Fue ayer mismo, llegando al aparcamiento
de la Plaza Berenguer de Palou en Palma,
sobre las doce del mediodía, cuando sentí
esta sensación de que las cosas nos van
quedando grandes sin que nosotros nos
hagamos o quedemos pequeños. Una muchachita
se me acercó y me preguntó: «L'amo. Sap
fins quan tindran obert s'aparcament?»
Está claro que no era de Palma, ni venía de
las afueras urbanas, sino de cualquiera de
tantos pueblos de la isla en donde aún nos
dirigimos a los mayores con un
l'amo, expresión que acredita rango
social en nuestra payesía. Pero el hecho es
que en Palma no hay amos. La chica
tendría que haberlo sabido. Pero el hecho
es que se sintió traicionada por sus modos
habituales, y sin descubrir que estaba en
otra órbita, se dirigió a mí acudiendo a su
lenguaje habitual. Podría haberse esforzado
en cambiar de chip, pero no lo
hizo.
Pues bien. Pienso que algo así
a muchos nos está pasando. No cambiamos el
chip, pese a situarnos en otros escenarios.
Nos mantenemos inmóviles, y simplemente por
la pereza de no pensar. Hace años me
sorprendió la humildad de Teodoro
Ubeda obispo, cuando comentando con él
las sensaciones que nos había provocado la
lectura de las memorias de Julián
Marías, el gran filósofo recientemente
fallecido y al que ambos admirábamos, me
comentó de él una curiosa anécdota. Por lo
visto la Conferencia Episcopal le había
invitado a una especie de tertulia y
nuestros obispos, santos varones y con
deseo de acertar, conociendo sus profundas
convicciones cristianas y su valía
intelectual, se atrevieron a pedirle algo
así como una receta para su difícil caminar
por estos pagos de la postmodernidad. El se
limitó a contestarles: «Sólo conozco una
fórmula, pónganse a pensar». Y es que el
consejo de Marías, pese a lo obvio, no
estaba de más, ni tan siquiera respecto a
los obispos, en esta época nuestra, en que
lo que falta es fundamentalmente esto: el
esfuerzo de pensar y replantearse la vida.
Porque no pensamos nos quedan
grandes muchas realidades y conceptos. Nos
queda grande España y desde luego Europa. Y
naturalmente los productos culturales que
representan. Apenas sin pensar, podemos
descubrir que nuestra la nación es la
patria chica de nuestros ancestros. A menos
pensamiento, más olor a cubículo. Sin
embargo resulta difícil hacer abstracción
de amores y sentimientos aldeanos, y como
no sea pensando, jamás podremos ampliarlos
con el objeto de descubrir en los demás, en
los extraños, precisamente aquellos
caracteres que les hacen iguales a
nosotros, por encima del idioma, el color
de la piel, los olores y los gustos. Para
un bien nacido en la isla -y espero que
seamos muchos- decir «Jo sóm
mallorquí» está tirado. Lo complicado
es decir y sentirte español, europeo o
ciudadano del mundo, y asumirlo con plena
convicción. Exige ampliar horizontes,
culturizarse y pensar.
Porque no
pensamos, confundimos constantemente ous
amb caragols, y no sólo simplificamos
el lenguaje, reduciendo su riqueza, sino
que simplificando la complejidad de la vida
e incluso nuestra humana condición,
terminamos confundiéndolo todo, dejando de
matizar y haciendo lugar común de la
diversidad de términos y conceptos que
precisamente nuestra capacidad de pensar,
en largo proceso de siglos, nos había
permitido elaborar. Hoy, por lo visto, toda
unión puede ser matrimonio, toda
comida puede ser manjar, todo ruido
puede ser música, todo enano un
niño, cuando a poco que pensemos
descubriremos que no; que los matices,
establecidos al amparo del pensar y desde
nuestros orígenes, nos habían permitido
establecer categorías y distinguir en aras
de algo que llamamos precisión
terminológica. Y es que, se lo leía
hace unos días a Joseph
Ratzinger -este señor que acaba de
redescubrir que Dios es Caridad- cuando
parafraseando una frase de Goethe
que dice «respetemos todo lo que hay detrás
de nosotros», nos recordaba cómo en este
mundo de cambios tan rápidos e
imprevisibles, «la fidelidad del hombre a
lo que es auténticamente humano es cada vez
más importante». Naturalmente, uno imagina
que para Ratzinger, entre las cosas más
auténticamente humanas, además de aquello
que llamamos amor del bueno, está el
pensar. Esto que hemos perdido y que ni tan
siquiera andamos buscando.
Y ya que
hablamos de Ratzinger parafraseando a
Goethe, salvando ciertas distancias
permítanme que les hable de
Cristóbal Serra parafraseando
a Jesús de Nazaret. Fue hace pocos
días en nuestra universidad. Se le hizo a
nuestro Serra doctor honoris causa, y en un
impresionante ejercicio de pensar nos
obsequió con una lección magistral
inolvidable. Comenzó por romper tabúes y
hablarnos en castellano. Les aseguro que no
pasó nada. Asombroso, pero es así. A
nuestro Truyol Serra, hará un par de
lustros, no le dejaron, y el pobre hombre,
que hacía más de cuarenta años que había
abandonado nuestra tierra y que seguramente
nunca habría escrito ni leído en
mallorquín, se le pidió el sacrificio de
ser políticamente correcto, y lo fue. En
efecto, resultó políticamente correcto,
pero al propio tiempo patético.
Me
preguntarán de qué habló Serra. Pues vayan
a la página web de nuestra Universidad. En
cualquier caso les adelantaré alguna de sus
incorrecciones. Haciendo expresa condena,
no de la acción de progreso, pero sí de la
palabra progreso de la que se llena
la progresía -maticemos- se atrevió a
afirmar que «en días como los nuestros, en
los que todavía la palabra progreso se
graba en mayúsculas en las mentes» él, en
cambio, no duda «en escribirla en
minúscula». Habló de nuestros numerosos
«ídolos mentales», que tenemos
entronizados, dando «para una lista de
longitud kilométrica». Reivindicó la
experiencia religiosa «por lo que ésta
tiene de supraracional». Y dejó bien claro
que Jesús, de quien «no hay dicho ni gesto»
que no le interesen, es el gran maestro de
la paradoja, la hipérbole y la ironía. Y
dijo más. Denunció la necesidad de «pasar
revista al alma humana». De ahí la
importancia de la Biblia como «informe
sobre los hombres». Y terminó defendiendo
al niño que llevamos dentro, puesto que
«nadie podrá rebelarse de verdad,
poéticamente, si no sigue siendo niño».
Pero dijo «al niño», no al pequeño mezquino
de nuestros días, al que el mundo, como
decíamos, le viene grande.