JUAN PLANAS
Sin duda podría
explicarles, paso a paso, cómo acabó mi
audífono en las manos de un adusto
ginecólogo de Estocolmo. Y cómo Elizabeth
tuvo a bien enviármelo todavía húmedo de
sonrisas y jugos vaginales. Podría, pero
dudo que ustedes me creyeran.
La
hipocondría es un arte. Una manera de
percibir la realidad, de pervertir el orden
natural de los sentidos, de alterar su
funcionamiento y de poner, en definitiva,
el mundo patas arriba. No es que me gusten
los mundos así traspapelados y sin duda
enfermizos, donde nada es lo que parece y
todo depende de la perspectiva caprichosa
de una fiebre intermitente, pero ya me he
acostumbrado a vivir en ellos, sabiendo que
no son mejores ni peores que los mundos que
llamamos normales.
El sol me produce
urticaria. La arena de las playas,
dolorosos juanetes. Y se me hincha
peligrosamente la ceja derecha cada vez que
me sumerjo en el agua del mar. Padezco
otras muchas anomalías que ahora no viene
al caso enumerar. Ya les llegará el
momento. Por eso, cuando mi siquiatra de
«Hipocondríacos sin Fronteras» -una ONG sin
ningún tipo de ánimo, ni siquiera de lucro-
me ordenó pasar unos cuantos días de agosto
en Mallorca, pensé que me estaba tomando el
pelo.
Eso es imposible, le dije. Y le
miré con ansiedad esperando alguna reacción
en su rostro. No la hubo. Simplemente se
levantó con lentitud mientras me alargaba
un pequeño fajo de papeles. Tu manual de
supervivencia, murmuró a destiempo, tras
darme la espalda y desaparecer dejándome a
solas con mi destino inmediato: unos
pasajes de avión y una breve lista de
instrucciones. También había unas pocas
instantáneas de exuberantes rubias en
bikini y el nombre de las playas
mallorquinas, donde habían sido
fotografiadas. Así de sutil era mi
siquiatra porque así funcionan las cosas en
nuestro grupo. Las tomas o las dejas. Y las
tomas, qué remedio. A veces no es malo que
otros decidan por nosotros. A veces,
incluso, alivia.
Es verdad que me
gustan las mujeres de pechos rotundos y que
les tengo tanto pavor a las tetas
anoréxicas como a las que tienen vocación
de ombligo. Todo tiene su justa medida.
¿Recuerdan la famosa foto de Tom Kelley, en
el calendario Golden Dreams, donde Marilyn
se despereza, inmensamente blanca sobre una
tela roja? Pues por ahí van mis gustos.
Nada del otro mundo, o quizá sí, aunque,
por fortuna, hay mundos suficientes para
todos. Es un consuelo.
El problema -y
bien que lo sabe mi psiquiatra- es que la
proximidad de mujeres como Marilyn altera
convulsivamente mi ritmo cardíaco y lo que
es peor, me produce una severa sordera que,
si no fuera por un sofisticado audífono que
siempre llevo conmigo, arruinaría por
completo mi vida sexual. No intenten
entenderme. Yo no intento entenderles a
ustedes.
Exactamente eso, la
arritmia y la sordera, empezaron a
atenazarme cuando la vi, tumbada en una
hamaca deshilachada de la Playa de Palma.
Llevaba un ajustado bañador color ámbar y
era rubia. Muy rubia. A medida que iba
llegando a su altura me empezaron los
temblores. Amenaza tormenta, pensé. Pero lo
que no podía imaginar es que, de manera
inexplicable, iba a tropezarme con algún
montículo de arena y caer de bruces
exactamente sobre ella. Menudo lugar. Como
es lógico, empezó a chillar y a patalear.
Intenté calmarla pero fue entonces cuando
vi cómo mi audífono desaparecía entre sus
pechos. Creí enloquecer mientras ella
seguía chillando y yo no oía ni entendía
nada. Murmuré alguna disculpa y grité ¡mi
audífono, tengo que encontrar mi audífono!
Es obvio que debía de parecer un pulpo
entusiasmado persiguiendo, sin fortuna, un
audífono invisible entre sus curvas de
vértigo.
Acabamos en una atestada
comisaría del Arenal. Muchos testigos se
nos habían sumado espontáneamente y no
paraban de consolar a la chica y de
adornar, con todo lujo de detalles, mi
conducta perversa. Por mi parte, aunque
seguía sordo como una tapia, conseguí a
duras penas explicar a unos y otros la
peregrina historia del audífono. Nadie
parecía hacerme demasiado caso. Pero una
traductora alemana le iba traduciendo,
ignoro si al alemán o al sueco, mis torpes
alegaciones a Elizabeth, que así se llamaba
la chica. Estalló entonces en unas
inagotables carcajadas. Y durante algunos
minutos su risa inundó la comisaría. Todos
callaron asombrados y en ese preciso
instante yo recuperé la audición. Una risa
milagrosa, pensé.
Nos miramos durante
un instante que me pareció eterno. Me sumé
a su risa y ambos acabamos con lágrimas en
los ojos. Creo que alargué mi mano y ella
me dio la suya. Ya no estábamos en la
comisaría. Mi corazón latía normalmente.
Pero teníamos que encontrar el audífono y
ambos lo sabíamos. Las vacaciones son
cortas. No teníamos tiempo que perder.