-Preferisteis el deshonor a la
guerra, pues bien, ahora tenéis el deshonor
y la guerra (Winston
Churchill).
-Hitler
sólo quiere ganar tiempo, esto sólo le
abrirá el apetito (W. CH).
Estas
dos geniales frases del inglés más grande
de todos los tiempos me vinieron a la
memoria cuando paría las apenas 30
líneas que empleé anteayer para presentar a
Jaime Mayor Oreja en el FORO de EL MUNDO/El
Día de Baleares. El incomprensiblemente
desaprovechado ex ministro del Interior
demostró con un discurso políticamente
incorrecto que lo suyo es remar
contracorriente aun a riesgo de que lo
tomen por un loco, por un intolerante o por
un extraterrestre.
Nada nuevo bajo el
sol. Al premier británico también le tocó
desempeñar el rol de apestado social en el
tercer cuarto de la tercera década de los
30 cuando ponía el grito en el cielo por
las rumbosas concesiones de Chamberlain y
Daladier al diabólico Adolf Hitler. Muy
pocos -por no decir nadie- le hacían ni
puñetero caso. «¡Qué pesado!», «¡qué
exagerado!», «¡qué aguafiestas!», era el
dictamen unánime de la sesudos
analistas, de los atinados
periodistas y de sus realistas
rivales políticos.
A Europa en
general y a Gran Bretaña en particular no
les daba la gana de escuchar a aquel viejo
gruñón que les decía lo contrario de lo que
querían oír, a aquel abuelo cebolleta que
anteponía la realidad a los deseos. Y así
les fue. De aquellos polvos vinieron meses
después los lodos del nazismo, del
exterminio judío y de la mayor guerra jamás
contada. La política del apaciguamiento
sólo sirvió para abrir el apetito de una
bestia que se llevó por delante decenas de
millones de vidas. Las naciones
democráticas se abrazaron a Hitler sin
percatarse de que estaban abrazando a un
oso. Consecuencia: el oso se las
merendó.
Lo de quedarse más solo que
la una no es nuevo para el Churchill
de San Sebastián. Lo digo porque durante
los 439 días que duró la tregua de
ETA todos, desde Batasuna hasta los
listillos de turno del PP pasando por las
escuadras de Jesús Polanco, le miraban cual
bicho raro. «Esto es una tregua-trampa»,
apuntaba un día sí y otro también en
soledad el político donostiarra con su
personal e intransferible tonillo
sacerdotal. Si los comentaristas no lo
destrozaron fue precisamente porque es el
number one en ese difícil arte de
las relaciones políticos-periodistas. Le
costó pero al final tuvo -desgraciadamente-
razón. Era todo una farsa.
Se repite
la historia. Mayor Oreja es de los pocos
que están advirtiendo en su verdadera
dimensión la que se está liando. El lo
resume en seis palabras que lo dicen todo y
que ponen los pelos como escarpias: «Esto
es una crisis de régimen». ¿Una crisis o el
final de un régimen?, matizaría
yo.
El sobrino de Marcelino Oreja dio
anteayer un toque de atención tan
políticamente incorrecto para la España
oficial como políticamente acertado para la
España real. Su foto fija está a la vuelta
de la esquina de la que pueda hacer el
camarero del bar de la esquina, el taxista
de la parada de enfrente o ese vecino con
el que te cruzas todos los días en la
escalera sin saber ni qué es ni cómo se
llama. Jaime Mayor es de los pocos jerarcas
que incumplen ese viejo aserto que sostiene
que la España real va por un lado y la
España oficial por otro. El interesado va
de la mano de Juan Español y tiene
meridianamente claro que tan grave es el
chulesco desafío del no menos chulesco Juan
José Ibarretxe como el puño de hierro que
esconde Pasqual Maragall en su guante de
seda. Más que claro, lo tiene clarísimo:
«Son dos planes rupturistas». El
donostiarra tiene más razón que un santo
porque, salvo a ingenuos modelo ZP, a nadie
se le escapa que nuestra frágil democracia
se halla a diez metros del abismo por culpa
de un nacionalismo sobrevalorado por los
medios de comunicación y engordado
irresponsablemente hasta la bulimia por los
partidos políticos nacionales.
Por
una vez, y para que sirva de precedente,
corregiré a nuestro invitado: el problema
vasco está todavía -insisto en el todavía-
a varias leguas de distancia del catalán.
Diferencias, haberlas, haylas: el dúo
PNV-Batasuna exige la independencia al
contado y el ménage-à-trois PSC-ERC-ICV a
plazos. Los hay también que consideran
mucho más letal al tripartito catalán que
al bipartito vasco por una razón aplastante
de puro obvia: responder a alguien que te
ataca de frente es tan aparentemente
sencillo como literalmente complicado parar
una puñalada trapera por la
espalda.
Sea como fuere, hasta un
alumno de ESO sabe que los unos y los otros
quieren largarse de España. Juan Español es
bien consciente de que el horno no está
para bollos en clara contraposición a un
José Luis Rodríguez Zapatero que considera
que vamos camino de una España más
tolerante, con más talante, en resumidas
cuentas, sin las estridencias de un
loco llamado José María Aznar al que
le sobrevino la locura de defender
la Constitución y la unidad de
España.
El eurodiputado se
autoexcluyó sin quererlo de esta España
borreguil que nos ha tocado en desgracia al
proclamar a los cuatro vientos: «El
nacionalismo es fuerte gracias a nuestros
complejos». En rigor hay que precisar que
se autorretrató porque es de los pocos que
ni está acomplejado, ni considera que el
nacionalismo está a caballo entre el dogma
de fe y lo políticamente correcto, ni
practica el abrazo del oso con los Carod,
Ibarretxe, Otegi y cía, ni va de Piqué por
la vida. Con muchos como él no habría ni
problema vasco, ni problema catalán, ni
secesionismo que te crió.
Palma no
fue la excepción y el carisma del
interfecto hizo estragos. Es la historia de
siempre: el personal está entregado porque
ve en él al héroe que más y mejor ha
luchado contra los villanos etarras. Los
ciudadanos tampoco olvidan que no sólo puso
contra las cuerdas a los nazis etarras sino
que, además, lideró la rebelión moral y
legal contra un estado de cosas en el que
era normal -bueno, normal- que
Batasuna fuera legal, que la gente se
tuviera que exiliar del País Vasco, que los
etarras campasen a sus anchas en sede
parlamentaria, que se hinchasen a
subvenciones públicas y que, por
consiguiente, nos matasen con cargo a
nuestros impuestos.
El candidato
ideal de Ana Botella para la sucesión de su
marido demostró por enésima vez el coraje
moral, la hombría de bien y la decencia que
le han convertido en rara avis. Item
más. Ratificó lo que ya todos sabíamos: que
es una isla en un gremio, el político, en
el que cada vez cuenta más el poder y el
dinero y menos eso que unos llaman ética,
otros denominan moral y el común de los
mortales conoce como decencia. No sólo es
honrado con su bolsillo y con el de los
demás sino que también es honrado con sus
ideas. El embajador de Rajoy en Bruselas
dice lo mismo que decía hace cuatro años
cuando aspiraba a la Lehendakaritza o hace
nueve cuando le adjudicaron un muerto
llamado Ministerio del Interior. Vamos, que
es la excepción en un mundo, el de la
política, en el que la regla es el
relativismo más estúpido, el oportunismo
más rastrero y el materialismo más
corrupto.
De la boca de este
escribidor salió el viernes la mismita
frase que tras la impresionante alocución
de Bono: «No todo está perdido». Ministro y
ex ministro son una especie a proteger que
tiene la rara virtud de reconciliar al más
escéptico de los escépticos con el cada vez
más sospechoso mundo de la política. Al uno
y al otro no les tiembla ni la voz, ni la
mano, ni el espíritu a la hora de defender
la España constitucional frente a esa
payasada nacionalista que pretende
reescribir la historia de la nación más
vieja de la Europa continental.
Lo
que más llamó la atención al respetable es
que la coherencia lleva a Jaime Mayor a
salvar el trasero al adversario. Nuestro
cuarto forero es de los pocos
barandas del PP que defienden el sí
a la Euroconstitución a capa y espada, en
público y en privado, sabiendo como sabe
que un no sería un no a un
Zapatero al que no le quedaría más remedio
que convocar elecciones generales
anticipadas por aquello de la vergüenza
torera.
En fin, que ojalá hubiera
muchos como él porque otro gallo nos
cantaría. Jaime Mayor representa lo mejor
de lo mejor de una sociedad que se niega a
que las minorías impongan su santa voluntad
a las mayorías. Hagámosle, caso, pues, y
vayamos a votar sí a la Constitución
Europea porque votar sí es votar
no a Ibarretxe.
e.inda@elmundo.es