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  Miércoles, 13 de julio de 2005 Actualizado a las 23:21
 

EL AGORA
Viaje al Berlín del holocausto

RAFAEL GIL-MENDOZA


He pasado el penúltimo fin de semana en Berlín. Una ciudad moderna, de gentes amables de las que solo nos separa la dificultad idiomática y con las que uno se entiende en ese inglés de batalla europeo con el que nos entendemos con todos menos con los ingleses.

No es la primera ocasión que visito esa ciudad y cada vez resulta más difícil reconocer la separación del Berlin Este y el Oeste, dado el desarrollo del primero en estos últimos años. Magníficos edificios, obra de los mejores arquitectos, audaces propuestas de diseño, se compaginan con zonas verdes y monumentales restauradas después de la hecatombe y de la reunificación alemana.

Sin embargo todavía queda algún vestigio de la destrucción de la ciudad, como en la Kaiser-Wilhelm-Gedächniskirche o en la fachada de ese palacete incrustado en el complejo de Sony Center, y más rastros del régimen comunista en el Este, con casas de linea sovietizante, tristes, grises y requemadas.

Cualquier persona que como yo haya vivido en los últimos sesenta años sabe, al menos como espectador, lo que allí ha pasado. Primero el nazismo y la hecatombe, luego el comunismo y la miseria física y moral. Hasta 1991 no se logra la reunificación después de la caída de ese muro de vergüenza que separó a familias y ciudadanos, muchos de los cuales murieron por el solo hecho de intentar pasar al Oeste y a quienes se recuerda con una siembra de cruces en un solar junto al Checkpoint Charlie, otra reliquia del pasado.

El nazismo -nacionalismo exacerbado- se inicia a primeros de los años 30 del pasado siglo y se consuma con la llegada al poder de Hitler en el año 1933. Una locura colectiva se adueñó del alma de muchos alemanes y esa exaltación nacionalista les llevó a la guerra y al holocausto primero y al hundimiento después.

Uno se pregunta cómo puede un pueblo inteligente emborracharse con la locura nacionalista hasta la ceguera que iba a llevar al mundo a la Segunda Guerra mundial, con más de cincuenta y cinco millones de muertos, a la destrucción de Alemania.

Transcribiré respuestas del historiador alemán Joachim Fest.: «....la fuerza imparable con que se apropiaba de las posiciones la clase política tenía un desconcertante poder de persuasión. Pronto la República Democrática de Weimar no fue para muchos sino un simple episodio y ningún recuerdo, ninguna brizna de piedad hizo difícil la despedida.» «...los alemanes tras unos años de adaptación a la democracia, al Estado de Derecho y a los valores occidentales volvieron a su propio ser.......» «A ninguna mirada experta podía ocultársele, que esa nación estaba íntimamente convencida de que tenía una vocación especifica en el mundo y si fuese necesario contra el mundo». El romanticismo alemán no fue otra cosa que una tendencia, encubierta de imágenes engañosas, a la crueldad y al odio al mundo, un extraño anhelo de retornar a los «bosques» que a ese extraño pueblo siempre le fueron más familiares que la civilización, la constitución y los derechos humanos».

¿No le suenan cercanas algunas de estas reflexiones? ¿Cuánto hay de nazismo en algunos de nuestros nacionalistas? ¿ cuanto de irresponsable olvido de la constitución, de la democracia y del estado de derecho en bastantes de nuestros políticos?.

Hoy esas etapas quieren ser olvidadas en Alemania. Nadie en Berlín le habla del nazismo. Los autocares del turismo pasan por la Wilhelmstrase, donde estaba la antigua cancilleria nazi y el bunker de Hitler, y ninguna referencia escrita o hablada le recuerda esta etapa de la historia. No existe, la han borrado de sus mentes.

Pero los hechos están ahí. Primero la locura nacionalsocialista. Luego la agonía de un pueblo y los inevitables horrores de la derrota. Después el «premio» para la mitad de Alemania de más de un cuarto de siglo de dictadura comunista, que también trata de olvidarse y que se recuerda en la miseria y degradación de los restos del muro derrumbado.

Pero de hecho ni el nazismo ni el comunismo parecen haber existido en Berlín. «No coment». Eso es pasado y una ciudad moderna se enfrenta al futuro.

En Europa el nazismo sigue radical y justamente demonizado. En cambio ¿Por qué el comunismo con una historia tan cruel, detestable y amarga en Alemania y en Polonia, en Rusia y en Checoslovaquia, en Hungria y en Rumania, pervive en altivos y activos partidos comunistas? Misterios de la Historia.

Sin embargo en alguna mirada de la generación perdida se observa aún la tristeza del recuerdo de los horrores de esa historia.

Rafael Gil Mendoza es notario.

 
   
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