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  Lunes, 13 de febrero de 2006 Actualizado a las 01:02
 

EL TELESCOPIO
Mi princesa musulmana está triste

ROMAN PIÑA HOMS


Dicen que la política todo lo destruye y que envejece y devora incluso a las princesas. Pero yo conservo en la memoria a una princesa -más allá de mi mortal y perecedera Maria Antònia- como aquella dama excelsa a la que el tiempo jamás habrá podido destruir. Era mallorquina, hija del Islam, que pudo llamarse Fátima, como la mismísima descendiente del Profeta. Víctima de las depredaciones entre cristianos y musulmanes, murió cautiva en Pisa, pero allá, alguien que supo amarla de verdad, nos la hizo inmortal e imperecedera a los ojos de las almas piadosas -las únicas que importan- para testimoniar con una sencilla lápida colocada en los muros de su catedral, tres detalles más que curiosos: que fue una cautiva mallorquina, que venía de regia prole y que, temerosa de Dios, a lo largo de los siglos pediría a cuantas almas leyesen su misiva, sin distinción de clase ni de credo, que se apiadasen de ella con una plegaria, sobre todo, si habían compartido su desgracia de morir también en el destierro.

Posiblemente nuestra princesa mallorquina formó parte del triste botín con el que se saldó la expedición catalana-pisana de saqueo de las Baleares del año 1114, junto con las puertas de la mezquita mayor de Medina Mayurqa y las dos columnas de mármol que todavía adornan la puerta de baptisterio de Florencia, dotadas de mágicos poderes, según testimonios tanto de Dante como de Petrarca. Siempre he pensado que su recuerdo debería resultarnos aleccionador. De Fátima y del entendimiento de culturas en el Mediterráneo pude hablar en Palermo, en octubre de 1991, en la llamada Euro Arab Summer University, gracias a la amable invitación del doctor Mohamed Aziza, rector de dicha universidad y ministro que había sido de Cultura en Túnez. Bueno, pude hablar de nuestra Fátima y de muchas cosas más. Fueron días inolvidables, como inolvidable también sería, entre aquella pléyade de profesores europeos y árabes, la presencia de Kobori Jwao, viejo profesor de Ciencias Políticas y Económicas en Tokio, empeñado en fotografiarlo todo, incluida la mafia siciliana. Temo que el curioso nipón no acabase de entender que en el Mediterráneo, incluida Mallorca, hay cosas que se ven, se sienten, pero que jamás podrán fotografiarse.

Porque aquel encuentro fue extraordinariamente enriquecedor, unos años después quise repetir en Ibiza algo parecido, en aquella Universidad Internacional del Mediterráneo de entrañables recuerdos. Si el Mediterráneo es el mar de la síntesis y de los encuentros, en su seno deberíamos haber podido dar ya el gran paso para entendernos, al menos cristianos, musulmanes y judíos. Esfuerzos los ha habido y muchos. Ahora andamos de Alianza de Civilizaciones a lo Zapatero. Hasta hace poco también nuestro Abel Matutes llevaba el asunto en su agenda y su cartera de negocios. Allá por el siglo XIII nuestro Ramon Llull le daría afán al asunto, y tres siglos antes, incluso el legendario Gerberto, fílósofo, matemático, arzobispo de Reims y de Rávena, y papa que fue con el nombre de Silvestre II, tan comprensivo estaría hacia el Islam que llegó a imponer a la cultura de Occidente la necesidad de numerar en árabe. Pero la verdad es que pasan los años, alcanzamos la libertad de conciencia, nos plantamos en la Europa de la tolerancia, y sin embargo este podrido mundo sigue sin ponerse de acuerdo, ni tan siquiera en algo tan elemental como el alcance del derecho a honrar a Dios y a llamarlo con el nombre que el corazón y la mente nos aconsejan.

De ahí que estos días el recuerdo de la desdichada Fátima, pidiendo la limosna de una plegaria, se me haya hecho especialmente presente. La veo triste y llorosa. Y es que uno piensa en lo muy poco que hemos avanzado en un Occidente que, seguro de su sistema de valores, antepone la libertad de expresión al respeto de la dignidad y sentimientos del alma ajena, circunstancia que le ha llevado a permanecer absorto y sin reaccionar ante la indignación de millones y millones de musulmanes hoy ultrajados. Porque ni la mallorquina Fátima, ni aquel florentino enamorado que le puso la lápida en los muros de su catedral, necesitaron del escolasticismo, del humanismo, del racionalismo, ni tan siquiera la Ilustración, para entender lo esencial, o sea la piedad entre dos almas y el cómo acercarse al Dios de la misericordia. A ambos les bastó humanidad. En cambio nosotros, atiborrados de ísmos, con cientifismos y economicismos del siglo XXI incluidos, ante las miles de cabezas con turbante, absolutamente desmadradas, que estos días nos ofrece la televisión, sólo alcanzamos a entender que son unos locos y que el mundo islámico anda enajenado, víctima de la manipulación interesada de sus líderes.

¿No nos estará haciendo falta una gran cura de humildad? ¿No nos estarán sobrando teléfonos móviles y ordenadores para realmente comunicarnos con el otro y sobre todo con el del más allá? Porque es verdad. Acepto, como decía un agnóstico profesor de Historia de las Religiones, que posiblemente los musulmanes necesiten poner a un Martín Lutero en sus vidas. No les iría nada mal cuestionarse a sí mismos. Pero a la hora de su autocrítica no creo que les ayude mucho la insolencia y el orgullo del paganizado Occidente, que hace un tiempo fue cristiano. Nosotros, a sus ojos, no lo olvidemos, ni tenemos moral, ni tenemos fe. Hace muchos siglos, en el 957, Abd al-Rahmán de Córdoba le envió al emperador Otón I una amable misiva para que se convirtiese al Islam. El orgulloso germánico le respondió con una sarta de insultos al Profeta. El asunto a punto estuvo de terminar con una masacre: la de los fieles cristianos del califato cordobés. A Dios gracias -y nunca mejor dicho- todo pudo salvarse gracias a la humildad y santidad del portador de la insultante carta -Juan de Gorze- y, naturalmente, también gracias a la sensibilidad y grandeza del califa andalusí. Se produjo un memorable encuentro entre dos almas de Dios y, por consiguiente, aunadas por la caridad. Y es que ya pueden correr los siglos, que al final todo se reduce a lo mismo: a humildad de la buena y a la grandeza de ánimo de los unos y de los otros.

 
   
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