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  Jueves, 11 de agosto de 2005 Actualizado a las 23:54
 

MALLORCA EN CORTO
El audífono


JUAN PLANAS

Sin duda podría explicarles, paso a paso, cómo acabó mi audífono en las manos de un adusto ginecólogo de Estocolmo. Y cómo Elizabeth tuvo a bien enviármelo todavía húmedo de sonrisas y jugos vaginales. Podría, pero dudo que ustedes me creyeran.

La hipocondría es un arte. Una manera de percibir la realidad, de pervertir el orden natural de los sentidos, de alterar su funcionamiento y de poner, en definitiva, el mundo patas arriba. No es que me gusten los mundos así traspapelados y sin duda enfermizos, donde nada es lo que parece y todo depende de la perspectiva caprichosa de una fiebre intermitente, pero ya me he acostumbrado a vivir en ellos, sabiendo que no son mejores ni peores que los mundos que llamamos normales.

El sol me produce urticaria. La arena de las playas, dolorosos juanetes. Y se me hincha peligrosamente la ceja derecha cada vez que me sumerjo en el agua del mar. Padezco otras muchas anomalías que ahora no viene al caso enumerar. Ya les llegará el momento. Por eso, cuando mi siquiatra de «Hipocondríacos sin Fronteras» -una ONG sin ningún tipo de ánimo, ni siquiera de lucro- me ordenó pasar unos cuantos días de agosto en Mallorca, pensé que me estaba tomando el pelo.

Eso es imposible, le dije. Y le miré con ansiedad esperando alguna reacción en su rostro. No la hubo. Simplemente se levantó con lentitud mientras me alargaba un pequeño fajo de papeles. Tu manual de supervivencia, murmuró a destiempo, tras darme la espalda y desaparecer dejándome a solas con mi destino inmediato: unos pasajes de avión y una breve lista de instrucciones. También había unas pocas instantáneas de exuberantes rubias en bikini y el nombre de las playas mallorquinas, donde habían sido fotografiadas. Así de sutil era mi siquiatra porque así funcionan las cosas en nuestro grupo. Las tomas o las dejas. Y las tomas, qué remedio. A veces no es malo que otros decidan por nosotros. A veces, incluso, alivia.

Es verdad que me gustan las mujeres de pechos rotundos y que les tengo tanto pavor a las tetas anoréxicas como a las que tienen vocación de ombligo. Todo tiene su justa medida. ¿Recuerdan la famosa foto de Tom Kelley, en el calendario Golden Dreams, donde Marilyn se despereza, inmensamente blanca sobre una tela roja? Pues por ahí van mis gustos. Nada del otro mundo, o quizá sí, aunque, por fortuna, hay mundos suficientes para todos. Es un consuelo.

El problema -y bien que lo sabe mi psiquiatra- es que la proximidad de mujeres como Marilyn altera convulsivamente mi ritmo cardíaco y lo que es peor, me produce una severa sordera que, si no fuera por un sofisticado audífono que siempre llevo conmigo, arruinaría por completo mi vida sexual. No intenten entenderme. Yo no intento entenderles a ustedes.

Exactamente eso, la arritmia y la sordera, empezaron a atenazarme cuando la vi, tumbada en una hamaca deshilachada de la Playa de Palma. Llevaba un ajustado bañador color ámbar y era rubia. Muy rubia. A medida que iba llegando a su altura me empezaron los temblores. Amenaza tormenta, pensé. Pero lo que no podía imaginar es que, de manera inexplicable, iba a tropezarme con algún montículo de arena y caer de bruces exactamente sobre ella. Menudo lugar. Como es lógico, empezó a chillar y a patalear. Intenté calmarla pero fue entonces cuando vi cómo mi audífono desaparecía entre sus pechos. Creí enloquecer mientras ella seguía chillando y yo no oía ni entendía nada. Murmuré alguna disculpa y grité ¡mi audífono, tengo que encontrar mi audífono! Es obvio que debía de parecer un pulpo entusiasmado persiguiendo, sin fortuna, un audífono invisible entre sus curvas de vértigo.

Acabamos en una atestada comisaría del Arenal. Muchos testigos se nos habían sumado espontáneamente y no paraban de consolar a la chica y de adornar, con todo lujo de detalles, mi conducta perversa. Por mi parte, aunque seguía sordo como una tapia, conseguí a duras penas explicar a unos y otros la peregrina historia del audífono. Nadie parecía hacerme demasiado caso. Pero una traductora alemana le iba traduciendo, ignoro si al alemán o al sueco, mis torpes alegaciones a Elizabeth, que así se llamaba la chica. Estalló entonces en unas inagotables carcajadas. Y durante algunos minutos su risa inundó la comisaría. Todos callaron asombrados y en ese preciso instante yo recuperé la audición. Una risa milagrosa, pensé.

Nos miramos durante un instante que me pareció eterno. Me sumé a su risa y ambos acabamos con lágrimas en los ojos. Creo que alargué mi mano y ella me dio la suya. Ya no estábamos en la comisaría. Mi corazón latía normalmente. Pero teníamos que encontrar el audífono y ambos lo sabíamos. Las vacaciones son cortas. No teníamos tiempo que perder.

 
   
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