ESTEBAN URREIZTIETA
Está como loco, hablas con
él y le preguntes lo que le
preguntes, te contesta
con el barco», confiesa
uno de los fieles escuderos del Rey en
los calurosos veranos de Mallorca.
Don Juan Carlos ha cambiado una
quincena de veces de Bribón. Pero
quienes le rodean coinciden en que
los nervios que recorren al monarca
no los habían visto antes. Esta vez no
sólo cambia su velero guiado por el
placer de saborear lasmieles de la victoria.
El último Bribón, que ya tiene fecha
para su bautizo de mar, viene
ahora mismo en mercante desde
Nueva Zelanda, donde ha sido construido
por encargo del armador Josep
Cusí. Desmontado, el velero para
competición hará su primer arribo
en Amberes. Junto a él viaja un
ejemplar idéntico—los dos han sido
fabricados por las mismas manos y
con el mismo molde— encargado
por Caixa Galicia: ambos de 52 pies
(el último Bribón Real tenía 55), rapidísimos,
con un diseño y prestaciones
inspiradas en las travesías
por el Pacífico entre San Francisco y
Hawai. Para los iniciados, los TP-52,
auténticos Fórmulas 1 del mar, sustituyen
a la histórica clase IMS. Y en
esto el Rey ha querido estar en vanguardia.
El gusto, además, es de alguna
forma económico. El nuevo velero
del monarca cuesta menos de la mitad
que el que tiene desde el año pasado
su hijo, el Príncipe Felipe. Para
asumir el reto real, el armador Josep
Cusí ha coordinado una inversión de
un millón de euros, contando un año
más con la inestimable colaboración
de La Caixa. Curiosamente la mitad
de lo que costó el penúltimo de los
Bribones. Y para rematar la máxima
del bueno, bonito y barato, está previsto
que hasta dentro de cuatro o
cinco años no se vuelva a hablar de
que Don Juan Carlos cambia de barco.
Incluso el momento en que tenga
que desprenderse de su última adquisición,
será más llevadero de lo
que viene siendo hasta ahora. No en
vano, los TP-52 se consiguen vender
a buen precio en el mercado de segundamano.
A esta iniciativa, y siguiendo el
rumbo marcado por el Rey, se han
sumado los principales armadores.
Además de Tirado y Cusí, la Armada
Española (Sirius), Alessandro Pirera
(Orlanda-Olympus) o George Andradis
(Atalante). Todos arrastrados
por los mismos alicientes.
El cambio que lidera el Rey en la
vela empezó a gestarse hace ya muchos
meses. Al término de la pasada
temporada, el monarca puso en una
misma balanza, de un lado, la obsesión
por la técnica y la exasperante
búsqueda de patrocinadores. Y de
otro, la adrenalina y el aliento de la
afición. Y se ha acabado decantando
por las irresistibles sensaciones que
le producen las segundas.
Alcanzada ya su madurez deportiva,
no quiere competir contra sí
mismo. Al monarca le apetece ahora
el gusanillo del tiempo real. La ley
del «tonto el último», como describe
sarcásticamente un miembro de su
tripulación. Desea competir en regatas
en las que el primero que cruce
la línea de meta sea el que gane.
No quiere volver a salir del agua y
tener que soportar la ansiedad del
dictamen de un ordenador. Quiere
que el público se fije de una vez por
todas en la vela. Y que la curiosidad
del ciudadano de a pie arrastre a los
patrocinadores, a los que los armadores
tienen que someter a agotadoras
persecuciones para costear sus
nuevos modelos. Y que con ellos
aparezcan de la mano las televisiones.
Los ojos de la vela. Porque no
se puede retransmitir una regata
con el sistema actual. Y porque, simple
y llanamente, no se entiende.
Algo tan simple como
revolucionario.
Para liderar el cambio del sector,
el Rey se ha decantado por el barco
más rápido de cuantos haya patroneado
jamás. Y uno de los más ligeros.
Frente a las 15 toneladas del que
jubiló el pasado verano, éste supera
levemente las siete. En su competición
predilecta, la que lleva su nombre,
y planeando sobre las aguas de
Mallorca, Don Juan Carlos podrá
arañar entre 5 y 10minutos a sus registros
habituales.
La salida del nuevo Bribón será
eléctrica. Con vientos de 25 nudos
puede alcanzar los 23. «El Rey nunca
había tenido un barco con tantos
caballos», asegura Pedro Campos,
un histórico de su tripulación. «Es
un barco rápido, divertido, al que se
adaptará sin problemas», aventura.
La primera gran prueba de fuego
será el 28 de junio. Cuando el Rey se
ponga a los mandos de su flamante
velero en el Trofeo de S.M. La Reina.
Ahí comenzará un año más una batalla
deportiva en la que se volverá a
topar con su bestia negra: el temido
Caixa Galicia. Un barco que ha logrado
llevarse las tres últimas Copas
del Rey sin renovar la embarcación.
Los dos grandes rivales de la temporada
se han gestado este invierno en
la misma placenta: el astillero
Cookson en Nueva Zelanda, el número
uno de los diseñadores navales.
De allí salieron desmontados y a
bordo de unmercante en dirección a
Amberes el pasado 29 de marzo. Tocarán
por primera vez el agua a
principios de mayo, y a finales de
mes participarán en la primera
prueba de la Breitling Medcup, la
competición creada ex profeso para
los TP-52 y que parece hecha a medida
para Don Juan Carlos. Tras la
prueba italiana de Punta Ala a finales
demayo, las dos siguientes se celebrarán
sobre aguas españolas. Y
entre ellas, la madre de todas las batallas:
la Copa del Rey, el 30 de julio.
La nueva travesía emprendida
por el Rey la observa con recelo el
Príncipe de Asturias, a bordo del
CAM, un velero ideado hace tan sólo
un año como el mejor de cuantos se
hubieran construido jamás. Un proyecto
de 2,5 millones de euros, que a
día de hoy no ha ganado una sola regata.
Su patrón, Fernando León, ya
se lo advirtió hace unos días a otros
marinos: «El año que viene tenemos
que cambiar a los TP-52». Y seguir la
estela marcada por el Rey.