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  Domingo, 20 de febrero de 2005 Actualizado a las 01:39
 

LOS PUNTOS SOBRE LAS IES
Un 'Churchill' sin complejos

EDUARDO INDA


-Preferisteis el deshonor a la guerra, pues bien, ahora tenéis el deshonor y la guerra (Winston Churchill).

-Hitler sólo quiere ganar tiempo, esto sólo le abrirá el apetito (W. CH).

Estas dos geniales frases del inglés más grande de todos los tiempos me vinieron a la memoria cuando paría las apenas 30 líneas que empleé anteayer para presentar a Jaime Mayor Oreja en el FORO de EL MUNDO/El Día de Baleares. El incomprensiblemente desaprovechado ex ministro del Interior demostró con un discurso políticamente incorrecto que lo suyo es remar contracorriente aun a riesgo de que lo tomen por un loco, por un intolerante o por un extraterrestre.

Nada nuevo bajo el sol. Al premier británico también le tocó desempeñar el rol de apestado social en el tercer cuarto de la tercera década de los 30 cuando ponía el grito en el cielo por las rumbosas concesiones de Chamberlain y Daladier al diabólico Adolf Hitler. Muy pocos -por no decir nadie- le hacían ni puñetero caso. «¡Qué pesado!», «¡qué exagerado!», «¡qué aguafiestas!», era el dictamen unánime de la sesudos analistas, de los atinados periodistas y de sus realistas rivales políticos.

A Europa en general y a Gran Bretaña en particular no les daba la gana de escuchar a aquel viejo gruñón que les decía lo contrario de lo que querían oír, a aquel abuelo cebolleta que anteponía la realidad a los deseos. Y así les fue. De aquellos polvos vinieron meses después los lodos del nazismo, del exterminio judío y de la mayor guerra jamás contada. La política del apaciguamiento sólo sirvió para abrir el apetito de una bestia que se llevó por delante decenas de millones de vidas. Las naciones democráticas se abrazaron a Hitler sin percatarse de que estaban abrazando a un oso. Consecuencia: el oso se las merendó.

Lo de quedarse más solo que la una no es nuevo para el Churchill de San Sebastián. Lo digo porque durante los 439 días que duró la tregua de ETA todos, desde Batasuna hasta los listillos de turno del PP pasando por las escuadras de Jesús Polanco, le miraban cual bicho raro. «Esto es una tregua-trampa», apuntaba un día sí y otro también en soledad el político donostiarra con su personal e intransferible tonillo sacerdotal. Si los comentaristas no lo destrozaron fue precisamente porque es el number one en ese difícil arte de las relaciones políticos-periodistas. Le costó pero al final tuvo -desgraciadamente- razón. Era todo una farsa.

Se repite la historia. Mayor Oreja es de los pocos que están advirtiendo en su verdadera dimensión la que se está liando. El lo resume en seis palabras que lo dicen todo y que ponen los pelos como escarpias: «Esto es una crisis de régimen». ¿Una crisis o el final de un régimen?, matizaría yo.

El sobrino de Marcelino Oreja dio anteayer un toque de atención tan políticamente incorrecto para la España oficial como políticamente acertado para la España real. Su foto fija está a la vuelta de la esquina de la que pueda hacer el camarero del bar de la esquina, el taxista de la parada de enfrente o ese vecino con el que te cruzas todos los días en la escalera sin saber ni qué es ni cómo se llama. Jaime Mayor es de los pocos jerarcas que incumplen ese viejo aserto que sostiene que la España real va por un lado y la España oficial por otro. El interesado va de la mano de Juan Español y tiene meridianamente claro que tan grave es el chulesco desafío del no menos chulesco Juan José Ibarretxe como el puño de hierro que esconde Pasqual Maragall en su guante de seda. Más que claro, lo tiene clarísimo: «Son dos planes rupturistas». El donostiarra tiene más razón que un santo porque, salvo a ingenuos modelo ZP, a nadie se le escapa que nuestra frágil democracia se halla a diez metros del abismo por culpa de un nacionalismo sobrevalorado por los medios de comunicación y engordado irresponsablemente hasta la bulimia por los partidos políticos nacionales.

Por una vez, y para que sirva de precedente, corregiré a nuestro invitado: el problema vasco está todavía -insisto en el todavía- a varias leguas de distancia del catalán. Diferencias, haberlas, haylas: el dúo PNV-Batasuna exige la independencia al contado y el ménage-à-trois PSC-ERC-ICV a plazos. Los hay también que consideran mucho más letal al tripartito catalán que al bipartito vasco por una razón aplastante de puro obvia: responder a alguien que te ataca de frente es tan aparentemente sencillo como literalmente complicado parar una puñalada trapera por la espalda.

Sea como fuere, hasta un alumno de ESO sabe que los unos y los otros quieren largarse de España. Juan Español es bien consciente de que el horno no está para bollos en clara contraposición a un José Luis Rodríguez Zapatero que considera que vamos camino de una España más tolerante, con más talante, en resumidas cuentas, sin las estridencias de un loco llamado José María Aznar al que le sobrevino la locura de defender la Constitución y la unidad de España.

El eurodiputado se autoexcluyó sin quererlo de esta España borreguil que nos ha tocado en desgracia al proclamar a los cuatro vientos: «El nacionalismo es fuerte gracias a nuestros complejos». En rigor hay que precisar que se autorretrató porque es de los pocos que ni está acomplejado, ni considera que el nacionalismo está a caballo entre el dogma de fe y lo políticamente correcto, ni practica el abrazo del oso con los Carod, Ibarretxe, Otegi y cía, ni va de Piqué por la vida. Con muchos como él no habría ni problema vasco, ni problema catalán, ni secesionismo que te crió.

Palma no fue la excepción y el carisma del interfecto hizo estragos. Es la historia de siempre: el personal está entregado porque ve en él al héroe que más y mejor ha luchado contra los villanos etarras. Los ciudadanos tampoco olvidan que no sólo puso contra las cuerdas a los nazis etarras sino que, además, lideró la rebelión moral y legal contra un estado de cosas en el que era normal -bueno, normal- que Batasuna fuera legal, que la gente se tuviera que exiliar del País Vasco, que los etarras campasen a sus anchas en sede parlamentaria, que se hinchasen a subvenciones públicas y que, por consiguiente, nos matasen con cargo a nuestros impuestos.

El candidato ideal de Ana Botella para la sucesión de su marido demostró por enésima vez el coraje moral, la hombría de bien y la decencia que le han convertido en rara avis. Item más. Ratificó lo que ya todos sabíamos: que es una isla en un gremio, el político, en el que cada vez cuenta más el poder y el dinero y menos eso que unos llaman ética, otros denominan moral y el común de los mortales conoce como decencia. No sólo es honrado con su bolsillo y con el de los demás sino que también es honrado con sus ideas. El embajador de Rajoy en Bruselas dice lo mismo que decía hace cuatro años cuando aspiraba a la Lehendakaritza o hace nueve cuando le adjudicaron un muerto llamado Ministerio del Interior. Vamos, que es la excepción en un mundo, el de la política, en el que la regla es el relativismo más estúpido, el oportunismo más rastrero y el materialismo más corrupto.

De la boca de este escribidor salió el viernes la mismita frase que tras la impresionante alocución de Bono: «No todo está perdido». Ministro y ex ministro son una especie a proteger que tiene la rara virtud de reconciliar al más escéptico de los escépticos con el cada vez más sospechoso mundo de la política. Al uno y al otro no les tiembla ni la voz, ni la mano, ni el espíritu a la hora de defender la España constitucional frente a esa payasada nacionalista que pretende reescribir la historia de la nación más vieja de la Europa continental.

Lo que más llamó la atención al respetable es que la coherencia lleva a Jaime Mayor a salvar el trasero al adversario. Nuestro cuarto forero es de los pocos barandas del PP que defienden el a la Euroconstitución a capa y espada, en público y en privado, sabiendo como sabe que un no sería un no a un Zapatero al que no le quedaría más remedio que convocar elecciones generales anticipadas por aquello de la vergüenza torera.

En fin, que ojalá hubiera muchos como él porque otro gallo nos cantaría. Jaime Mayor representa lo mejor de lo mejor de una sociedad que se niega a que las minorías impongan su santa voluntad a las mayorías. Hagámosle, caso, pues, y vayamos a votar a la Constitución Europea porque votar es votar no a Ibarretxe.

e.inda@elmundo.es

 
   
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