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  Martes, 8 de febrero de 2005 Actualizado a las 01:11
 

EN VENA
Svenson

ROMAN PIÑA VALLS


Acabo de leer una carta al director de una ex empleada del famoso centro capilar Svenson, en la que se alegra de que por fin haya saltado a la prensa la verdad sobre el fraude de esta famosa cadena de supermercados de champús. El otro día leí un artículo en un periódico en el que el autor entraba en el tema y calificaba de «Apaches» a los responsables de Svenson. Pues no sabe de la misa la mitad. Que me pregunte a mí, que trabajé en un centro de Svenson en Valencia hace veinte años, y lo tuve que dejar porque no podía pegar ojo por las noches. No podía conciliar el sueño, atacado de remordimientos, después de engañar miserablemente a aquellos pobres chavales que se dejaban inútilmente el dinero en potingues para conservar el pelo. Si yo les contara. Les cuento.

Para empezar me contrataron en La Coruña, y me enviaron a trabajar a Sevilla. ¿Por qué? Descubrí que todos mis compañeros estaban desplazados de su ciudad de origen. Lógico: ¿cómo íbamos a poder mentir descaradamente a nuestros paisanos, a gente que tal vez conoceríamos? No me dieron ninguna formación profesional, científica. Sólo un manual insultante enfocado a vender productos capilares Svenson a aquellos incautos acojonados con su pérdida de pelo. Nos metían en una salita con bata blanca, forrada de diplomas, y el cliente nos tomaba por médicos. Teníamos órdenes de no desmentirles esa suposición. Controlábamos cuántas ampollas de nuestro crecepelo compraba el cliente, y si algún mes la venta menguaba, le pegábamos la bronca y le recordábamos que no tenía que proveerse en farmacias, sino en nuestro centro, porque en las farmacias diluían el producto con agua. Con las pelucas los de Svenson rizaban el rizo. Sólo podían lavarse la pelucas, según ellos, con champú Svenson, que era por supuesto carísimo. El día que vi cómo mi jefe le pegaba una bronca monumental a un pobre hombre porque se había estado lavando el pelo con Johnson and Johnson, no pude más. En un descuido del cliente, le echó lejía a la peluca y le mostró el desperfecto, mientras le decía: ¿ve usted lo que pasa si no usa productos Svenson? Cuando había que reparar una peluca la tragedia estaba servida. Hemos de enviarla a Alemania y tardará un mes, decíamos. El cliente se quedaba blanco. ¿dónde iba a meter su calva mientras tanto? La solución era venderle otra peluca de repuesto: en dos semanas podría tenerla. O esa misma tarde si desembolsaba una cantidad absurda de dinero. Algunos picaban. Lo que no me explico es que se hayan pasado décadas timando al personal sin ningún problema con la Justicia. Los clientes, claro, no pueden asumir que les han robado, o que el tratamiento ha sido insatisfactorio. ¿Cómo van a hacerlo si ni siquiera han asumido que son calvos? Por eso las denuncias han empezado a venir de los ex empleados.

 
   
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