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  Martes, 17 de mayo de 2005 Actualizado a las 01:16
 

EL AGORA
Aquella cena de Marivent...

ANTONIO ALEMANY DEZCALLAR


Pedro Serra incurre en un feo proceder al pretender utilizar una cena ofrecida hace treinta años por los entonces Príncipes de España para desacreditar, mediante analogías muy desafortunadas, el exitoso viaje oficial de los Príncipes de Asturias. Como Serra no tiene ni idea de las razones, justificación y preparación de aquella ya histórica cena, conviene que se le ilustre un poco para que deje de decir tonterías y establecer paralelismos inadmisibles entre lo de hace treinta años y lo de ahora.

La cena de Marivent fue gestada por el entonces secretario de la Casa del Príncipe, Joaquín Puig de la Bellacasa y yo mismo en las largas y frecuentes conversaciones que manteníamos en unos momentos de una tensión política interesantísima. Puig de la Bellacasa es uno de los diplomáticos más inteligentes que he conocido y del que todavía no se ha valorado como se merece su discreto, pero eficacísimo trabajo al lado de Don Juan Carlos en unos momentos decisivos de la Historia de España.

Yo entonces era un joven director de Diario de Mallorca y el momento español era la enfermedad de Franco y la delegación de poderes en la persona del Príncipe de España, después recuperados. Se trataba, con la cena en cuestión, de «oficializar» una apertura de la futura Monarquía a todos los estamentos políticos y sociales y esto era posible hacerlo en una Mallorca más o menos lejana e impensable en un Madrid, por ejemplo. La lista de invitados la confeccionamos Jaime Enseñat Velasco y yo mismo y Serra estuvo en aquella lista porque le incluimos nosotros. En mala hora, a la vista del uso torticero que está haciendo de esta invitación. Recuerdo que fue entonces cuando recibí la primera lección del admirable oficio del Rey, entonces Príncipe de España. Una hora y media antes de la cena entregaba a José Joaquín Puig de la Bellacasa la lista de los invitados con un breve currículo y otros aspectos destacados de cada persona. El pánico que tenía cuando, apenas una hora después, se le iba presentando a Don Juan Carlos cada invitado, quedó desvanecido al comprobar como no fallaba ni un ápice. Mi miedo era que, por ejemplo, a Felipe Sánchez Cuenca -decano entonces de los arquitectos- le hablara del Diccionari catalano-valenciano-balear y a Borja Moll del urbanismo palmesano. No ocurrió. Al revés, Don Juan Carlos habló de lo que debía hablar con sus invitados, uno de los cuales, por cierto, se «cargó» la cena al levantarse cuando no debía para irse lo cual, protocolariamente, obligó a los Príncipes a levantar la sesión. Este invitado fue Moll.

La cena levantó ampollas, en el Gobierno y en Palma, con el gobernador civil de entonces -Carlos de Meer- que increpó duramente a Nicolás Cotoner por el hecho de que los Príncipes recibieran a «rojos» y demás gentes «dudosas» a lo que el marqués de Mondejar, con contundencia, le respondió que los Príncipes invitaban a su casa a quien les daba la gana.

Como puede observarse, las circunstancias de tiempo y lugar no permiten establecer paralelismo alguno con la visita oficial del Príncipe de Asturias treinta años después y establecerlo sólo puede ser debido a torpeza, a ignorancia, a mala fe o a las tres cosas a la vez. Sin embargo, sí puede buscarse algún paralelismo en una línea distinta a la que sigue ahora Serra. Los Príncipes de España atendieron a sus invitados a todos por igual.

No había estrellas ni invitados privilegiados. El mismo Serra era parte del montón y más bien no pintaba nada. Exactamente lo mismo que lo que han hecho los Príncipes de Asturias: tratar a sus invitados por igual sin conceder estatus especial a nadie. En realidad, quien ha cambiado ha sido Serra que, ahora, pretendía que los Príncipes de Asturias se comportaran de forma genuflexa similar a la que practican los políticos de aquí. Debería comprender y admitir Serra que pretender semejante estupidez es impensable en quien es heredero de la Corona. Por suerte para España, para la Corona y para todos los ciudadanos de estas Islas. El resto -el artículo de Serra- pura pataleta resentida porque, al fin, alguien le ha colocado en su sitio.

 
   
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