Los políticos de brocha gorda, que de
cada día abundan más, han decidido ceder
ante la presión nacionalista. Ahí están,
por ejemplo, estas dos lumbreras del PSOE,
Armengol y Socías,
regocijándose en su ignorancia: no saben lo
que es una nación, ni parece importarles
tampoco. Al final, veremos como la
pusilanimidad, el buen rollo y la
irresponsabilidad terminarán satisfaciendo
la voracidad nacionalista. No entienden
nada de nada, a menos que el PSOE haya
decidido sumarse al proceso de
desmembración de España a través de las
sucesivas reformas de los Estatutos de
Autonomía. Al fin y a la postre, dicen los
enterados (que no entendidos), se trata de
«una cuestión de dinero, de más
financiación. Los símbolos no importan».
Estoy cansado de escuchar lo mismo.
Los de brocha gorda llevan años en política
y no han entendido nada de nada. Es como
si, después de haber nacido con el
humanitarismo y la democracia de las
revoluciones de 1848, hubieran decidido
hibernar desde 1914 hasta 1989, cuando el
comunismo y los nacionalismos étnicos han
campado a sus anchas, sin que nunca el
interés económico fuera una de sus
prioridades. La lógica totalitaria no es la
del interés y del afán de lucro. Es otra
cosa. De ahí que el peligro de ceder ante
el lenguaje de los nacionalistas, llamando
«nación» o «nacionalidad» a nuestra
comunidad autónoma, no sea baladí.
Ceder ahora en esta batalla de
conceptos significa dar legitimidad a los
nacionalistas para fortalecer su discurso,
un discurso que en un futuro estará
perfectamente legitimado (y lo habrán
legitimado el PP y el PSOE por no cerrar de
una vez el proceso autonómico) para exigir
más «nivel de autogobierno», hasta que
progresivamente se consume el fin de España
como nación, el único objetivo que de
verdad les preocupa y persiguen los
separatistas. Según el nacionalismo, no es
tan importante la competencia transferida
(ni los dineros transferidos) en sí como la
razón que sustenta y legitima dicha
transferencia. En efecto, una vez aceptada
por todos los partidos la razón (la esencia
justificativa, que se llama, en forma de
derechos históricos, o en denominarse
nación o nacionalidad) que subyace en
legitimar un mayor nivel competencial,
simplemente se tratará de desarrollar
gradual y automáticamente la normativa que
regula las transferencias.
Es más,
cuanto más se tarde en transferir las
competencias que todos los partidos han
acordado legitimar reconociendo la
condición histórica o nacional (es decir,
su condición simbólica) de su comunidad,
casi mejor para el nacionalismo, ya que eso
le dará no ya excusas, sino razones de peso
para alimentar su discurso victimista. Esta
vez, además, no les faltará la razón, ya
que los nacionalistas reclamarán con
justicia aquellas transferencias que todos
los partidos legitimaron con sus cesiones
simbólicas, aparentemente inútiles. El
lenguaje nunca es inocente. Y casi siempre
lo carga el diablo.