«Hasta siempre, Pedrito», reza el
lazo blanco que ciñe unas flores ya
mustias, un pequeño ramo de claveles
descoloridos, anudado a los bajos del
semáforo que hay en plena calle Joan Carles
I, entre unos populares almacenes y el Bar
Bosch. Lleva ahí unos cuantos días y aunque
paso con cierta frecuencia por el lugar, en
realidad bastantes veces durante la última
semana, no he observado que nadie se
detuviera a mirarlo ni a investigar
siquiera su lema ni a palpar si las flores
son de papel o de carcoma. Será que la
gente anda con prisas o que yo he perdido
la noción del tiempo. Lo ignoro. Tampoco sé
qué o quién fue o pudo haber sido Pedrito.
Quizá sólo fuera un perro atropellado tras
unas correrías sin sentido y un mal frenazo
en seco. O la víctima feliz y cómplice de
una simple broma en plena despedida de
solteros. Pero también podría haber sido un
niño o quién sabe si un señor muy mayor que
le cantaba versos imposibles a la vida.
Igual Pedrito no existió nunca y ese ramo
de flores lo haya soñado yo, y sólo yo,
durante tantos días que ya hasta les he
perdido la cuenta.
Palma es una
ciudad repleta de anécdotas. Aquí, todavía,
podemos soñar con ir contracorriente, al
menos hasta que nos alcance la fiebre
represiva de la ordenanzas municipales que
padecen, por ejemplo, Barcelona o Valencia
donde se ha levantado la veda
indiscriminada de las multas contra
mendigos, jóvenes alborotados, prostitutas
callejeras o enfermos mentales, como si las
víctimas fueran en realidad los verdugos. Y
no es así. Hay otras mafias, no tan ocultas
por cierto, que sí debieran ser
desmanteladas. Las que mantienen los
prostíbulos y la esclavitud en sus
mazmorras, las que edifican discotecas de
éxtasis y cocaína, las que incendian
juzgados -también aquí en Palma, sí, cómo
no- tratando de dilatar los procesos o las
que intentan sobornarnos a cambio de un
poco de corrección ideológica y abundantes
dosis de neolenguaje.