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  Lunes, 29 de agosto de 2005 Actualizado a las 01:26
 

EL RINCON INCORRECTO
Estos ecologistas hijos de Marx

ANTONIO ALEMANY DESCALLAR


Precisiones. Vayan algunas precisiones para fijar mi posición. Creo que hay que cuidar la Tierra. Creo que no hay que emitir gases a la atmósfera. Creo que hemos de respetar y proteger los ecosistemas. Estoy, con algunas salvedades, con las medidas medioambientales que se proponen. Y soy partidario de acuerdos internacionales. Por otro lado, no creo que «si los ecologistas -tal y como los conocemos- no existieran, habría que inventarlos». Creo que su acción es negativa y contraproducente, además de falsa por lo que veremos a continuación. Y tengo serias reservas intelectuales acerca del «ecologismo oficial» y su catastrofismo generalizado.

Las dudas. Pertenezco a una de las últimas generaciones herederas de la Ilustración, la que hizo de la duda metódica instrumento metodológico del conocimiento. Hoy, en general, no se duda y se tiende peligrosamente -en ecología, en lingüística, en otros ámbitos- al platónico «gobierno de los sabios» que, tal y como analizó Popper en su luminoso ensayo La sociedad abierta y sus enemigos, está en la raíz de los fundamentalismos, integrismos y autoritarismos que reafloran en nuestras sociedades. Lo que más me irrita es que este «pensamiento débil» este «no dudar», esta remisión a la «autoridad» como fuente inapelable de la verdad está instalado en profesiones «intelectuales» como la periodística que tiene la obligación de dudar y de dudar sistemáticamente. Las jóvenes promociones de periodistas no dudan.

Mi generación es la que se traumatizó en los años 60 con los Informes de Club de Roma, con el Informe Meadows, con los libros de Ramón Tamames, de René Dumont y de todos los teóricos de los «límites al crecimiento». Esta generación, sin embargo, vio y comprobó el fracaso de las catastróficas predicciones de unos auténticos sabios, cuyos modelos por ordenador eran artículos de fe que no cumplieron prácticamente ni una de sus expectativas y pronósticos.

También -lo he dicho en otras ocasiones- mis dudas nacen al observar la metodología de los maitres á penser del ecologismo y de estos catedráticos de la UIB -hay uno que se llama Rodríguez que me acollona cada vez que habla- o de Jansà, nuestro hombre del tiempo: infringen el principio científico de falsabilidad al sostener simultáneamente una cosa y su contraria. Si llueve, cambio climático. Si no llueve, cambio climático. Si hace frío, cambio climático. Si hace calor, también.

Y, por último, las dudas surgen de dos hechos: estas gentes menosprecian la variable tecnológica -el caso de las desaladoras y la amenaza de una Mallorca sedienta es paradigmático- y mienten. No es cierto que el Mediterráneo haya «crecido», según estudio publicado en Nature, ha disminuido 12 centímetros. No es cierto que los polos se fundan: la Antártida crece. No es cierto que los glaciares desaparezcan: en el Cono Sur gozan de magnífica salud y avanzan año tras año. Cualquier persona medianamente culta y curiosa puede analizar, sin necesidad de ser especialista, todas las catástrofes anunciadas y su grado de cumplimiento.

Hijos de Marx. Personalmente y sin que ello, insisto, cuestione la pertinencia de una enérgica política medioambiental, pienso que el ecologismo oficial, nuestros verdes y gobs de aquí, son una superchería. Su guerra no es la ecología, sino otra. En un precioso opúsculo titulado significativamente Nostalgia del absoluto, George Steiner, analiza con una lucidez deslumbrante el componente prometeico, religioso, mitológico, religioso y de weltanschaunng (concepción del mundo) del marxismo. Invito al lector que traslade este análisis al ecologismo. Textos canónicos, gestos, rituales y símbolos, especie de teología sustitutoria de la religión, Prometeo que rescata al hombre de su pecado original y le devuelve el paraíso perdido, épica histórica, profetismo apocalíptico del fin del hombre, cientifismo traducido en leyes históricas que anuncian el derrumbe del capitalismo, del sistema de vida y valores occidentales para volver a la Arcadia feliz que hemos abandonado.

Steiner habla de marxismo, pero podría hablar, exactamente con las mismas palabras, de ecologismo. Por esto los partidos comunistas vergonzantes fagocitan los movimientos verdes. El que tiene la razón histórica y la razón política es Miguel Angel Llauger, no Margalida Rosselló o Juan Buades. El destino natural e inapelable del ecologismo no son los románticos guerreros del Arco Iris, sino constituirse en solapados partidos comunistas que aspiran a lo que han aspirado siempre: sustituir la sociedad demoliberal que se extiende mundialmente por la buena nueva marxista.

¿Y la ecología? Les importa un rábano: sólo tiene un valor instrumental al servicio de esta concepción del mundo que nos ha de salvar, nos guste o disguste, a todos. Por esto, gobs y demás actúan discriminadamente y con un doble rasero moral y político. Hace tiempo que se les ve el plumero y hace tiempo que, para las mentes medianamente lúcida, han perdido toda su credibilidad.

La defensa del medio ambiente -su protección y la solución a la problemática que plantea- vendrá de donde han venido siempre las soluciones: de la capacidad reflexiva y correctora de las sociedades demoliberales, del comportamiento racional, aunque sea con dos pasos adelante y un atrás, de la Humanidad y del desarrollo tecnológico que ha desactivado, y desactivará más aún en el futuro, problemas que parecían insolubles.

El ecologismo -para mí, al menos- no es ninguna «conciencia de la sociedad» ni el tópico «habría que inventarlo si no existiera». Tal y como está articulado políticamente no lo necesitamos para nada porque su guerra no es la guerra ecológica, sino la guerra de las ideas encarnadas en los hijos de Marx. En Baleares han acabado por situarse donde debían: en el seno marxista del que lo sabemos todo, desde su miseria moral, su error político e histórico y su capacidad para infligir sufrimiento a la Humanidad.

 
   
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