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  Lunes, 30 de enero de 2006 Actualizado a las 00:37
 

EL TELESCOPIO
Cuando el mundo nos cae grande

ROMAN PIÑA HOMS


Fue ayer mismo, llegando al aparcamiento de la Plaza Berenguer de Palou en Palma, sobre las doce del mediodía, cuando sentí esta sensación de que las cosas nos van quedando grandes sin que nosotros nos hagamos o quedemos pequeños. Una muchachita se me acercó y me preguntó: «L'amo. Sap fins quan tindran obert s'aparcament?» Está claro que no era de Palma, ni venía de las afueras urbanas, sino de cualquiera de tantos pueblos de la isla en donde aún nos dirigimos a los mayores con un l'amo, expresión que acredita rango social en nuestra payesía. Pero el hecho es que en Palma no hay amos. La chica tendría que haberlo sabido. Pero el hecho es que se sintió traicionada por sus modos habituales, y sin descubrir que estaba en otra órbita, se dirigió a mí acudiendo a su lenguaje habitual. Podría haberse esforzado en cambiar de chip, pero no lo hizo.

Pues bien. Pienso que algo así a muchos nos está pasando. No cambiamos el chip, pese a situarnos en otros escenarios. Nos mantenemos inmóviles, y simplemente por la pereza de no pensar. Hace años me sorprendió la humildad de Teodoro Ubeda obispo, cuando comentando con él las sensaciones que nos había provocado la lectura de las memorias de Julián Marías, el gran filósofo recientemente fallecido y al que ambos admirábamos, me comentó de él una curiosa anécdota. Por lo visto la Conferencia Episcopal le había invitado a una especie de tertulia y nuestros obispos, santos varones y con deseo de acertar, conociendo sus profundas convicciones cristianas y su valía intelectual, se atrevieron a pedirle algo así como una receta para su difícil caminar por estos pagos de la postmodernidad. El se limitó a contestarles: «Sólo conozco una fórmula, pónganse a pensar». Y es que el consejo de Marías, pese a lo obvio, no estaba de más, ni tan siquiera respecto a los obispos, en esta época nuestra, en que lo que falta es fundamentalmente esto: el esfuerzo de pensar y replantearse la vida.

Porque no pensamos nos quedan grandes muchas realidades y conceptos. Nos queda grande España y desde luego Europa. Y naturalmente los productos culturales que representan. Apenas sin pensar, podemos descubrir que nuestra la nación es la patria chica de nuestros ancestros. A menos pensamiento, más olor a cubículo. Sin embargo resulta difícil hacer abstracción de amores y sentimientos aldeanos, y como no sea pensando, jamás podremos ampliarlos con el objeto de descubrir en los demás, en los extraños, precisamente aquellos caracteres que les hacen iguales a nosotros, por encima del idioma, el color de la piel, los olores y los gustos. Para un bien nacido en la isla -y espero que seamos muchos- decir «Jo sóm mallorquí» está tirado. Lo complicado es decir y sentirte español, europeo o ciudadano del mundo, y asumirlo con plena convicción. Exige ampliar horizontes, culturizarse y pensar.

Porque no pensamos, confundimos constantemente ous amb caragols, y no sólo simplificamos el lenguaje, reduciendo su riqueza, sino que simplificando la complejidad de la vida e incluso nuestra humana condición, terminamos confundiéndolo todo, dejando de matizar y haciendo lugar común de la diversidad de términos y conceptos que precisamente nuestra capacidad de pensar, en largo proceso de siglos, nos había permitido elaborar. Hoy, por lo visto, toda unión puede ser matrimonio, toda comida puede ser manjar, todo ruido puede ser música, todo enano un niño, cuando a poco que pensemos descubriremos que no; que los matices, establecidos al amparo del pensar y desde nuestros orígenes, nos habían permitido establecer categorías y distinguir en aras de algo que llamamos precisión terminológica. Y es que, se lo leía hace unos días a Joseph Ratzinger -este señor que acaba de redescubrir que Dios es Caridad- cuando parafraseando una frase de Goethe que dice «respetemos todo lo que hay detrás de nosotros», nos recordaba cómo en este mundo de cambios tan rápidos e imprevisibles, «la fidelidad del hombre a lo que es auténticamente humano es cada vez más importante». Naturalmente, uno imagina que para Ratzinger, entre las cosas más auténticamente humanas, además de aquello que llamamos amor del bueno, está el pensar. Esto que hemos perdido y que ni tan siquiera andamos buscando.

Y ya que hablamos de Ratzinger parafraseando a Goethe, salvando ciertas distancias permítanme que les hable de Cristóbal Serra parafraseando a Jesús de Nazaret. Fue hace pocos días en nuestra universidad. Se le hizo a nuestro Serra doctor honoris causa, y en un impresionante ejercicio de pensar nos obsequió con una lección magistral inolvidable. Comenzó por romper tabúes y hablarnos en castellano. Les aseguro que no pasó nada. Asombroso, pero es así. A nuestro Truyol Serra, hará un par de lustros, no le dejaron, y el pobre hombre, que hacía más de cuarenta años que había abandonado nuestra tierra y que seguramente nunca habría escrito ni leído en mallorquín, se le pidió el sacrificio de ser políticamente correcto, y lo fue. En efecto, resultó políticamente correcto, pero al propio tiempo patético.

Me preguntarán de qué habló Serra. Pues vayan a la página web de nuestra Universidad. En cualquier caso les adelantaré alguna de sus incorrecciones. Haciendo expresa condena, no de la acción de progreso, pero sí de la palabra progreso de la que se llena la progresía -maticemos- se atrevió a afirmar que «en días como los nuestros, en los que todavía la palabra progreso se graba en mayúsculas en las mentes» él, en cambio, no duda «en escribirla en minúscula». Habló de nuestros numerosos «ídolos mentales», que tenemos entronizados, dando «para una lista de longitud kilométrica». Reivindicó la experiencia religiosa «por lo que ésta tiene de supraracional». Y dejó bien claro que Jesús, de quien «no hay dicho ni gesto» que no le interesen, es el gran maestro de la paradoja, la hipérbole y la ironía. Y dijo más. Denunció la necesidad de «pasar revista al alma humana». De ahí la importancia de la Biblia como «informe sobre los hombres». Y terminó defendiendo al niño que llevamos dentro, puesto que «nadie podrá rebelarse de verdad, poéticamente, si no sigue siendo niño». Pero dijo «al niño», no al pequeño mezquino de nuestros días, al que el mundo, como decíamos, le viene grande.

 
   
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