Eugene Prokop conoció Mallorca
convaleciente de una delicada operación. Le
habían recomendado venir a la isla para
guardar reposo y así lo hizo. Era al inicio
de la década de los años 60. El joven
violinista checo nacionalizado belga
conectó de inmediato con Juventudes
Musicales, accediendo a ofrecer diversos
recitales en escenarios del archipiélago. A
partir de entonces fue creciendo y
consolidándose un intenso y sincero afecto
por esta tierra.
Amigo personal y
discípulo del también violinista Philip
Newman, éste último le invitó a participar
en la primera edición del Festival de
Pollença, que con los años acabó
convirtiéndose en otra de sus grandes
pasiones, aunque respetuoso con los
orígenes del Festival dejó siempre claro
que como su director artístico era
continuador de la obra personal de Philip
Newman.
Sin duda es un hermoso
cometido ser el continuador de legado tan
singular, pero de inmediato es de justicia
reconocer que en buena medida el Festival
de Pollença también es obra suya. De tal
modo así es, que su muerte cierra una época
probablemente irrepetible.
Philip
Newman se nos fue prematuramente, a tiempo
de conocer en vida que había sido
reconocido Hijo Adoptivo de la villa. El
verano de 2001 el Rey Juan Carlos I
distinguía a Eugene Prokop con la
Encomienda de la Orden de Isabel la
Católica, y Pollença le concedía la Medalla
de Oro, señales inequívocas del valor que
se reconocía a un trabajo incansable
durante más de treinta años al frente de un
ciclo que ha trascendido fronteras, y desde
el primer instante convertido en el
referente cultural del verano
mallorquín.
Después de cuarenta y
cuatro ediciones el Festival de Pollença se
ha quedado ciertamente huérfano.
Desaparecido Eugene Prokop se abre un
inmenso vacío que es preciso llenar con
acierto, para que no se pierda la estela de
una manera de hacer sin precedentes.
Cuando recibí el encargo de esta
casa de escribir el libro sobre la historia
del Festival de Pollença en su cuarenta
aniversario tuve el privilegio no solamente
de conocer a Prokop en la intimidad, sino
de mantener viva nuestra amistad todo este
tiempo, y además con la sensación de que su
afecto era más de padre que de amigo. Un
hombre de fuerte carácter Eugene Prokop,
cierto, pero las horas que pasamos juntos,
acompañados por Antoinette, su viuda, me
regalaron momentos muy personales en los
que podía adivinarse la poesía que guiaba
su pensamiento. He vivido paso a paso, año
tras año desde el 2001, las ideas que iba
hilando hasta cuadrar el programa del
Festival. Sus manos dibujaban en el aire,
mientras conversábamos, el tapiz de su
ciclo ideal, un ciclo siempre sujeto a una
vocación camerística porque Prokop entendía
que la música de cámara era el equivalente
de la poesía en literatura.
Estuve
con Eugene Prokop por última vez a finales
de abril. Era un hombre feliz porque le
habían dado carta blanca para organizar a
su aire la cuadragésimo quinta edición del
Festival de Pollença. Después pensaba
retirarse. Quedamos en vernos a principios
del mes de junio en Bruselas. No ha podido
ser. Me quedan las horas compartidas y
haber podido disfrutar de la nobleza de su
carácter.