ESTEBAN URREIZTIETA
PALMA.- «Tal y
como están los ánimos ahora mismo en el
cuerpo con el caso Roquetas no
podíamos actuar porque el remedio hubiera
sido peor que la enfermedad». Esta es la
razón por la cual la Guardia Civil que
acudió el pasado sábado a la Costa de los
Pinos asistió impertérrita al asalto por la
fuerza del domicilio del editor de EL
MUNDO/El Día de Baleares. Y con estas
palabras lo explicaron fuentes solventes de
la Benemérita en Baleares a este
periódico.
Estas mismas fuentes
reconocen que recibieron «órdenes de
actuar» por parte de la Delegación del
Gobierno, «que estuvo muy al tanto en todo
momento de lo que ocurría». Pero que no se
consideró oportuno intervenir para que «la
imagen del cuerpo no se volviera a ver otra
vez perjudicada».
Las mismas fuentes
de la Guardia Civil consideran que, a pesar
de todo, los seis agentes de paisano «son
los que menos culpa pueden llegar a tener,
ya que se encontraron con un grupo de
personas que acudieron a dialogar». «Y
cuando alguien acude con esta
predisposición, nunca intervenimos».
«Otra cosa», prosiguen, «es que se
hubieran puesto a tomar el sol en la casa
de Pedro J. Ramírez». Y destacan,
minimizando el asalto, que «cuando se
produjeron los primeros incidentes se llamó
inmediatamente al capitán».
El
problema es que cuando éste se personó
esbozando una sonrisa de oreja a oreja en
el lugar de los hechos, el diputado
nacional Joan Puig y su banda ya habían
hecho lo que tenían que hacer. Se habían
concentrado saltándose la orden del
Ministerio de Medio Ambiente de suspender
tanto el uso público de la piscina como el
derecho de paso. Habían insultado, agredido
y escupido a los vigilantes de seguridad y
al escolta personal del periodista. Habían
cantado victoria tras lograr su objetivo.
Y aún después de todo ello tuvieron
todo el tiempo y la tranquilidad del mundo
para vestirse y volver a hacer
declaraciones. Una vez que creyeron
oportuno abandonar el lugar, y siempre bajo
la pasiva mirada de los agentes de paisano
que se encontraban allí, el grupo de
cuarenta personas que se había congregado
al margen de la ley en la Costa de los
Pinos, inició su retirada. Subió la cuesta
que da acceso a la carretera de la
urbanización y entre aplausos y vítores se
toparon con la mencionada pareja de la
Guardia Civil.
El capitán estrechó
la mano al diputado de ERC Joan Puig y le
sonrió. El diputado le dijo que quería
poner una denuncia porque, según él, había
resultado agredido por el equipo de
seguridad de Ramírez. «Para eso se tiene
que ir usted al cuartel de Artà, porque yo
no me meto en política», le contestó.