PABLO CASTELLANO
Si no se hizo el
hombre para el sábado, menos se hizo para
lengua. Bien al contrario, este instrumento
de comunicación está a su servicio para
algo tan esencial como es el desarrollo de
su personalidad y la facilitación de su
existencia en sociedad. En esta materia la
polémica política está plagada de
contradicciones y es provocadora de un
profundo malestar. A no ser que la
discusión, racionalmente, se conduzca y
reduzca a tratar de saber que hemos de
hacer para que los ciudadanos hablen cada
día más y mejor las lenguas con que han de
relacionarse, entenderse, ayudarse y
construir eso tan difícil y tan sencillo de
conformar que es la comunidad
cívica.Por avatares históricos, de
los que es absurdo sentirse propietario o
guardián, y más aún erigirse en excluidor o
ser excluido, hay comunidades afortunadas
que en su acerbo cultural tienen como
patrimonio el multilingüismo, tan
interrelacionado a través de su uso social,
libre y cotidiano, que es una seña de
identidad colectiva por encima de la
adscripción individual a cualquiera de sus
lenguas llamadas maternas o ancestralmente
familiares
El multilingüismo es
prueba evidente de sociedades abiertas y
acogedoras, de su receptividad y tolerancia
y hasta del esfuerzo en algo tan solidario
y fraternal como el sentir la necesidad de
saber del otro, lo del otro, y que el otro
no nos sea ajeno. Que nos sea propio. Si el
lenguaje no se entiende como ese hallazgo
humano guiado por el instinto de
comunicación y sociabilidad y se convierte
lamentablemente en elemento diferenciador o
discriminante no se puede hablar de la
vocacion universal de la apetencia de
saber, del ansia ilimitada de conocimiento
que forma parte sustancial de la pulsión de
progreso y avance de la humanidad. Como la
materia, ningún lenguaje se pierde, ni los
que hoy conocemos como lenguas muertas, que
los filólogos nos descubren más que vivas
en nuestras actuales formas de expresión,
acumuladoras y avaras de sus giros y
expresiones, que para su mejor concepción e
ilustración nos obligan siempre al estudio
de sus lejanas raices.
Por eso
algunos no podemos entender que de las
lenguas se hagan uso agresivo o arma
arrojadiza, si nacieron para acercar, no
para cercar, para llamar y atraer no para
exicluir o rechazar. La torre de Babel no
se paralizó en su construcción porque los
que la erigían hablaran muchas y variadas
lenguas, sino porque algunos quisieron que
se hablara una sola. Tener una o varias
lenguas como propias, adquiridas antes o
después por nuestros antecesores, no
significa sentirnos dueños de su uso y
defensores de su expansión, y menos aún
frente a otras, sino siervos de su
conservación, de su mejor conocimiento, de
su traslación y aprendizaje por la simple
razón de que es parte indisoluble de
nuestra cultura, por lo que hemos de
aceptar nuestra responsabilidad en la
dejación de su uso y en la no contribucion
a su enriquecimiento. Las lenguas no tienen
derechos, éstos los tienen los seres que
las emplean para su libertad y su relación.
El Govern ha adoptado en esta
materia un criterio a medias entre lo
salomónico y lo contable. Parece que
buscara un equilibrio entre la enseñanza al
cincuenta por ciento o la utilización
tasada en medios de comunicación, del
castellano y el catalán mallorquín ,como si
se tratara de dar satisfacción a ¿dos
comunidades diferenciadas?, de buscar
equiparación entre derechos pretendidamente
contrapuestos. ¿Comunidades diferenciadas
por la lengua que usan normalmente
?.¿Diferentes derechos según sea lo que
hablen?. Esa no es una buena política de
integración ni de protección de la lengua
mallorquina, de todos y para todos, ni de
la castellana... Para añadir más
ingredientes bien poco impulsores de la
necesaria excitación y acuciosidad en el
desarrollo multilingüístico hay un obsesivo
empeño en discutir sobre la puracatalanidad
o el mestizaje de la lengua usada en estas
islas.
Las lenguas antes que los
burócratas las calificaran de oficiales y
cooficiales, antes de llegar a ser de allí
o de aquí, antes de tener nombre tuvieron
hombres, fueron siempre callejeras y
viajeras, amorosas y reñidoras, vendedoras
y compradoras, comprensibles y suscitadoras
de curiosidad, vivas y cambiantes en su
contacto con otras, y como una red, con sus
puntadas y nudos a veces defectuosos nos
enredan en la convivencia, nos atrapan y
nos hacen felices cómplices de sus
charlatanes y escribidores. Por eso, sin
cuotas ni porcentajes que no caben en el
saber humano, en nuestro cerebro, ni
parcelado ni encasillado, hay que darles un
espacio vital de desarrollo que comienza en
la cotidianeidad de cada uno de los
ciudadanos y siempre de acuerdo con su
capacidad, con su necesidad, con la
indeclinable libertad de cada uno de
administrarse su ciencia y
conciencia.
Hay que excitar e
incentivar con el premio que da el placer
de leer, de entender, de saber, de
aprehender con otros, y de otros, los
términos y dichos que con más riqueza y
exactitud nos describan la realidad que nos
conmueve y envuelve. Nada hay más inculto
que dejar algo sin cultivar porque pensemos
que eso no es nuestro. Se abusa, y no sólo
aquí, mucho de lo nuestro, y nos falta
generosidad con lo total. Lo nuestro, mal
entendido, puede llegar a ser totalitario,
y lo de todos, lo del común puede hacernos
más «todos», que el reducirnos a la
pequeñez de ser sólo nosotros. Nada hay más
universal que lo local cuando se le da
sentido de proyección en el tiempo y en el
espacio.
El derecho a aprender en la
lengua familiar no se puede contraponer con
el derecho de otro a hacerlo en la que le
resulta más próxima, pues no puede haber un
derecho personal para cuyo ejercicio
hayamos de depender de la voluntad ajena.
El Estado tiene la obligación de
facilitarlo, y en las sociedades
multilingüísticas debe poner a disposición
del alumno el profesorado preciso sin
cuantificaciones ni proporcionalidades
cuando la sociedad está definida por esa
riqueza polilingüística.
A no ser que
más que la defensa de la lengua que
queremos conservar y defender lo que
pretendamos es que desaparezca de su uso
otra, la que por no hablar nosotros no
consideramos propia, y con ello disminuya
la libertad de los que se ven privados de
su mejor conocimiento. El que no quiera
saber, se cierre o encierre, allá él, en su
ceguera. Si alguien un día no tan lejano
puso de manifiesto su barbarie negando la
libertad de expresarse, de pensa,de crear
en una lengua, ello no será achacable jamás
a otra lengua, y a los que normalmente la
usan, esta manifestación de violencia, y la
respuesta hoy, fuera de lugar y de tiempo,
no debe ser idéntica a aquélla. No hay
guerras de lenguas ni de banderas, ni de
religión ni de símbolos, sólo de gentes que
tratan de privar a otros,con ese u otro
pretexto, de alguna de sus
libertades.
Pablo Castellano
es abogado y político y miembro del
Consejo Editorial de EL MUNDO / El Día de
Baleares.