JAVIER MARTINEZ
¿Cómo ganar a
Roger Federer? La pregunta circula desde
hace rato en el mundo del tenis. Sólo Marat
Safin ha encontrado una respuesta desde
finales del pasado verano, una anomalía en
el estremecedor registro de 48 victorias y
esa única derrota que presenta el suizo
desde el arranque del Abierto de Estados
Unidos, allá por el 30 de
agosto.
Rafael Nadal ya había
sugerido en serio respecto al método. Le
venció en la tercera ronda de Cayo
Vizcaíno, hace un año, en su único
enfrentamiento hasta la formidable final de
ayer en el mismo escenario. Esta vez el
manacorí no fue tan lejos. Se quedó en una
derrota en cinco sets, después de tener a
la deriva al desde hace más de un año
indiscutible número uno del mundo. El
marcador, 2-6, 6-7 (4), 7-6 (5), 6-3 y 6-1,
resume tres horas y 42 minutos de una pelea
llena de alternativas, en la que el más
joven finalista de las 21 ediciones del
torneo se situó un par de veces a tan sólo
dos puntos del triunfo.
Dentro de la
lógica decepción que representa caer con el
objetivo a tiro, todas las lecturas apuntan
en una dirección positiva. Ya hecho a
jugárselas con los mejores, como demostró
con su triunfo en la Copa Davis ante
Roddick e incluso con su derrota ante
Lleyton Hewitt en los octavos de final de
Australia, el chaval mantiene una
proyección vertiginosa. Su primera final de
un Masters Series, del quinto torneo más
importante del calendario, se salda con
cinco sets contra el grandísimo Federer,
renacido cuando estaba dos sets abajo y 4-1
en el cuarto.
El helvético deambulaba
por la pista, sometido al tenis proteico de
su adversario. Había saldado el primer set
con 20 errores no forzados, pero elevó
drásticamente su rendimiento en el segundo.
No le alcanzó tampoco para evitar que Nadal
se impusiese en el desempate, presentando
ya muy en serio su candidatura al
triunfo.
Muy firme atrás, directo con
la derecha y sin esconder el revés, el
campeón este año en Acapulco y Costa de
Sauipe obligó a que el poseedor de cuatro
títulos del Grand Slam virase el rumbo.
Acostumbrado a dominar con suficiencia
desde el fondo, Federer apenas deja ver sus
excelencias en la cinta. Maneja también los
mejores recursos para alcanzar la red y
volea con tanto mimo como aplica la diestra
desde el fondo. Simplemente se siente
cómodo sobre la línea.
No fue así
frente a un chaval respondón en los
intercambios, con un plus de agresividad
desesperante para el suizo, quien ya había
admitido en el prólogo sobre la incomodidad
de tomarle la vuelta a un zurdo. Sólo se la
encontró en la búsqueda a menudo
insatisfecha de winners, 65 por 41,
y en su mayor resistencia física y mental.
Estamos ante un hombre de 23 años,
con cuatro grandes, y seis Masters
Series en el morral, familiarizado con
situaciones críticas, aunque la magnitud de
su mano las deje en algo excepcional.
Nadal, aunque cueste creerlo, está en su
tercera temporada con los mayores y su
máximo logro en los cinco Grand Slams
disputados son los octavos en Australia del
pasado mes de enero. Federer, nadie lo
duda, está nominado para hacerse un lugar
entre los mejores de siempre y su talento
carece de parangón en la actualidad. Ahora
bien, ¿quién era hace un lustro, la edad
que le separa de su dignísimo contrario de
ayer?
Había disputado dos finales, en
Marsella y Basilea, con el 29º lugar del
circuito como premio de fin de curso,
además de perder en la lucha por el bronce
en los Juegos de Sydney. Nadal, a quien le
tocó seguir el camino de Moyà en 2003 y de
Bruguera en 1997, ambos derrotados en la
final de Miami, lucirá hoy como 17º del
mundo en la lista de entradas y cuarto en
la Carrera de Campeones, la que computa
exclusivamente los resultados del año, y
cuenta ya con una Copa Davis y tres títulos
de la ATP (Sopot, en 2004, además de los
dos conquistados esta temporada). Su
horizonte inmediato es diáfano, pues en la
temporada de tierra batida que esta semana
arranca en Valencia apenas defenderá
puntos, dado que pasó lesionado un
estimable periodo del pasado
curso.
Su resolución en instantes de
máxima necesidad, como una bola de break
en contra en el tercer set resuelta con
un ace de segundo saque, el carácter
competidor, la firme oposición ante un
hombre que ya suma 18 finales consecutivas
con los brazos en alto, son datos puntuales
que añadir a la ya nutrida hoja de
servicios.
Unicamente Marat Safin -ya
con dos títulos del Grand Slam- en las
semifinales del Abierto de Australia, ha
logrado profanar la estela inmaculada de
Federer en los últimos siete meses. Nadal
se quedó en el intento. Pero eso sí,
mostró, de forma elocuente, hablar el mismo
lenguaje de la elite, de esa clase superior
de la que ya forma parte de pleno derecho.