Precisiones. Vayan algunas
precisiones para fijar mi posición. Creo
que hay que cuidar la Tierra. Creo que no
hay que emitir gases a la atmósfera. Creo
que hemos de respetar y proteger los
ecosistemas. Estoy, con algunas salvedades,
con las medidas medioambientales que se
proponen. Y soy partidario de acuerdos
internacionales. Por otro lado, no creo que
«si los ecologistas -tal y como los
conocemos- no existieran, habría que
inventarlos». Creo que su acción es
negativa y contraproducente, además de
falsa por lo que veremos a continuación. Y
tengo serias reservas intelectuales acerca
del «ecologismo oficial» y su catastrofismo
generalizado.
Las dudas.
Pertenezco a una de las últimas
generaciones herederas de la
Ilustración, la que hizo de la
duda metódica instrumento
metodológico del conocimiento. Hoy, en
general, no se duda y se tiende
peligrosamente -en ecología, en
lingüística, en otros ámbitos- al platónico
«gobierno de los sabios» que, tal y como
analizó Popper en su luminoso ensayo
La sociedad abierta y sus enemigos,
está en la raíz de los fundamentalismos,
integrismos y autoritarismos que reafloran
en nuestras sociedades. Lo que más me
irrita es que este «pensamiento débil» este
«no dudar», esta remisión a la «autoridad»
como fuente inapelable de la verdad está
instalado en profesiones «intelectuales»
como la periodística que tiene la
obligación de dudar y de dudar
sistemáticamente. Las jóvenes promociones
de periodistas no dudan.
Mi
generación es la que se traumatizó en los
años 60 con los Informes de Club de Roma,
con el Informe Meadows, con los
libros de Ramón Tamames, de René
Dumont y de todos los teóricos de los
«límites al crecimiento». Esta generación,
sin embargo, vio y comprobó el fracaso de
las catastróficas predicciones de unos
auténticos sabios, cuyos modelos por
ordenador eran artículos de fe que no
cumplieron prácticamente ni una de sus
expectativas y pronósticos.
También
-lo he dicho en otras ocasiones- mis dudas
nacen al observar la metodología de los
maitres á penser del ecologismo y de
estos catedráticos de la UIB -hay uno que
se llama Rodríguez que me
acollona cada vez que habla- o de
Jansà, nuestro hombre del tiempo:
infringen el principio científico de
falsabilidad al sostener
simultáneamente una cosa y su contraria. Si
llueve, cambio climático. Si no llueve,
cambio climático. Si hace frío, cambio
climático. Si hace calor, también.
Y,
por último, las dudas surgen de dos hechos:
estas gentes menosprecian la variable
tecnológica -el caso de las desaladoras y
la amenaza de una Mallorca sedienta es
paradigmático- y mienten. No es cierto que
el Mediterráneo haya «crecido», según
estudio publicado en Nature, ha
disminuido 12 centímetros. No es cierto que
los polos se fundan: la Antártida crece. No
es cierto que los glaciares desaparezcan:
en el Cono Sur gozan de magnífica salud y
avanzan año tras año. Cualquier persona
medianamente culta y curiosa puede
analizar, sin necesidad de ser
especialista, todas las catástrofes
anunciadas y su grado de
cumplimiento.
Hijos de Marx.
Personalmente y sin que ello, insisto,
cuestione la pertinencia de una enérgica
política medioambiental, pienso que el
ecologismo oficial, nuestros verdes
y gobs de aquí, son una superchería.
Su guerra no es la ecología, sino otra. En
un precioso opúsculo titulado
significativamente Nostalgia del
absoluto, George Steiner,
analiza con una lucidez deslumbrante el
componente prometeico, religioso,
mitológico, religioso y de
weltanschaunng (concepción del
mundo) del marxismo. Invito al lector que
traslade este análisis al ecologismo.
Textos canónicos, gestos, rituales y
símbolos, especie de teología sustitutoria
de la religión, Prometeo que rescata al
hombre de su pecado original y le devuelve
el paraíso perdido, épica histórica,
profetismo apocalíptico del fin del hombre,
cientifismo traducido en leyes históricas
que anuncian el derrumbe del capitalismo,
del sistema de vida y valores occidentales
para volver a la Arcadia feliz que hemos
abandonado.
Steiner habla de
marxismo, pero podría hablar, exactamente
con las mismas palabras, de ecologismo. Por
esto los partidos comunistas vergonzantes
fagocitan los movimientos verdes. El
que tiene la razón histórica y la razón
política es Miguel Angel Llauger, no
Margalida Rosselló o Juan
Buades. El destino natural e inapelable
del ecologismo no son los románticos
guerreros del Arco Iris, sino
constituirse en solapados partidos
comunistas que aspiran a lo que han
aspirado siempre: sustituir la sociedad
demoliberal que se extiende mundialmente
por la buena nueva
marxista.
¿Y la ecología? Les importa
un rábano: sólo tiene un valor instrumental
al servicio de esta concepción del mundo
que nos ha de salvar, nos guste o disguste,
a todos. Por esto, gobs y demás
actúan discriminadamente y con un doble
rasero moral y político. Hace tiempo que se
les ve el plumero y hace tiempo que, para
las mentes medianamente lúcida, han perdido
toda su credibilidad.
La defensa del
medio ambiente -su protección y la solución
a la problemática que plantea- vendrá de
donde han venido siempre las soluciones: de
la capacidad reflexiva y correctora de las
sociedades demoliberales, del
comportamiento racional, aunque sea con dos
pasos adelante y un atrás, de la Humanidad
y del desarrollo tecnológico que ha
desactivado, y desactivará más aún en el
futuro, problemas que parecían
insolubles.
El ecologismo -para mí,
al menos- no es ninguna «conciencia de la
sociedad» ni el tópico «habría que
inventarlo si no existiera». Tal y como
está articulado políticamente no lo
necesitamos para nada porque su guerra no
es la guerra ecológica, sino la guerra de
las ideas encarnadas en los hijos de Marx.
En Baleares han acabado por situarse donde
debían: en el seno marxista del que lo
sabemos todo, desde su miseria moral, su
error político e histórico y su capacidad
para infligir sufrimiento a la
Humanidad.