Dicen que la política todo lo destruye y
que envejece y devora incluso a las
princesas. Pero yo conservo en la memoria a
una princesa -más allá de mi mortal y
perecedera Maria Antònia-
como aquella dama excelsa a la que el
tiempo jamás habrá podido destruir. Era
mallorquina, hija del Islam, que pudo
llamarse Fátima, como la mismísima
descendiente del Profeta. Víctima de las
depredaciones entre cristianos y
musulmanes, murió cautiva en Pisa, pero
allá, alguien que supo amarla de verdad,
nos la hizo inmortal e imperecedera a los
ojos de las almas piadosas -las únicas que
importan- para testimoniar con una sencilla
lápida colocada en los muros de su
catedral, tres detalles más que curiosos:
que fue una cautiva mallorquina, que venía
de regia prole y que, temerosa de Dios, a
lo largo de los siglos pediría a cuantas
almas leyesen su misiva, sin distinción de
clase ni de credo, que se apiadasen de ella
con una plegaria, sobre todo, si habían
compartido su desgracia de morir también en
el destierro.
Posiblemente nuestra
princesa mallorquina formó parte del triste
botín con el que se saldó la expedición
catalana-pisana de saqueo de las Baleares
del año 1114, junto con las puertas de la
mezquita mayor de Medina Mayurqa y las dos
columnas de mármol que todavía adornan la
puerta de baptisterio de Florencia, dotadas
de mágicos poderes, según testimonios tanto
de Dante como de Petrarca.
Siempre he pensado que su recuerdo debería
resultarnos aleccionador. De Fátima y del
entendimiento de culturas en el
Mediterráneo pude hablar en Palermo, en
octubre de 1991, en la llamada Euro Arab
Summer University, gracias a la amable
invitación del doctor Mohamed
Aziza, rector de dicha universidad y
ministro que había sido de Cultura en
Túnez. Bueno, pude hablar de nuestra Fátima
y de muchas cosas más. Fueron días
inolvidables, como inolvidable también
sería, entre aquella pléyade de profesores
europeos y árabes, la presencia de
Kobori Jwao, viejo profesor
de Ciencias Políticas y Económicas en
Tokio, empeñado en fotografiarlo todo,
incluida la mafia siciliana. Temo que el
curioso nipón no acabase de entender que en
el Mediterráneo, incluida Mallorca, hay
cosas que se ven, se sienten, pero que
jamás podrán fotografiarse.
Porque
aquel encuentro fue extraordinariamente
enriquecedor, unos años después quise
repetir en Ibiza algo parecido, en aquella
Universidad Internacional del Mediterráneo
de entrañables recuerdos. Si el
Mediterráneo es el mar de la síntesis y de
los encuentros, en su seno deberíamos haber
podido dar ya el gran paso para
entendernos, al menos cristianos,
musulmanes y judíos. Esfuerzos los ha
habido y muchos. Ahora andamos de
Alianza de Civilizaciones a lo
Zapatero. Hasta hace poco también
nuestro Abel Matutes llevaba
el asunto en su agenda y su cartera de
negocios. Allá por el siglo XIII nuestro
Ramon Llull le daría afán al
asunto, y tres siglos antes, incluso el
legendario Gerberto, fílósofo,
matemático, arzobispo de Reims y de Rávena,
y papa que fue con el nombre de
Silvestre II, tan comprensivo
estaría hacia el Islam que llegó a imponer
a la cultura de Occidente la necesidad de
numerar en árabe. Pero la verdad es que
pasan los años, alcanzamos la libertad de
conciencia, nos plantamos en la Europa de
la tolerancia, y sin embargo este podrido
mundo sigue sin ponerse de acuerdo, ni tan
siquiera en algo tan elemental como el
alcance del derecho a honrar a Dios y a
llamarlo con el nombre que el corazón y la
mente nos aconsejan.
De ahí que
estos días el recuerdo de la desdichada
Fátima, pidiendo la limosna de una
plegaria, se me haya hecho especialmente
presente. La veo triste y llorosa. Y es que
uno piensa en lo muy poco que hemos
avanzado en un Occidente que, seguro de su
sistema de valores, antepone la libertad de
expresión al respeto de la dignidad y
sentimientos del alma ajena, circunstancia
que le ha llevado a permanecer absorto y
sin reaccionar ante la indignación de
millones y millones de musulmanes hoy
ultrajados. Porque ni la mallorquina
Fátima, ni aquel florentino enamorado que
le puso la lápida en los muros de su
catedral, necesitaron del escolasticismo,
del humanismo, del racionalismo, ni tan
siquiera la Ilustración, para entender lo
esencial, o sea la piedad entre dos almas y
el cómo acercarse al Dios de la
misericordia. A ambos les bastó humanidad.
En cambio nosotros, atiborrados de
ísmos, con cientifismos y
economicismos del siglo XXI incluidos, ante
las miles de cabezas con turbante,
absolutamente desmadradas, que estos días
nos ofrece la televisión, sólo alcanzamos a
entender que son unos locos y que el mundo
islámico anda enajenado, víctima de la
manipulación interesada de sus
líderes.
¿No nos estará haciendo
falta una gran cura de humildad? ¿No nos
estarán sobrando teléfonos móviles y
ordenadores para realmente comunicarnos con
el otro y sobre todo con el del más allá?
Porque es verdad. Acepto, como decía un
agnóstico profesor de Historia de las
Religiones, que posiblemente los musulmanes
necesiten poner a un Martín
Lutero en sus vidas. No les iría
nada mal cuestionarse a sí mismos. Pero a
la hora de su autocrítica no creo que les
ayude mucho la insolencia y el orgullo del
paganizado Occidente, que hace un tiempo
fue cristiano. Nosotros, a sus ojos, no lo
olvidemos, ni tenemos moral, ni tenemos fe.
Hace muchos siglos, en el 957, Abd
al-Rahmán de Córdoba le envió al
emperador Otón I una amable misiva
para que se convirtiese al Islam. El
orgulloso germánico le respondió con una
sarta de insultos al Profeta. El asunto a
punto estuvo de terminar con una masacre:
la de los fieles cristianos del califato
cordobés. A Dios gracias -y nunca mejor
dicho- todo pudo salvarse gracias a la
humildad y santidad del portador de la
insultante carta -Juan de Gorze- y,
naturalmente, también gracias a la
sensibilidad y grandeza del califa
andalusí. Se produjo un memorable encuentro
entre dos almas de Dios y, por
consiguiente, aunadas por la caridad. Y es
que ya pueden correr los siglos, que al
final todo se reduce a lo mismo: a humildad
de la buena y a la grandeza de ánimo de los
unos y de los otros.