Pedro Serra incurre en un feo
proceder al pretender utilizar una cena
ofrecida hace treinta años por los entonces
Príncipes de España para desacreditar,
mediante analogías muy desafortunadas, el
exitoso viaje oficial de los Príncipes de
Asturias. Como Serra no tiene ni idea de
las razones, justificación y preparación de
aquella ya histórica cena, conviene
que se le ilustre un poco para que deje de
decir tonterías y establecer paralelismos
inadmisibles entre lo de hace treinta años
y lo de ahora.
La cena de Marivent
fue gestada por el entonces secretario de
la Casa del Príncipe, Joaquín Puig de la
Bellacasa y yo mismo en las largas y
frecuentes conversaciones que manteníamos
en unos momentos de una tensión política
interesantísima. Puig de la Bellacasa es
uno de los diplomáticos más inteligentes
que he conocido y del que todavía no se ha
valorado como se merece su discreto, pero
eficacísimo trabajo al lado de Don Juan
Carlos en unos momentos decisivos de la
Historia de España.
Yo entonces era
un joven director de Diario de Mallorca
y el momento español era la enfermedad
de Franco y la delegación de poderes
en la persona del Príncipe de España,
después recuperados. Se trataba, con la
cena en cuestión, de «oficializar» una
apertura de la futura Monarquía a todos los
estamentos políticos y sociales y esto era
posible hacerlo en una Mallorca más o menos
lejana e impensable en un Madrid, por
ejemplo. La lista de invitados la
confeccionamos Jaime Enseñat Velasco
y yo mismo y Serra estuvo en aquella lista
porque le incluimos nosotros. En mala hora,
a la vista del uso torticero que está
haciendo de esta invitación. Recuerdo que
fue entonces cuando recibí la primera
lección del admirable oficio del Rey,
entonces Príncipe de España. Una hora y
media antes de la cena entregaba a José
Joaquín Puig de la Bellacasa la lista de
los invitados con un breve currículo y
otros aspectos destacados de cada persona.
El pánico que tenía cuando, apenas una hora
después, se le iba presentando a Don Juan
Carlos cada invitado, quedó desvanecido al
comprobar como no fallaba ni un ápice. Mi
miedo era que, por ejemplo, a Felipe
Sánchez Cuenca -decano entonces de los
arquitectos- le hablara del Diccionari
catalano-valenciano-balear y a Borja
Moll del urbanismo palmesano. No
ocurrió. Al revés, Don Juan Carlos habló de
lo que debía hablar con sus invitados, uno
de los cuales, por cierto, se «cargó» la
cena al levantarse cuando no debía para
irse lo cual, protocolariamente, obligó a
los Príncipes a levantar la sesión. Este
invitado fue Moll.
La cena levantó
ampollas, en el Gobierno y en Palma, con el
gobernador civil de entonces -Carlos de
Meer- que increpó duramente a
Nicolás Cotoner por el hecho de que
los Príncipes recibieran a «rojos» y demás
gentes «dudosas» a lo que el marqués de
Mondejar, con contundencia, le respondió
que los Príncipes invitaban a su casa a
quien les daba la gana.
Como puede
observarse, las circunstancias de tiempo y
lugar no permiten establecer paralelismo
alguno con la visita oficial del Príncipe
de Asturias treinta años después y
establecerlo sólo puede ser debido a
torpeza, a ignorancia, a mala fe o a las
tres cosas a la vez. Sin embargo, sí puede
buscarse algún paralelismo en una línea
distinta a la que sigue ahora Serra. Los
Príncipes de España atendieron a sus
invitados a todos por igual.
No había
estrellas ni invitados
privilegiados. El mismo Serra era parte del
montón y más bien no pintaba nada.
Exactamente lo mismo que lo que han hecho
los Príncipes de Asturias: tratar a sus
invitados por igual sin conceder estatus
especial a nadie. En realidad, quien ha
cambiado ha sido Serra que, ahora,
pretendía que los Príncipes de Asturias se
comportaran de forma genuflexa similar a la
que practican los políticos de aquí.
Debería comprender y admitir Serra que
pretender semejante estupidez es impensable
en quien es heredero de la Corona. Por
suerte para España, para la Corona y para
todos los ciudadanos de estas Islas. El
resto -el artículo de Serra- pura pataleta
resentida porque, al fin, alguien le ha
colocado en su sitio.