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  Sábado, 16 de julio de 2005 Actualizado a las 01:41
 

Una forma de hacer sin precedentes

FERNANDO MERINO


Eugene Prokop conoció Mallorca convaleciente de una delicada operación. Le habían recomendado venir a la isla para guardar reposo y así lo hizo. Era al inicio de la década de los años 60. El joven violinista checo nacionalizado belga conectó de inmediato con Juventudes Musicales, accediendo a ofrecer diversos recitales en escenarios del archipiélago. A partir de entonces fue creciendo y consolidándose un intenso y sincero afecto por esta tierra.

Amigo personal y discípulo del también violinista Philip Newman, éste último le invitó a participar en la primera edición del Festival de Pollença, que con los años acabó convirtiéndose en otra de sus grandes pasiones, aunque respetuoso con los orígenes del Festival dejó siempre claro que como su director artístico era continuador de la obra personal de Philip Newman.

Sin duda es un hermoso cometido ser el continuador de legado tan singular, pero de inmediato es de justicia reconocer que en buena medida el Festival de Pollença también es obra suya. De tal modo así es, que su muerte cierra una época probablemente irrepetible.

Philip Newman se nos fue prematuramente, a tiempo de conocer en vida que había sido reconocido Hijo Adoptivo de la villa. El verano de 2001 el Rey Juan Carlos I distinguía a Eugene Prokop con la Encomienda de la Orden de Isabel la Católica, y Pollença le concedía la Medalla de Oro, señales inequívocas del valor que se reconocía a un trabajo incansable durante más de treinta años al frente de un ciclo que ha trascendido fronteras, y desde el primer instante convertido en el referente cultural del verano mallorquín.

Después de cuarenta y cuatro ediciones el Festival de Pollença se ha quedado ciertamente huérfano. Desaparecido Eugene Prokop se abre un inmenso vacío que es preciso llenar con acierto, para que no se pierda la estela de una manera de hacer sin precedentes.

Cuando recibí el encargo de esta casa de escribir el libro sobre la historia del Festival de Pollença en su cuarenta aniversario tuve el privilegio no solamente de conocer a Prokop en la intimidad, sino de mantener viva nuestra amistad todo este tiempo, y además con la sensación de que su afecto era más de padre que de amigo. Un hombre de fuerte carácter Eugene Prokop, cierto, pero las horas que pasamos juntos, acompañados por Antoinette, su viuda, me regalaron momentos muy personales en los que podía adivinarse la poesía que guiaba su pensamiento. He vivido paso a paso, año tras año desde el 2001, las ideas que iba hilando hasta cuadrar el programa del Festival. Sus manos dibujaban en el aire, mientras conversábamos, el tapiz de su ciclo ideal, un ciclo siempre sujeto a una vocación camerística porque Prokop entendía que la música de cámara era el equivalente de la poesía en literatura.

Estuve con Eugene Prokop por última vez a finales de abril. Era un hombre feliz porque le habían dado carta blanca para organizar a su aire la cuadragésimo quinta edición del Festival de Pollença. Después pensaba retirarse. Quedamos en vernos a principios del mes de junio en Bruselas. No ha podido ser. Me quedan las horas compartidas y haber podido disfrutar de la nobleza de su carácter.

 
   
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