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  Sábado, 16 de julio de 2005 Actualizado a las 01:11
 

DOS AÑOS DE GOVERN MATAS / EL BALANCE DEL CONSEJO EDITORIAL (IV)
Se abusa de lo nuestro y nos falta generosidad con lo total

POLITICA LINGÜISTICA. El Ejecutivo autonómico presidido por Jaume Matas pasó hace escasas fechas por el ecuador de su mandato. Muchos balances se han hecho ya sobre la línea de actuación que ha dirigido estos dos primeros años de legislatura, pero faltaba la opinión de las personas que forman el Consejo Editorial de EL MUNDO /El Día de Baleares. Hoy se publica la cuarta entrega de esta serie, en la que los hombres y mujeres del órgano asesor del diario analizarán en profundidad cómo lo ha hecho el Govern Matas en los distintos ámbitos de su competencia: política lingüística –tema de este artículo de opinión–, economía, agricultura, turismo, sanidad, infraestructuras, urbanismo, política social, medio ambiente, educación y cultura.

PABLO CASTELLANO

Si no se hizo el hombre para el sábado, menos se hizo para lengua. Bien al contrario, este instrumento de comunicación está a su servicio para algo tan esencial como es el desarrollo de su personalidad y la facilitación de su existencia en sociedad. En esta materia la polémica política está plagada de contradicciones y es provocadora de un profundo malestar. A no ser que la discusión, racionalmente, se conduzca y reduzca a tratar de saber que hemos de hacer para que los ciudadanos hablen cada día más y mejor las lenguas con que han de relacionarse, entenderse, ayudarse y construir eso tan difícil y tan sencillo de conformar que es la comunidad cívica.

Por avatares históricos, de los que es absurdo sentirse propietario o guardián, y más aún erigirse en excluidor o ser excluido, hay comunidades afortunadas que en su acerbo cultural tienen como patrimonio el multilingüismo, tan interrelacionado a través de su uso social, libre y cotidiano, que es una seña de identidad colectiva por encima de la adscripción individual a cualquiera de sus lenguas llamadas maternas o ancestralmente familiares

El multilingüismo es prueba evidente de sociedades abiertas y acogedoras, de su receptividad y tolerancia y hasta del esfuerzo en algo tan solidario y fraternal como el sentir la necesidad de saber del otro, lo del otro, y que el otro no nos sea ajeno. Que nos sea propio. Si el lenguaje no se entiende como ese hallazgo humano guiado por el instinto de comunicación y sociabilidad y se convierte lamentablemente en elemento diferenciador o discriminante no se puede hablar de la vocacion universal de la apetencia de saber, del ansia ilimitada de conocimiento que forma parte sustancial de la pulsión de progreso y avance de la humanidad. Como la materia, ningún lenguaje se pierde, ni los que hoy conocemos como lenguas muertas, que los filólogos nos descubren más que vivas en nuestras actuales formas de expresión, acumuladoras y avaras de sus giros y expresiones, que para su mejor concepción e ilustración nos obligan siempre al estudio de sus lejanas raices.

Por eso algunos no podemos entender que de las lenguas se hagan uso agresivo o arma arrojadiza, si nacieron para acercar, no para cercar, para llamar y atraer no para exicluir o rechazar. La torre de Babel no se paralizó en su construcción porque los que la erigían hablaran muchas y variadas lenguas, sino porque algunos quisieron que se hablara una sola. Tener una o varias lenguas como propias, adquiridas antes o después por nuestros antecesores, no significa sentirnos dueños de su uso y defensores de su expansión, y menos aún frente a otras, sino siervos de su conservación, de su mejor conocimiento, de su traslación y aprendizaje por la simple razón de que es parte indisoluble de nuestra cultura, por lo que hemos de aceptar nuestra responsabilidad en la dejación de su uso y en la no contribucion a su enriquecimiento. Las lenguas no tienen derechos, éstos los tienen los seres que las emplean para su libertad y su relación.

El Govern ha adoptado en esta materia un criterio a medias entre lo salomónico y lo contable. Parece que buscara un equilibrio entre la enseñanza al cincuenta por ciento o la utilización tasada en medios de comunicación, del castellano y el catalán mallorquín ,como si se tratara de dar satisfacción a ¿dos comunidades diferenciadas?, de buscar equiparación entre derechos pretendidamente contrapuestos. ¿Comunidades diferenciadas por la lengua que usan normalmente ?.¿Diferentes derechos según sea lo que hablen?. Esa no es una buena política de integración ni de protección de la lengua mallorquina, de todos y para todos, ni de la castellana... Para añadir más ingredientes bien poco impulsores de la necesaria excitación y acuciosidad en el desarrollo multilingüístico hay un obsesivo empeño en discutir sobre la puracatalanidad o el mestizaje de la lengua usada en estas islas.

Las lenguas antes que los burócratas las calificaran de oficiales y cooficiales, antes de llegar a ser de allí o de aquí, antes de tener nombre tuvieron hombres, fueron siempre callejeras y viajeras, amorosas y reñidoras, vendedoras y compradoras, comprensibles y suscitadoras de curiosidad, vivas y cambiantes en su contacto con otras, y como una red, con sus puntadas y nudos a veces defectuosos nos enredan en la convivencia, nos atrapan y nos hacen felices cómplices de sus charlatanes y escribidores. Por eso, sin cuotas ni porcentajes que no caben en el saber humano, en nuestro cerebro, ni parcelado ni encasillado, hay que darles un espacio vital de desarrollo que comienza en la cotidianeidad de cada uno de los ciudadanos y siempre de acuerdo con su capacidad, con su necesidad, con la indeclinable libertad de cada uno de administrarse su ciencia y conciencia.

Hay que excitar e incentivar con el premio que da el placer de leer, de entender, de saber, de aprehender con otros, y de otros, los términos y dichos que con más riqueza y exactitud nos describan la realidad que nos conmueve y envuelve. Nada hay más inculto que dejar algo sin cultivar porque pensemos que eso no es nuestro. Se abusa, y no sólo aquí, mucho de lo nuestro, y nos falta generosidad con lo total. Lo nuestro, mal entendido, puede llegar a ser totalitario, y lo de todos, lo del común puede hacernos más «todos», que el reducirnos a la pequeñez de ser sólo nosotros. Nada hay más universal que lo local cuando se le da sentido de proyección en el tiempo y en el espacio.

El derecho a aprender en la lengua familiar no se puede contraponer con el derecho de otro a hacerlo en la que le resulta más próxima, pues no puede haber un derecho personal para cuyo ejercicio hayamos de depender de la voluntad ajena. El Estado tiene la obligación de facilitarlo, y en las sociedades multilingüísticas debe poner a disposición del alumno el profesorado preciso sin cuantificaciones ni proporcionalidades cuando la sociedad está definida por esa riqueza polilingüística.

A no ser que más que la defensa de la lengua que queremos conservar y defender lo que pretendamos es que desaparezca de su uso otra, la que por no hablar nosotros no consideramos propia, y con ello disminuya la libertad de los que se ven privados de su mejor conocimiento. El que no quiera saber, se cierre o encierre, allá él, en su ceguera. Si alguien un día no tan lejano puso de manifiesto su barbarie negando la libertad de expresarse, de pensa,de crear en una lengua, ello no será achacable jamás a otra lengua, y a los que normalmente la usan, esta manifestación de violencia, y la respuesta hoy, fuera de lugar y de tiempo, no debe ser idéntica a aquélla. No hay guerras de lenguas ni de banderas, ni de religión ni de símbolos, sólo de gentes que tratan de privar a otros,con ese u otro pretexto, de alguna de sus libertades.

Pablo Castellano es abogado y político y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO / El Día de Baleares.

 
   
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