Hemeroteca Agenda cultural Cartelera Titulares

Tienda Restaurantes De copas Loterías
 BALEARES
 24HORAS
 Opinión
 Illes Balears
 Palma
 Menorca
 Part Forana
 Deporte
 Cultura
 Ibiza y
 Formentera
 SUPLEMENTOS
 MundOcio
 La Economía
 Balear
 Fora Vila Verd
 EDICIÓN
 NACIONAL
 España
 Internacional
 Sociedad
 Economía
 Deportes
 Cultura
 Ciencia
 Tecnología
 60 segundos
 Edición
 impresa
 Catalunya
 Madrid24horas
 OTROS
 Fotos del día
 Álbum
 Vídeos
 
  Miércoles, 17 de agosto de 2005 Actualizado a las 22:44
 

MALLORCA EN CORTO / LA VIRGEN DE LAS ROCAS
La aparición

DAVID TORRES


Sí, no había duda. Una figura llameante había aparecido entre las rocas, envuelta en un halo azulado que pestañeaba en la oscuridad.

-Lo flipas -dijo el chaval de negro, despegando el morro de la litrona. A continuación soltó un eructo más que respetable-. Es que lo flipas.

Una de las beatas le recriminó por su ateísmo. El tío replicó que él no era ateo sino que practicaba la religión vikinga. La cosa me interesó y le pregunté a la pareja en qué consistía su fe.

-Bueno -el tío se rascó la cresta de gallo amarillenta que llevaba en la cabeza-. Eeeeh, básicamente consiste en beber cerveza, ponerse pedo y quemar iglesias.

-La religión más bonita que hay -dijo su chica.

-Dónde va a parar -concluí yo.

El aro que llevaba el tío colgando de la nariz relucía a cada fogonazo. El fotógrafo no paraba de enfocar y de sacar fotos, y el coro de beatas empezaba a mirarle de medio lado, dividiendo los murmullos entre avemarías y promesas de arrancarle la piel a tiras. Todo muy católico. Le pregunté si seguía pensando si se trataba de extraterrestres.

-No sé, es muy extraño -confesó, rascándose la cabeza-. Al acercarla con el teleobjetivo no parece que la figura tenga una estatura normal.

Lo decía como si los extraterrestres de su revista tuvieran que cumplir un control de calidad, unas medidas mínimas. Como si fueran modelos espaciales.

-Según el teleobjetivo, la figura apenas mide cincuenta centímetros.

-¡Es una niña! -gritó una de las beatas, como si estuviera en el paritorio-. ¡Es una Virgen niña!

Redoblaron los avemarías mientras las cuentas de los rosarios zumbaban entre los dedos, anotando los tantos de una partida de billar divino. La Virgen, uno; extraterrestres, uno.

-En fin, sólo hay una forma de averiguarlo.

Me descalcé y me quité la ropa. Si aquella pareja de cuervos alicatados pretendían resucitar a los vikingos entonces mis calzoncillos largos bien podían pasar por un bañador. Pisé la arena húmeda, lamida por las olas, mientras una de las beatas murmuraba algo sobre herejía a mis espaldas.

-No se preocupe, señora. Ya estoy bautizado.

Una ola rompió contra mis tobillos. El agua estaba fría pero era una delicia. Además, ya nos conocíamos. Recordé aquel baño antiguo en la playa del Arenal. También fue en calzoncillos y también a mitad de camino entre noche y día. La raya del alba empezaba a asomar en el horizonte.

-No lo haga -dijo el fotógrafo-. Puede ser peligroso.

-¿Cree que pueden secuestrarme en una nave espacial?

-No. Esas rocas están más lejos de lo que parece.

Puede que tuviera razón, pero iba a ponerme ahora a hacer un strip tease. Me arrojé de cabeza a las olas y empecé a nadar enérgicamente para sacudirme el frío de encima. De vez en cuando levantaba la cabeza para embocar la bocana y comprobar que seguía la dirección correcta. El halo azulado flotaba sobre las rocas, pero el amanecer empezaba a ganarle terreno. Reduje el ritmo de mis brazadas en cuanto comprendí que el fotógrafo tenía razón. Desde la playa, la distancia y la oscuridad confundían las perspectivas.

Durante unos instantes barajé la idea de darme la vuelta, pero nunca me ha gustado arrojar la toalla antes de tiempo. Ni antes de tiempo ni después. Pensé que tal vez podría descansar agarrado a una de las rocas, y si no, la Virgen me echaría una mano. Según los curas de mi colegio, eso es lo que hacía las Vírgenes. Claro que yo no necesitaba tanto un milagro como algo de ejercicio. Estaba echando tripa y, además, llevaba varios días sin dormir.

El amanecer arañaba las aguas cuando llegué hasta las rocas. Alcé los ojos: vi una mujer muy bella, con el pelo largo y oscuro, y una sonrisa de otro mundo. Vestía un velo blanco y su figura, del tamaño de una muñeca grande, no descansaba sobre las rocas ni sobre el mar, sino que reposaba a un palmo sobre el aire, flotando en una especie de neblina azul. Antes de que se difuminase en la primera luz de la mañana, pareció como si me sonriera. Estaba tan exhausto que, si no la hubiera visto desde la playa, habría pensado que era una alucinación.

Agarrarme a las rocas no fue nada sencillo. Estaban resbaladizas y las olas rompían con fuerza sobre la entrada. Una de ellas me alcanzó de costado y me golpeó la rodilla contra la escollera. Sentía los brazos medio dormidos y no me veía con fuerzas suficientes para volver nadando hasta la orilla. Tampoco podría aguantar mucho en aquella posición. Miré a la playa y vi que las beatas se habían puesto en pie. El fotógrafo enfocaba la cámara hacia mí. Sonreí para salir guapo, pero lo que más me apetecía era rezar.

 
   
BUSQUEDAS

Otros buscadores
 LA VIDA MÁS FÁCIL
Hemeroteca
Agenda cultural
Cartelera
Restaurantes
De copas
Busca piso
Rutas de viajes
Callejero
Farmacias
Horóscopo
Televisión
Aeropuertos
Estado de la mar
Líneas Marítimas
Teléfonos útiles
Tráfico
Gasolineras
© EL MUNDO / EL DIA DE BALEARES
Política de privacidad