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  Miércoles, 23 de febrero de 2005 Actualizado a las 01:21
 

EL AGORA
Desbordante inmigración

CARLOS DE ZAYAS


Ha empezado la mayor regularización de inmigrantes que haya tenido lugar de una tacada en Europa. Se pretende dotar de papeles de residentes a la mayoría del millón y medio de los extranjeros empadronados pero que se encuentran en situación irregular. En nuestras Islas serían unos 30.000 que se unirían a los 126.000 inmigrantes que ya acogemos. Con toda seguridad la cifra a regularizar es bastante mayor, porque no recoge a aquellos ilegales absolutos que no se han querido empadronar. Contamos ya con el 15% de la población extranjera, el doble de la proporción del resto de Estado. Por ello las encuestas consideran que la inmigración se ha convertido en uno de los temas que más preocupan a los ciudadanos de las Islas, ya que lastran nuestros sistemas de salud y educación en los que cerca del 20% de los usuarios son ya extranjeros.

Según la Conselleria de Economía del Pacte, si continua el mismo modelo de crecimiento en el 2013 habrá en las Islas tantos habitantes españoles como extranjeros. En este sentido el actual Conseller de Economía y Hacienda plantea que para evitar un crecimiento económico descompensado que podría producir un efecto llamada, habría que fijar un techo de población. No obstante los planes insulares territoriales de Mallorca e Ibiza permiten la mayor densidad de población de Europa.

La gran bolsa de sin papeles -increíblemente cerca de un millón y medio-, ha puesto en evidencia la incapacidad de los gobiernos del Partido Popular de frenar la avalancha sobre nuestras fronteras: por los Pirineos, desguarnecidos de efectos policiales, se cuelan los procedentes de Europa del Este; a Canarias y Andalucía recalan no ya pateras sino hasta buques de carga atiborrados de magrebíes y subsaharianos; limpiamente por el aeropuerto de Barajas entran falsos turistas sudamericanos.

No hay duda por otro lado que los índices de desempleo oficiales no se ajustan a la realidad, pues la inmensa mayoría de los casi tres millones llegados los últimos seis años están contribuyendo al desarrollo y bienestar de nuestra sociedad trabajando. Eso si realizando labores ingratas, molestas, peligrosas o mal renumeradas. Si estos trabajos estuvieron desempeñados por ciudadanos españoles, nuestras tasas oficiales de paro serían ridículas, porque España tiene una tasa de ocupación muy baja.

Es una evidencia, aunque nos cueste reconocerlo, que nos hemos vuelto muy cómodos y exigentes y para colmo mostramos con frecuencia cierto despego por estos nuevos forasteros al toparnos con ellos en nuestra vida cotidiana. Son además imprescindibles para continuar con el insostenible modelo de desarrollo que hemos escogido fundado en la construcción de viviendas, aunque muchas de ellas permanezcan vacías. Tenemos que aceptar que estamos abocados a vivir en una sociedad no sólo pluricultural sino pluriétnica. El proceso de regularización en curso va a suponer el afloramiento de centenares de miles de trabajadores de la economía sumergida, lo que va a permitir mejorar sus condiciones de trabajo, así como incrementar las aportaciones a la seguridad social y a la Hacienda Pública que permitan atender las necesidades de este nuevo sector de la población.

Además de la regularización laboral, se impone dedicar muchos más esfuerzos y recursos para facilitar la integración de los nuevos visitantes permanentes, porque parece claro que el contrato de trabajo de seis meses que exige la actual regularización, será prorrogado de una forma u otra. Del ejemplo de otros países europeos, tenemos que extraer la lección que es preciso evitar que se conformen comunidades separadas, por lo que debemos exigir a escala de toda España a los inmigrantes que aspiran a la residencia, un examen de educación cívica en nuestros valores y costumbres y quizás también de formación profesional. Habrá que pedirles sobre todo el conocimiento del idioma. Aquí nos topamos con la disquisición sobre si tiene que ser el español o el catalán. Es de esperar que resolvamos la duda pronto y que no nos ensimismemos en averiguar cuál es la identidad de nuestro ombligo, pues en caso contrario la masa de nuevos forasteros nos desbordará desagradablemente.

 
   
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