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  Sábado, 16 de julio de 2005 Actualizado a las 00:02
 

LA PREGUNTA DEL MILLON
¿Le parece bien que el Govern construya "minipisos" de 45 metros cuadrados?


SOLUCIONES "TRUJILLO"

Gaspar Sabater

SÍ. A la ministra Maria Antonia Trujillo, la Apretrujillo según quienes se la toman a chirigota, la han masacrado por proponer construir minipisos de treinta metros pensando acabar con el problema de la vivienda. Y lo que han dicho de ella no es de todo justo. A la Trujillo la pueden poner a caer de un burro, y con razón, por inventarse aquello de las «soluciones habitacionales» que nadie, ni ella misma, sabe en qué consisten o por habilitarse un despacho de Maharajá de Japurtala cuando en idéntico espacio malviven hacinadas varias familias, dejando la supuesta solidaridad socialista a los pies de los caballos.

Y, en definitiva, por no saber ahora, ni tampoco poder, al haber transferido el Estado las competencias urbanísticas a las comunidades autónomas, como bajar el precio del suelo para abaratar la vivienda, pero no por proponer una acción, que aunque parcial, podría solucionar el problema de un segmento de la sociedad. Aunque como el problema de la vivienda está alcanzando proporciones cósmicas, proponer soluciones parciales tampoco es suficiente.

Nuestra homóloga de la Trujillo, Mabel Cabrer, acaba de proponer ahora una solución semejante, aunque aumentando la superficie de treinta a cuarenta y cinco metros, y si se ha considerado razonable, aunque dentro de un orden, lo de los minipisos no vamos tampoco ahora a descalificar a la Cabrer por esta propuesta si bien, aplicando el mismo criterio, hemos de considerar que se trata solo de un apaño y que el grueso del problema, es decir, la práctica imposibilidad de acceder a una vivienda con espacio suficiente debido a los precios astronómicas de han alcanzado, permanecerá prácticamente intacto.

Lo de los minipisos, y más si se trata de viviendas que saldrán al mercado en régimen de alquiler, pueden solucionar el problema de los jóvenes que, a cierta edad, desean independizarse o de aquellas personas que, por vivir solas, no precisen de mayores espacios. Pero en todo caso se tratará de soluciones transitorias que, llegado el caso, abocarán de nuevo al gran problema que es el de encontrar una vivienda digna y a un precio razonable. Y ahora, tal como están las cosas, eso no existe. Puestos a estrujarse el cerebelo para ver como se debe resolver definitivamente esta cuestión, si es que queda alguna esperanza de que tiene arreglo, sin duda habrá que esforzarse un poco más.

EL MINIADULTO

Joan Pericás

NO. Cabría pensar que el proceso iniciado en el siglo XIX según el que los jóvenes dejaron de ser un mero estado previo a la madurez y pasaron a ser tratados como un colectivo diferente al de adultos, que se protege y cuya socialización se controla y vigila muy de cerca, ha llegado a principios del siglo XIX a sus más altas cotas de realización. Dicho de otra manera, si comparásemos dos jóvenes, uno del siglo XVIII y uno del XXI, casi nos resultaría difícil concluir que pertenecen a la misma especie.

El último invento de esta sociedad adulta superprotectora -el minipiso subvencionado por el Estado- podría considerarse así como un elemento sofisticado en la muy complicada ceremonia de iniciación a la madurez que hemos creado para nuestros jóvenes. Sin embargo no está tan claro. En esta parte del mundo, insistimos a los jóvenes para que se mantengan en su situación de improductivos hasta que no concluyan una formación superior que les permita acceder a un trabajo bien remunerado; pero por otro les hemos acostumbrado desde niños a poner a su alcance placeres antes reservados al consumidor que previamente produce. En mitad de esos mensajes cruzados, el minipiso, ¿qué función tiene? ¿Catalizar el abandono del hogar familiar y favorecer la tenencia de vivienda con el primer sueldo? Si es así, se trata de una táctica errónea que echará al traste el primer objetivo. A no ser que también lo pague papá.

De todo lo anterior yo deduzco que el minipiso no va dirigido al joven, como colectivo único, sino en todo caso sólo a ciertos jóvenes: los que abandonarán su formación para acceder al mundo adulto lo más pronto posible. Los otros, los que afortunadamente llenan las aulas universitarias esperarán a gozar de una estabilidad laboral que les permita hipotecarse para comprarse uno de 200 metros. Más aún, el resto de los minipisos de protección oficial acabarán en manos de otro colectivo que, quizás sea joven y además tenga estudios superiores, pero en el que no son ni la edad ni su formación las características definitorias, sino haber dejado su hogar y su país por necesidad.

En resumen, el minipiso, sea el de Trujillo o el de Cabrer, nos recuerda demasiado a las políticas de vivienda de los sesenta, cuando en pleno franquismo, se tuvo que alojar en los límites de las ciudades a los inmigrantes venidos de zonas eminentemente agrarias.

 
   
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