Poco, muy poco, ha durado la reacción
del Real Mallorca. Tras acumular siete
puntos sobre nueve posibles ante Celta,
Sevilla y Cádiz, el conjunto entrenado por
Héctor Cúper ha encajado dos derrotas que
han resucitado el pesimismo general del
inicio de temporada. Siendo benevolentes,
es posible que el traspiés de Montjuic
entrase dentro de las previsiones, toda vez
que el Espanyol cuenta con una plantilla
mucho más cualificada de lo que cabría
deducir por sus resultados. En cambio, casi
nadie pensaba que el Mallorca sucumbiera
frente a un Athletic de Bilbao que viajó a
Palma como colista y con un solo triunfo en
su cuenta particular.
¿Fue justo o
injusto que el conjunto de Clemente ganase
en Son Moix? Seguro que hay opiniones para
todos los gustos, pero un ejercicio de
objetividad debe hacernos reconocer que, a
pesar de que el Bilbao obtuvo un botín
claramente superior a sus merecimientos, el
Mallorca no hizo nada, o casi nada, para
que su suerte fuera distinta. En algunos
encuentros, y posiblemente el del sábado en
Son Moix sea uno de ellos, ninguno de los
dos equipos se hace acreedor a la victoria,
ni siquiera al empate, pero tal vez uno de
ellos se merece perder más que el otro, y
ese fue sin duda el
Mallorca.
Obligado por las lesiones y
las sanciones, Héctor Cúper dio una nueva
vuelta de tuerca a la columna vertebral de
su once, retrasando la posición de Arango
para emparejarlo con Pereyra en el centro
de la línea medular y dando entrada a Okubo
en la punta de ataque junto a Víctor. El
experimento, que en principio parecía
vaticinar una relativa apuesta ofensiva de
Cúper, hizo aguas por todos los costados.
Arango se perdió en una demarcación que
claramente no es la suya, y Okubo
desperdició su velocidad en driblings
imposibles en situaciones estériles. Para
acabar de complicar la madeja, Potenza se
lesionó a las primeras de cambio, con lo
que Cúper perdió al tándem de centrales
que, sin grandes florituras, mejores
resultados le estan proporcionando esta
temporada. De todos modos, no parece
razonable argumentar que la ausencia del
italiano tuviera una excesiva influencia en
la victoria bilbaína. El equipo de Clemente
apenas puso en riesgo la portería de Prats,
aunque cuando lo hizo acertó de pleno y se
llevó tres puntos que, para los vascos, son
de auténtico oro.
Afortunadamente, el
infortunio que acompañó al Mallorca el
sábado desapareció como por arte de magia
el domingo. El conjunto bermellón se vio
claramente favorecido por los resultados de
sus adversarios directos y, a pesar de
haber encadenado dos derrotas consecutivas,
sigue fuera de las posiciones de descenso.
Esta circunstancia, que para nada es
anecdótica, revela el grado de mediocridad
en el que se halla sumido el campeonato
español. Un equipo como el Mallorca, con
solo tres victorias en casi una vuelta
entera de la Liga, continuaría en Primera
División de terminar hoy la competición.
Quizás este sea el único consuelo de un
momento ciertamente amargo.