Las casas frente al mar dan pereza en
invierno. El arquitecto Jorn Utzon
construyó Can Lis en Portopetro y se hartó
del Mediterráneo. El rugido marino hizo que
construyera Can Feliç, en S'Horta, su casa
mágica de las montañas.
LOLA
SAMPEDRO
Las casas al borde del mar
son joyas a menudo sobrevaloradas. Si se
piensan como viviendas para el verano, son
ideales. Ahora, si se desea habitarlas
durante todo el año, algunas pueden llegar
a convertirse en un auténtico horror. Algo
así debió pensar el arquitecto danés Jorn
Utzon cuando abandonó la bella Can Lis, su
casa en Portopetro, para irse a Can Feliç.
Si la primera está a la orilla del
Mediterráneo, la segunda se ubica en el
interior, en S'Horta, resguardada del
rugido marino en los meses de
invierno.
Veintidós años después de
la construcción de Can Lis, Utzon y su
esposa decidieron vivir la mayor parte del
año en Mallorca. El alto grado de humedad
de Portopetro, que la casa se convirtiera
en punto de peregrinación para miles de
arquitectos seguidores del danés y que se
urbanizaran los alrededores fueron las
causas principales para que el matrimonio
cediera Can Lis a sus hijos y se trasladara
a una nueva vivienda.
Si Can Lis es
la Casa del Sol, Can Feliz es la de las
montañas. Una vivienda de interior rodeada
de naturaleza en su máxima expresión. El
genial arquitecto optó por alejarse de la
brisa húmeda de Portopetro para envolverse
de la calma de S'Horta. Sus dos casas
mallorquinas tienen grandes ventanales,
pero si Can Lis ofrece vistas
espectaculares al Mediterráneo, Can Feliç
mira de frente a la tierra seca de los
pinares.
A pesar de descansar sobre
terrenos antagónicos, ambas casas tienen
muchos puntos en común. El marés es en las
dos el material omnipresente y otorga a la
vivienda armonía con el entorno,
característica indiscutible en las obras de
Utzon. «El siempre ha aprovechado las
ventajas que le ofrecen los solares donde
decide edificar», asegura la arquitecta
mallorquina Joana Roca, gran conocedora de
la obra de danés.
Can Feliç gira en
torno a una terraza y está construida bajo
un único techo con cubiertas de teja árabe.
Sus ventanas, igual que las de Can Lis, al
estar montadas por el exterior, parecen no
existir. El salón principal es un tributo
al paisaje mallorquín, enmarca la montaña
como si de una obra de arte se
tratara.
Esta segunda casa de Utzon
en Mallorca acogió al matrimonio hasta que
decidieron volver a vivir en Dinamarca. El
arquitecto danés ya tiene 86 años y Can
Feliç es hoy el hogar de su hija Lin, que
gusta de pasar los veranos en Cas Lis.
El casoplón de hoy es una
casa mágica y, por mucho que Utzon
insistiera en su día en la alegría que le
provocaba recibir visitas, lo cierto es que
la vivienda es harto difícil de encontrar.
Incluso un mito gira en torno a ella: dicen
que los que logran encontrarla, al volver
sobre su camino, si se les pregunta, son ya
incapaces de indicar el recorrido.