Sí, no había duda. Una figura llameante
había aparecido entre las rocas, envuelta
en un halo azulado que pestañeaba en la
oscuridad.
-Lo flipas -dijo el chaval
de negro, despegando el morro de la
litrona. A continuación soltó un eructo más
que respetable-. Es que lo
flipas.
Una de las beatas le
recriminó por su ateísmo. El tío replicó
que él no era ateo sino que practicaba la
religión vikinga. La cosa me interesó y le
pregunté a la pareja en qué consistía su
fe.
-Bueno -el tío se rascó la
cresta de gallo amarillenta que llevaba en
la cabeza-. Eeeeh, básicamente consiste en
beber cerveza, ponerse pedo y quemar
iglesias.
-La religión más bonita que
hay -dijo su chica.
-Dónde va a
parar -concluí yo.
El aro que llevaba
el tío colgando de la nariz relucía a cada
fogonazo. El fotógrafo no paraba de enfocar
y de sacar fotos, y el coro de beatas
empezaba a mirarle de medio lado,
dividiendo los murmullos entre avemarías y
promesas de arrancarle la piel a tiras.
Todo muy católico. Le pregunté si seguía
pensando si se trataba de
extraterrestres.
-No sé, es muy
extraño -confesó, rascándose la cabeza-. Al
acercarla con el teleobjetivo no parece que
la figura tenga una estatura
normal.
Lo decía como si los
extraterrestres de su revista tuvieran que
cumplir un control de calidad, unas medidas
mínimas. Como si fueran modelos
espaciales.
-Según el teleobjetivo,
la figura apenas mide cincuenta
centímetros.
-¡Es una niña! -gritó
una de las beatas, como si estuviera en el
paritorio-. ¡Es una Virgen
niña!
Redoblaron los avemarías
mientras las cuentas de los rosarios
zumbaban entre los dedos, anotando los
tantos de una partida de billar divino. La
Virgen, uno; extraterrestres, uno.
-En fin, sólo hay una forma de
averiguarlo.
Me descalcé y me quité
la ropa. Si aquella pareja de cuervos
alicatados pretendían resucitar a los
vikingos entonces mis calzoncillos largos
bien podían pasar por un bañador. Pisé la
arena húmeda, lamida por las olas, mientras
una de las beatas murmuraba algo sobre
herejía a mis espaldas.
-No se
preocupe, señora. Ya estoy
bautizado.
Una ola rompió contra mis
tobillos. El agua estaba fría pero era una
delicia. Además, ya nos conocíamos. Recordé
aquel baño antiguo en la playa del Arenal.
También fue en calzoncillos y también a
mitad de camino entre noche y día. La raya
del alba empezaba a asomar en el
horizonte.
-No lo haga -dijo el
fotógrafo-. Puede ser peligroso.
-¿Cree que pueden secuestrarme en una nave
espacial?
-No. Esas rocas están más
lejos de lo que parece.
Puede que
tuviera razón, pero iba a ponerme ahora a
hacer un strip tease. Me arrojé de cabeza a
las olas y empecé a nadar enérgicamente
para sacudirme el frío de encima. De vez en
cuando levantaba la cabeza para embocar la
bocana y comprobar que seguía la dirección
correcta. El halo azulado flotaba sobre las
rocas, pero el amanecer empezaba a ganarle
terreno. Reduje el ritmo de mis brazadas en
cuanto comprendí que el fotógrafo tenía
razón. Desde la playa, la distancia y la
oscuridad confundían las perspectivas.
Durante unos instantes barajé la
idea de darme la vuelta, pero nunca me ha
gustado arrojar la toalla antes de tiempo.
Ni antes de tiempo ni después. Pensé que
tal vez podría descansar agarrado a una de
las rocas, y si no, la Virgen me echaría
una mano. Según los curas de mi colegio,
eso es lo que hacía las Vírgenes. Claro que
yo no necesitaba tanto un milagro como algo
de ejercicio. Estaba echando tripa y,
además, llevaba varios días sin
dormir.
El amanecer arañaba las aguas
cuando llegué hasta las rocas. Alcé los
ojos: vi una mujer muy bella, con el pelo
largo y oscuro, y una sonrisa de otro
mundo. Vestía un velo blanco y su figura,
del tamaño de una muñeca grande, no
descansaba sobre las rocas ni sobre el mar,
sino que reposaba a un palmo sobre el aire,
flotando en una especie de neblina azul.
Antes de que se difuminase en la primera
luz de la mañana, pareció como si me
sonriera. Estaba tan exhausto que, si no la
hubiera visto desde la playa, habría
pensado que era una
alucinación.
Agarrarme a las rocas no
fue nada sencillo. Estaban resbaladizas y
las olas rompían con fuerza sobre la
entrada. Una de ellas me alcanzó de costado
y me golpeó la rodilla contra la escollera.
Sentía los brazos medio dormidos y no me
veía con fuerzas suficientes para volver
nadando hasta la orilla. Tampoco podría
aguantar mucho en aquella posición. Miré a
la playa y vi que las beatas se habían
puesto en pie. El fotógrafo enfocaba la
cámara hacia mí. Sonreí para salir guapo,
pero lo que más me apetecía era rezar.