensiva nacionalista, es porque se han pasado al caballo ganador», comentó.
Porque la «complicidad acomplejada» de los medios de comunicación privados ha servido también de cortina para tapar la corrupción del nacionalismo, «ayer la estafa de Banca Catalana y hoy el 3%».
Y por supuesto, la lengua. «El catalán se ha conservado en circunstancias mucho más difíciles», explicó Boadella, «porque teníamos una ventaja, no hemos tenido que inventarnos un idioma, como en el País Vasco. Todo de lo que nos quejábamos, ahora se hace al revés para arrinconar el castellano por revanchismo».