Los cachorros del PSM han estado
preparando un regalo de Navidad para
Zapatero. Han estado diseñando una
cesta de Navidad con un surtido de turrones
y otras delicatessen, todas con una
particularidad: iban en la cesta para
volver a casa por Navidad "y para que
no regresen". Los turrones de esta
cesta del PSM iban a ser el PP, el PSOE, EL
MUNDO y la COPE, unos productos por lo
visto típicamente monclovitas, madrileños o
españoles, y que no deberían dejarse ver
por estas islas. Pero la pregunta que se
nos ocurre formular a los jóvenes del PSM
es: ¿en la cesta de Navidad con billete de
ida, El Mundo, la COPE, el PP y el PSOE
tienen que viajar por ser españoles o por
otra razón? Porque si se trata de librar a
Baleares de las invasiones de lo español,
en la cesta del PSM debería haber muchos
más camarotes. Una cesta se queda muy
pequeña para la cantidad de chucherías
españolas que deberíamos expulsar de
nuestra realidad ideal.
Pongamos
que a un puñado de mallorquines les hubiese
tocado el Gordo que se cantó el jueves. En
la cesta del PSM deberían ir los boletos de
la lotería nacional agraciados, camino de
la Moncloa. Que Zapatero no piense mal, que
no piense que la cesta no es un gentil
obsequio, que no piense que es un insulto.
Que Zapatero, este responsable de una
intolerable presencia española en este país
con una realidad y una cultura propia, no
entienda que no queremos en Mallorca tener
a la venta lotería nacional, de una nación
que encima de que es otra, nos
invade.
A menos que no sea eso lo
que significa la cesta de los jóvenes del
PSM. Tal vez no sienten una animadversión
general por lo español, sino sólo por lo
español que les molesta. El nacionalismo
tiene estas cosas, consiente los beneficios
que trae la presencia de los
"extraños", pero no concederá
nunca a los extraños su derecho a la
igualdad. El nacionalista permite al
extraño porque lo necesita, pero se reserva
el derecho de admisión si algún día ese
extraño se atreve a reclamar algo.
No sé si hemos mejorado en cuanto a la
xenofobia de los más radicales en Mallorca.
Hace mucho tiempo, años, la misma ERC
desacreditó a un compañero de filas que
jugaba a hacer campaña con un barco de
rejilla. En aquel barco no había numerus
clausus. Hoy el barco de rejilla se
convierte en cesta de mimbre. Puede volar,
no tiene por qué ir por mar y hundirse,
pero no ha de volver. En la cesta, además,
no hay que meter a todos los
forasters, sino sólo a los aparatos
de opresión, a los mecanismos que
obstaculizan la normalización cultural que
sueñan unos pocos. Tal vez nuestros
nacionalistas se han civilizado una pizca,
pero su sueño la mayoría lo intuimos como
el peor de los páramos.