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  Martes, 16 de agosto de 2005 Actualizado a las 01:16
 

... y la Guardia Civil confiesa: «Sí, nos dieron la orden, pero no queríamos otro 'caso Roquetas'»

Asegura que consintieron el asalto «porque no se puede dañar otra vez la imagen de la Benemérita, hubiera sido peor el remedio que la enfermedad» - «No actuamos contra la gente que va a dialogar», añade


ESTEBAN URREIZTIETA

PALMA.- «Tal y como están los ánimos ahora mismo en el cuerpo con el caso Roquetas no podíamos actuar porque el remedio hubiera sido peor que la enfermedad». Esta es la razón por la cual la Guardia Civil que acudió el pasado sábado a la Costa de los Pinos asistió impertérrita al asalto por la fuerza del domicilio del editor de EL MUNDO/El Día de Baleares. Y con estas palabras lo explicaron fuentes solventes de la Benemérita en Baleares a este periódico.

Estas mismas fuentes reconocen que recibieron «órdenes de actuar» por parte de la Delegación del Gobierno, «que estuvo muy al tanto en todo momento de lo que ocurría». Pero que no se consideró oportuno intervenir para que «la imagen del cuerpo no se volviera a ver otra vez perjudicada».

Las mismas fuentes de la Guardia Civil consideran que, a pesar de todo, los seis agentes de paisano «son los que menos culpa pueden llegar a tener, ya que se encontraron con un grupo de personas que acudieron a dialogar». «Y cuando alguien acude con esta predisposición, nunca intervenimos».

«Otra cosa», prosiguen, «es que se hubieran puesto a tomar el sol en la casa de Pedro J. Ramírez». Y destacan, minimizando el asalto, que «cuando se produjeron los primeros incidentes se llamó inmediatamente al capitán».

El problema es que cuando éste se personó esbozando una sonrisa de oreja a oreja en el lugar de los hechos, el diputado nacional Joan Puig y su banda ya habían hecho lo que tenían que hacer. Se habían concentrado saltándose la orden del Ministerio de Medio Ambiente de suspender tanto el uso público de la piscina como el derecho de paso. Habían insultado, agredido y escupido a los vigilantes de seguridad y al escolta personal del periodista. Habían cantado victoria tras lograr su objetivo.

Y aún después de todo ello tuvieron todo el tiempo y la tranquilidad del mundo para vestirse y volver a hacer declaraciones. Una vez que creyeron oportuno abandonar el lugar, y siempre bajo la pasiva mirada de los agentes de paisano que se encontraban allí, el grupo de cuarenta personas que se había congregado al margen de la ley en la Costa de los Pinos, inició su retirada. Subió la cuesta que da acceso a la carretera de la urbanización y entre aplausos y vítores se toparon con la mencionada pareja de la Guardia Civil.

El capitán estrechó la mano al diputado de ERC Joan Puig y le sonrió. El diputado le dijo que quería poner una denuncia porque, según él, había resultado agredido por el equipo de seguridad de Ramírez. «Para eso se tiene que ir usted al cuartel de Artà, porque yo no me meto en política», le contestó.

 
   
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