El acto conmemorativo de la entrada en
vigor del Estatut de Autonomía de Baleares
transcurrió como de costumbre: sin apenas
público y con escaso lucimiento. Fueron los
políticos de siempre: Jaume Matas,
Catalina Cirer, Joana
Barceló, Francesc Antich,
Maria Antònia Munar, Francina
Armengol, Celestino Alomar,
José María Rodriguez, Begoña
Moragues, Francesc Fiol, Joan
Fageda, Miquel Nadal...; los
periodistas de rigor y una docena más de
personas de la sociedad civil, en su
mayoría las mismas de siempre: Mercedes
Conrado, Alfonso Ballesteros,
Fernando Alzamora, Rafael
Perera, Raimundo Clar, Joan
Carles Bestard... Y eso que este año se
habían programado grandes novedades: en
lugar de celebrarse el cóctel en los
salones del piso superior, se celebró en
los salones del piso inferior. Fue una
novedad importante, pero no suficiente.
Tampoco fue suficiente que el discurso del
presidente del Parlament, Pere
Rotger, fuera traducido al lenguaje de
signos de los sordos por una intérprete;
los sordos tampoco fueron.
En cuanto
al discurso, pues estuvo en la línea
esperada de ensalzar los grandes logros
políticos alcanzados hasta ahora por el
Estatut y de esperar que el futuro texto
que se halla en trámite de elaboración
consiga logros todavía mayores. Pero Rotger
hizo algo todavía mejor, concederse unos
segundos para la sinceridad y reconocer que
tras 25 años de Estatut la mayor parte de
la ciudadanía sigue sin interesarse por él.
También resaltó la paradoja que supone
solicitar consenso desde la tribuna
parlamentaria para aprobar el nuevo
Estatut, cuando en 25 años no han sido
capaces de consensuar el nombramiento del
Síndic de Greuges. En definitiva, que
Rotger reconoció que hay consenso para
regular la actividad política y los
derechos de los políticos, pero no para
defender las libertades y derechos
fundamentales de los ciudadanos y
supervisar e investigar las actividades de
la Administración de Baleares, que son las
funciones que tiene asignadas el Síndic de
Greuges en el artículo 2 del actual
Estatut.
Pero dejemos la política en
paz, por favor, y vayamos a los aspectos
lúdicos de la velada. ¿Cómo iban nuestros
políticos? Pues como siempre, en su línea
habitual. Por suerte, allí estaban las
tres top models de la política
balear para animar un poco la desangelada
noche de ayer: Rosa Estaràs,
Maria Antònia Munar y Maite
Areal. De Munar lo primero que cabe
destacar es que su progresión en el ámbito
de la moda corre parejo con el de la
política, con una audacia cada vez mayor,
como si quisiera reafirmar sus dominios
como reina de la pasarela o como si apurara
sus últimas oportunidades de reinado. Munar
se atreve con todo, incluso con las rayas
horizontales, capaces de engordar a un
fideo. Su conjunto de falda a rayas blancas
y negras, ajustadas a la cadera, rodeando
toda la masa corpórea desde la cintura a la
pantorrilla, era casi una
provocación.
Era tanto como decir, ¡a
ver quién puede más! Quizás Catalina
Cirer podría competir con ella en
volumen, pero el recato, la timidez o el
simple desinterés por la moda le impiden
esos alardes de atrevimiento. En el caso de
Maite Areal, su traje de chaqueta
color negro pasaba desapercibido,
voluntariamente desapercibido porque el
fuerte de la señora del presidente son los
zapatos. Es una de las grandes incógnitas
de nuestra política: ¿pero dónde se compra
Maite Areal los zapatos? Estos zapatos no
los venden en Palma, ni en el madrileño
barrio de Salamanca donde vive. Quizás en
Nueva York, pero no en la Quinta Avenida,
ni en sus aledaños, seguramente en algún
extravagante comercio del Off Off Broadway.
Son espectaculares. Los de ayer eran
negros, con gruesa plataforma e
interminable tacón, al estilo de los 70. Un
nuevo hito que añadir en el impresionante
zapatero de la señora de Matas.
¿Y
nuestra tercera top models, cómo
iba? El atuendo de Rosa Estaràs
merece capítulo aparte. Jersey verde
pistacho ajustado al cuerpo, marcando
redondeces, y falda suelta estampada en
marrón y pistacho. Hasta aquí todo más o
menos normal. El toque de vanguardia venía
dado por un cuello a juego imitando piel de
leopardo, o algo así, que rodeaba el cuello
a modo de collar y se anudaba detrás con un
gran lazo de satén verde. Hay que empezar a
preguntarse dónde se compra Estaràs los
trajes y sobre todo dónde se compra los
cuellos. Al conjunto sólo cabe hacerle un
reproche: la combinación de marrón con
media negra y zapato negro. En cualquier
caso, hay que agradecer a nuestras tres
top models su apuesta por la
singularidad.
Los mallorquines de a
pie, mientras tanto, prefirieron celebrar
la Diada en el mercado payés y de época de
la Llotja, que congregó a miles de
personas.