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  Miércoles, 17 de agosto de 2005 Actualizado a las 00:28
 

LA PLUMA
Cesiones simbólicas

JOAN FONT ROSSELLO


Los políticos de brocha gorda, que de cada día abundan más, han decidido ceder ante la presión nacionalista. Ahí están, por ejemplo, estas dos lumbreras del PSOE, Armengol y Socías, regocijándose en su ignorancia: no saben lo que es una nación, ni parece importarles tampoco. Al final, veremos como la pusilanimidad, el buen rollo y la irresponsabilidad terminarán satisfaciendo la voracidad nacionalista. No entienden nada de nada, a menos que el PSOE haya decidido sumarse al proceso de desmembración de España a través de las sucesivas reformas de los Estatutos de Autonomía. Al fin y a la postre, dicen los enterados (que no entendidos), se trata de «una cuestión de dinero, de más financiación. Los símbolos no importan».

Estoy cansado de escuchar lo mismo. Los de brocha gorda llevan años en política y no han entendido nada de nada. Es como si, después de haber nacido con el humanitarismo y la democracia de las revoluciones de 1848, hubieran decidido hibernar desde 1914 hasta 1989, cuando el comunismo y los nacionalismos étnicos han campado a sus anchas, sin que nunca el interés económico fuera una de sus prioridades. La lógica totalitaria no es la del interés y del afán de lucro. Es otra cosa. De ahí que el peligro de ceder ante el lenguaje de los nacionalistas, llamando «nación» o «nacionalidad» a nuestra comunidad autónoma, no sea baladí.

Ceder ahora en esta batalla de conceptos significa dar legitimidad a los nacionalistas para fortalecer su discurso, un discurso que en un futuro estará perfectamente legitimado (y lo habrán legitimado el PP y el PSOE por no cerrar de una vez el proceso autonómico) para exigir más «nivel de autogobierno», hasta que progresivamente se consume el fin de España como nación, el único objetivo que de verdad les preocupa y persiguen los separatistas. Según el nacionalismo, no es tan importante la competencia transferida (ni los dineros transferidos) en sí como la razón que sustenta y legitima dicha transferencia. En efecto, una vez aceptada por todos los partidos la razón (la esencia justificativa, que se llama, en forma de derechos históricos, o en denominarse nación o nacionalidad) que subyace en legitimar un mayor nivel competencial, simplemente se tratará de desarrollar gradual y automáticamente la normativa que regula las transferencias.

Es más, cuanto más se tarde en transferir las competencias que todos los partidos han acordado legitimar reconociendo la condición histórica o nacional (es decir, su condición simbólica) de su comunidad, casi mejor para el nacionalismo, ya que eso le dará no ya excusas, sino razones de peso para alimentar su discurso victimista. Esta vez, además, no les faltará la razón, ya que los nacionalistas reclamarán con justicia aquellas transferencias que todos los partidos legitimaron con sus cesiones simbólicas, aparentemente inútiles. El lenguaje nunca es inocente. Y casi siempre lo carga el diablo.

 
   
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