Le encantan las multitudes. Si vas a
pedirle que acuda a un salón de actos para
que reparta premios, cuelgue medallas y
suelte unas palabritas ante un micrófono y
más de veinte personas, te dirá que sí. Le
gusta la gente por una razón obvia. Pero
para ella las personas no son personas, son
sólo máquinas de votar.
Si la invitas
a una paella para 500, te dirá que sí. Si
la invitas a un pa amb oli para mil,
te dirá que sí. Si la invitas a una
inauguración de una exposición, te dirá que
sí. Con que haya más de veinte personas ya
le vale la pena sacar del armario el abrigo
de visón, ya amortiza la laca de ese
pelucón, ya cree que bien gastados están
unos milímetros de los tacones de sus
zapatos.
Si unos cazadores le piden
que presida un genocidio animal, irá
encantada. Si le piden unos pescadores que
patrocine una romería, irá corriendo a
disfrazarse de diosa llampuga. Los
criadores de trotones la llaman Cenicienta,
y los cofrades de Semana Santa le han
prometido que si desfila en la próxima
procesión la dejarán ir sin capirote. Los
restauradores de antigüedades son pocos,
pero si llaman a Munar seguro que
sacarán tajada.
Los moteros son
muchos, y ella tenía que estar allí. Donde
haya premio y un micrófono, tiene que
estar. En el coso taurino de Palma había
diez mil personas, y Munar se puso cachonda
sólo de pensar en esas potenciales diez mil
máquinas de votar meditando el día de la
próximas elecciones si votar a la señora
del pelucón, esa que da los premios. A lo
mejor los premios de Munar ya no tienen el
efecto esperado. A lo mejor, tras el
escándalo de las cuentas escondidas del
Consell, ya nadie quiere un dinero que haya
pasado por las manos purulentas de unos
políticos que no gobiernan, sino que se
limitan a comprar votos.
La ceguera
psicópata de Munar tenía que llevarla a
este suicidio, a este baño de abucheos que
caen como ladrillos sobre la laca. Tantos
años de gestión marrana al fin han elevado
el olor de la pocilga hasta límites
inaguantables. Lo más fino que el pueblo le
ha dicho es caradura y sinvergüenza. El
pueblo le ha perdido el respeto. Se va a
tener que ir a casa.
El colmo de la
inopia en que se encuentra UM es el caso
del edil de Calvià. UM tiene las narices de
acusar al PP de ruptura del pacto, cuando
UM ha intentado acabar con el alcalde del
PP en Calvià. Munar, ciega de vanidad una
vez más, da un ultimátum que es una palada
más en su propia tumba.
Si le pides
que acuda a un concierto de rock, te dirá
que sí, siempre que pueda salir al
escenario. Si le pides que suba al patíbulo
donde le espera la guillotina, te
preguntará si va a salir en la tele.