Ha empezado la mayor regularización de
inmigrantes que haya tenido lugar de una
tacada en Europa. Se pretende dotar de
papeles de residentes a la mayoría del
millón y medio de los extranjeros
empadronados pero que se encuentran en
situación irregular. En nuestras Islas
serían unos 30.000 que se unirían a los
126.000 inmigrantes que ya acogemos. Con
toda seguridad la cifra a regularizar es
bastante mayor, porque no recoge a aquellos
ilegales absolutos que no se han querido
empadronar. Contamos ya con el 15% de la
población extranjera, el doble de la
proporción del resto de Estado. Por ello
las encuestas consideran que la inmigración
se ha convertido en uno de los temas que
más preocupan a los ciudadanos de las
Islas, ya que lastran nuestros sistemas de
salud y educación en los que cerca del 20%
de los usuarios son ya extranjeros.
Según la Conselleria de Economía del Pacte,
si continua el mismo modelo de crecimiento
en el 2013 habrá en las Islas tantos
habitantes españoles como extranjeros. En
este sentido el actual Conseller de
Economía y Hacienda plantea que para evitar
un crecimiento económico descompensado que
podría producir un efecto llamada, habría
que fijar un techo de población. No
obstante los planes insulares territoriales
de Mallorca e Ibiza permiten la mayor
densidad de población de Europa.
La
gran bolsa de sin papeles -increíblemente
cerca de un millón y medio-, ha puesto en
evidencia la incapacidad de los gobiernos
del Partido Popular de frenar la avalancha
sobre nuestras fronteras: por los Pirineos,
desguarnecidos de efectos policiales, se
cuelan los procedentes de Europa del Este;
a Canarias y Andalucía recalan no ya
pateras sino hasta buques de carga
atiborrados de magrebíes y subsaharianos;
limpiamente por el aeropuerto de Barajas
entran falsos turistas sudamericanos.
No hay duda por otro lado que los
índices de desempleo oficiales no se
ajustan a la realidad, pues la inmensa
mayoría de los casi tres millones llegados
los últimos seis años están contribuyendo
al desarrollo y bienestar de nuestra
sociedad trabajando. Eso si realizando
labores ingratas, molestas, peligrosas o
mal renumeradas. Si estos trabajos
estuvieron desempeñados por ciudadanos
españoles, nuestras tasas oficiales de paro
serían ridículas, porque España tiene una
tasa de ocupación muy baja.
Es una
evidencia, aunque nos cueste reconocerlo,
que nos hemos vuelto muy cómodos y
exigentes y para colmo mostramos con
frecuencia cierto despego por estos nuevos
forasteros al toparnos con ellos en nuestra
vida cotidiana. Son además imprescindibles
para continuar con el insostenible modelo
de desarrollo que hemos escogido fundado en
la construcción de viviendas, aunque muchas
de ellas permanezcan vacías. Tenemos que
aceptar que estamos abocados a vivir en una
sociedad no sólo pluricultural sino
pluriétnica. El proceso de regularización
en curso va a suponer el afloramiento de
centenares de miles de trabajadores de la
economía sumergida, lo que va a permitir
mejorar sus condiciones de trabajo, así
como incrementar las aportaciones a la
seguridad social y a la Hacienda Pública
que permitan atender las necesidades de
este nuevo sector de la población.
Además de la regularización laboral, se
impone dedicar muchos más esfuerzos y
recursos para facilitar la integración de
los nuevos visitantes permanentes,
porque parece claro que el contrato de
trabajo de seis meses que exige la actual
regularización, será prorrogado de una
forma u otra. Del ejemplo de otros países
europeos, tenemos que extraer la lección
que es preciso evitar que se conformen
comunidades separadas, por lo que debemos
exigir a escala de toda España a los
inmigrantes que aspiran a la residencia, un
examen de educación cívica en nuestros
valores y costumbres y quizás también de
formación profesional. Habrá que pedirles
sobre todo el conocimiento del idioma. Aquí
nos topamos con la disquisición sobre si
tiene que ser el español o el catalán. Es
de esperar que resolvamos la duda pronto y
que no nos ensimismemos en averiguar cuál
es la identidad de nuestro ombligo, pues en
caso contrario la masa de nuevos forasteros
nos desbordará desagradablemente.