Mazher Mahmood es sin ningún género de
dudas el reportero más temido de la prensa
más libre del mundo mundial: la británica.
Este colega inglés de obvia ascendencia
árabe es el mayor especialista del Reino
Unido en reporterismo encubierto. Su
modus operandi es éticamente
discutible pero normalmente
incontrovertible e igualmente infalible:
consiste en disfrazarse de jeque árabe,
intentar hacer cantar La Traviata al
VIP, famoso o famosete de turno y grabarle
con cámara oculta.
La fórmula mágica
le funcionó a las mil maravillas hace
cuatro años con Sophie Rhys-Jones, mujer
del Príncipe Eduardo. Haciéndose pasar por
un jeque dubaití, Mazher Mahmood contactó
con la Condesa de Wessex, a la sazón
copropietaria de una agencia de relaciones
públicas, término por cierto que suele
emplearse eufemísticamente para encubrir lo
que no es sino una agencia de tráfico de
influencias a secas.
El reportero dio
el pego, la esposísima mordió el
cebo, largó lo que no está escrito, puso a
parir hasta al apuntador y se mostró
dispuesta a usar su estatus para hacer
negocietes con un jeque más falso que
Judas. Consecuencia: la madre de todos los
escándalos en un país en el que la Familia
Real monta numeritos voluntaria o
involuntariamente un día sí y otro también.
Para que se hagan idea de lo que estoy
hablando tan sólo recordaré que el pollo
que se montó fue tan sólo un grado inferior
al tsunami provocado por el divorcio
del hombre que quería ser tampax,
Carlos, y Lady Di.
El debate abierto
por el diario sensacionalista The News
of The World por obra y gracia del
inefable Mazher Mahmood provocó que la
Reina Isabel II ordenara inmediatamente la
elaboración de un estricto código ético de
obligado cumplimiento en la casa Windsor.
Consecuencia de la consecuencia: la que iba
camino de ser la nueva Diana, se quedó con
las ganas y, lo que es peor, sin trabajo.
Vamos, que le invitaron a dedicarse a otra
cosa, mariposa.
Cuando las barbas de
tu vecino veas pelar, pon las tuyas a
remojar. El caso Rhys-Jones sería
motivo más que suficiente para que Iñaki
Urdangarin se hubiera tentado la ropa por
puritas razones egoístas: es cien veces más
cómodo escarmentar en cabeza ajena que en
la propia. El duque de Palma comenzó a dar
que hablar a este país de porteras hace dos
años exactos al ser ascendido a los altares
de la Vicepresidencia del Comité Olímpico
Español (COE). Hasta ahí todo normal o
medio normal. A mí personalmente no me
parece mal que miembros de la Familia Real
ocupen este tipo de cargos de relumbrón.
Salen ganando ellos pero, sobre todo,
salimos ganando todos: un royal
tiene más posibilidades de cazar para
España unos Juegos o un torneo menor que un
ciudadano sin sangre -propia o prestada-
azul. El problema, pues, no es ése. El
pequeño gran reparo es que su designación
provocó ipso facto un conflicto de
intereses por una perogrullesca razón: la
empresa para la que trabajaba por aquel
entonces, Octagon Esedos, tiene en su
cartera de clientes a federaciones
deportivas que dependen del COE y a
instituciones varias, desde ayuntamientos
hasta comunidades autónomas pasando por
televisiones públicas del más diverso
pelaje.
El duque de Palma no vulneró
ninguna ley porque, por extraño que
parezca, no es incompatible pertenecer al
sancta sanctórum del COE y la vez
hacer business con las federaciones.
Pero sí había y hay una doble
incompatibilidad moral. Para empezar,
porque no es de recibo que un integrante de
la Familia Real ponga su nombre y su tan
interminable como valiosa lista de
contactos al servicio de negocios
personales o de otros y, para terminar,
porque es más que reprobable lucrarse con
unas federaciones que en última instancia
dependen del COE. A más a más, esta casa
desveló que el marido de la Infanta
Cristina había intermediado para colocarle
al Govern el patrocinio de un equipo
ciclista. Otro golpe a la ética y a la
estética de alguien que debería predicar
con el ejemplo.
Urdangarin vuelve a
tropezar en la misma piedra. Y no será
porque este periódico y sus verdaderos
amigos -ya se sabe, un amigo no es el que
le dice a uno lo que quiere oír sino la
verdad- no se lo advirtiéramos por activa y
por pasiva. El jueves nos enteramos por
boca del valiente socialista Antonio
Diéguez que el Govern le adjudicó
digitalmente la organización de un
fórum de extraño y no muy atractivo
objetivo: estudiar la relación entre
deporte y turismo, que es casi tan
interesante como analizar la relación entre
la lluvia y el cultivo de la patata
riojana.
La voz del PSOE en el
Parlament le dio más morbo aún si cabe a su
denuncia al revelar que el contrato se
había otorgado a dedo, esto es, sin
que mediase concurso ni nada que se le
parezca. La cantidad percibida por el
balonmanista tampoco es moco de pavo: 1,2
millones de euros, 200 millones de pesetas
al cambio. Vamos, lo que gana Juan Español
todos los días.
Pero tan o más
cantoso que las formas es el fondo. Ahí va
un ejemplo que lo dice todo: el gabinete de
comunicación de tres días y medio de fórum
salió por 100.000 euros, uséase,
16,6 millones de pesetas de las de toda la
vida. Lo cual, dicho sea de paso, convierte
a los tres integrantes de este servicio de
prensa en los periodistas mejor pagados de
la historia de España. A estos
profesionales se les alivió la carga de
trabajo contratando a un gabinete de
comunicación externo. Otro epígrafe que
invita a la reflexión es el de «abogados»:
5.000 euros del ala. La partida más
singular no es ni esta última ni la
anterior sino una que lleva por título
«investigación sobre la red de regiones» y
que está dotada con otros 35.000 euros del
ala. El Instituto Nóos que preside el yerno
del Rey cobró 90.000 euros por «acuerdos de
investigación con universidades [sic]».
Acuerdos de investigación con universidades
de los que nunca más se volvió a saber. El
apartado correspondiente a los «ponentes»
nos salió a los baleares por 120.000 euros,
lo cual no está nada mal teniendo en cuenta
que algunos participamos encantados de la
vida gratis total.
«Yo tengo que
vivir de algo». cuentan que cuenta nuestro
protagonista cada vez que le mientan esta
bicha de los conflictos de intereses. Tiene
razón... a medias porque tan cierto es que
él no come del presupuesto, vamos, que no
tiene un salario público, como que debe
conducirse por la vida con un cuidado
exquisito por aquello del qué dirán. Todas
las precauciones son pocas cuando uno es
yerno del Rey, hermano del presidente del
Gobierno o primo de ministro. Lo primero
que debería hacer es trabajar única y
exclusivamente en el sector privado y
abstenerse de contratar con las
administraciones públicas y con las
federaciones para evitar que esa sombra de
la sospecha que es muchas veces más
peligrosa que las luces de la realidad le
persiga por los siglos de los siglos.
Aunque a nadie se le escapa que por aquello
del «por ser vos quien sois» Urdangarin
tiene abiertas todas las puertas habidas y
por haber, siempre tendrá una sólida excusa
si se centra en el mundo de la empresa
privada. Elemental.
El presidente de
Nóos no puede y, sobre todo, no debe
olvidar nunca con quién matrimonió. Ser
parte de la primera familia de este país
tiene innumerables ventajas pero también
una nada desdeñable lista de inconvenientes
y obligaciones. Cada favor que le hagan
puede terminar volviéndose cual
boomerang y en forma de flaco favor
contra la monarquía y, en definitiva,
contra su real suegro. Un dislate,
especialmente, en estos tiempos que corren
en los que la Corona se antoja como la
única institución capaz de vertebrar esta
España nuestra cada día más desvertebrada
por culpa de las frivolités del
vallisoletano de León.
Por mucho que
el PSOE esconda la mano tras tirar la
piedra, por mucho que a Diéguez le tiren de
las orejas desde Madrid y por mucho que
algunos escondan por miedo la noticia
ignorando a su protagonista, esto no puede
quedar así ni se debe repetir. El marido de
la Infanta no sólo ha de ser honrado sino
que, además, tiene que parecerlo.
e.inda@elmundo.es