He pasado el penúltimo fin de semana en
Berlín. Una ciudad moderna, de gentes
amables de las que solo nos separa la
dificultad idiomática y con las que uno se
entiende en ese inglés de batalla europeo
con el que nos entendemos con todos menos
con los ingleses.
No es la primera
ocasión que visito esa ciudad y cada vez
resulta más difícil reconocer la separación
del Berlin Este y el Oeste, dado el
desarrollo del primero en estos últimos
años. Magníficos edificios, obra de los
mejores arquitectos, audaces propuestas de
diseño, se compaginan con zonas verdes y
monumentales restauradas después de la
hecatombe y de la reunificación
alemana.
Sin embargo todavía queda
algún vestigio de la destrucción de la
ciudad, como en la
Kaiser-Wilhelm-Gedächniskirche o en la
fachada de ese palacete incrustado en el
complejo de Sony Center, y más rastros del
régimen comunista en el Este, con casas de
linea sovietizante, tristes, grises y
requemadas.
Cualquier persona que
como yo haya vivido en los últimos sesenta
años sabe, al menos como espectador, lo que
allí ha pasado. Primero el nazismo y la
hecatombe, luego el comunismo y la miseria
física y moral. Hasta 1991 no se logra la
reunificación después de la caída de ese
muro de vergüenza que separó a familias y
ciudadanos, muchos de los cuales murieron
por el solo hecho de intentar pasar al
Oeste y a quienes se recuerda con una
siembra de cruces en un solar junto al
Checkpoint Charlie, otra reliquia del
pasado.
El nazismo
-nacionalismo exacerbado- se inicia a
primeros de los años 30 del pasado siglo y
se consuma con la llegada al poder de
Hitler en el año 1933. Una locura colectiva
se adueñó del alma de muchos alemanes y esa
exaltación nacionalista les llevó a la
guerra y al holocausto primero y al
hundimiento después.
Uno se pregunta
cómo puede un pueblo inteligente
emborracharse con la locura nacionalista
hasta la ceguera que iba a llevar al mundo
a la Segunda Guerra mundial, con más de
cincuenta y cinco millones de muertos, a la
destrucción de Alemania.
Transcribiré
respuestas del historiador alemán
Joachim Fest.: «....la fuerza
imparable con que se apropiaba de las
posiciones la clase política tenía un
desconcertante poder de persuasión. Pronto
la República Democrática de Weimar no fue
para muchos sino un simple episodio y
ningún recuerdo, ninguna brizna de piedad
hizo difícil la despedida.» «...los
alemanes tras unos años de adaptación a la
democracia, al Estado de Derecho y a los
valores occidentales volvieron a su propio
ser.......» «A ninguna mirada experta podía
ocultársele, que esa nación estaba
íntimamente convencida de que tenía una
vocación especifica en el mundo y si fuese
necesario contra el mundo». El romanticismo
alemán no fue otra cosa que una tendencia,
encubierta de imágenes engañosas, a la
crueldad y al odio al mundo, un extraño
anhelo de retornar a los «bosques» que a
ese extraño pueblo siempre le fueron más
familiares que la civilización, la
constitución y los derechos
humanos».
¿No le
suenan cercanas algunas de estas
reflexiones? ¿Cuánto hay de nazismo en
algunos de nuestros nacionalistas? ¿ cuanto
de irresponsable olvido de la constitución,
de la democracia y del estado de derecho en
bastantes de nuestros políticos?.
Hoy
esas etapas quieren ser olvidadas en
Alemania. Nadie en Berlín le habla del
nazismo. Los autocares del turismo pasan
por la Wilhelmstrase, donde estaba la
antigua cancilleria nazi y el bunker de
Hitler, y ninguna referencia escrita
o hablada le recuerda esta etapa de la
historia. No existe, la han borrado de sus
mentes.
Pero los hechos están ahí.
Primero la locura nacionalsocialista. Luego
la agonía de un pueblo y los inevitables
horrores de la derrota. Después el «premio»
para la mitad de Alemania de más de un
cuarto de siglo de dictadura comunista, que
también trata de olvidarse y que se
recuerda en la miseria y degradación de los
restos del muro derrumbado.
Pero de
hecho ni el nazismo ni el comunismo parecen
haber existido en Berlín. «No
coment». Eso es pasado y una ciudad
moderna se enfrenta al futuro.
En
Europa el nazismo sigue radical y
justamente demonizado. En cambio ¿Por qué
el comunismo con una historia tan cruel,
detestable y amarga en Alemania y en
Polonia, en Rusia y en Checoslovaquia, en
Hungria y en Rumania, pervive en altivos y
activos partidos comunistas? Misterios de
la Historia.
Sin embargo en alguna
mirada de la generación perdida se observa
aún la tristeza del recuerdo de los
horrores de esa historia.
Rafael
Gil Mendoza es notario.