Me entretienen estos tiempos de valores
confusos y mixtificaciones fáciles en que
vivimos. No resulta serio, pero sí
divertido, emparentar la épica con la
reciente salvación de Real Mallorca
-producto, en realidad, del formidable
empeño del Levante que no de los vacilantes
méritos mallorquinistas- o las hazañas del
apolíneo Rafael Nadal sobre las
tierras batidas de Roland Garros.
La
historia no es nueva; al contrario. Siempre
hemos necesitado héroes con los que
identificarnos. Antes lo fueron los
guerreros, que llegaron a tener categoría
de semidioses, y ahora lo son los
deportistas, las estrellas de cine, algunos
autores de best-sellers o los cantantes de
éxito. Recuerdo que hasta los banqueros con
gomina tuvieron su minuto de gloria. No es
lo mismo, pero igual se le
parece.
M
Estaba este domingo
visionando un viejo concierto de Leonard
Cohen. El público enarbolaba una
pancarta con un lema estremecedor:
Beautiful Losers (Bellos
perdedores). Aquella alegría pertenecía a
los años sesenta y a la sana costumbre de
reivindicar las cosas pequeñas, íntimas,
frente a la retórica de las grandes
palabras. La victoria anónima del agobiante
día a día.
Pero civilización e
inocuidad parecen haberse aliado. Y no es
mala cosa dejarse seducir por la curiosa
épica de devolverse, con la peor mala leche
posible, una pelotita por encima de una
red. En los anfiteatros los vencedores
agitaron sus banderas y los derrotados las
dejaron a media asta. Luego, al finalizar
el ritual, una especie de justa sobre las
movedizas arenas del honor y la fuerza,
unos y otros regresaron a sus casas,
cenaron, hablaron con la familia, quizá
leyeron algún libro y se acostaron
tranquilamente en sus camas. La vida
prosigue.