ROMAN PIÑA HOMS
La comunidad
universitaria de las Baleares está de luto.
Con el fallecimiento de Alvaro Santamaría,
nos deja en buena medida huérfanos una de
las más insignes personalidades de la
cultura de las Islas.
Yo tuve la
suerte de conocerle, desde niño, en el
caserón Aguiló de Montisión, sobre todo en
los días de fiestas señaladas, como la del
Sagrado Corazón de Jesús, que reunía a toda
la familia para ver la procesión religiosa
que pasaba bajo sus balcones. Mi padre me
dijo: «Te presentaré a un sabio», y desde
entonces se hizo permanente en mí su
autoridad indiscutible.
Tuve con los
años la oportunidad de tratarle
estrechamente como primer director del
centro de la UNED en 1972, en momentos
difíciles de la institución, que, recién
creada, parecía que acabaría privada del
pan y la sal, al promocionarse la
Universidad presencial un año más tarde.
Nada de esto sucedió, gracias a las
habilidades diplomáticas de este profesor
de historia, que sin duda sabía mucho de
los resortes que mueven la humana
condición.
Pero Santamaría, que tuvo
que hacer inmensos sacrificios al aceptar
cargos académicos e importantes
responsabilidades administrativas, sería
ante todo un gran docente y un excepcional
investigador.
Como docente y guía
intelectual, ha sido el maestro de toda una
generación de historiadores de prestigio
-Pablo Cateura, María Barceló, Ricard
Urgell, Gabriel Ensenyat, Francesc López
Bonet, Florenci Sastre, y un largo
etcétera- y como investigador, el buceador
permanente de nuestros archivos, que con
datos bien contrastados y de primera mano,
nos ha ofrecido admirables trabajos en los
que destaca aquel «saber hacer hablar a los
documentos» acercándonos a su espíritu y
desde él al conocimiento de una época más
allá de la frivolidad o de la comodidad de
ajustarse a lo políticamente correcto del
momento. Recuerdo que en cierta época,
después de haberme orientado en mi tesis
doctoral, se enfrentó con las tesis de
algunos de mis trabajos. Incluso llegó a
tacharme de que hacía ciencia ficción,
cuando hablaba del federalismo de la Corona
de Aragón o de la integración de los
mallorquines en Cortes catalanas.
Tal vez fuera excesivo en su juicio,
pero el hecho es que con los años he tenido
que rectificar algunos de los que hoy
considero mis inmaduros criterios de
tiempos atrás.
Hoy Santamaría nos
deja con una obra científica consolidada
-su Nueva Planta de Mallorca
publicada en 1989; su magnífica obra
Ejecutoria del Reino de Mallorca,
publicada en 1990 y muy recientemente su
Historia de una marginación, que
trata sobre el papel de Mallorca en el
Compromiso de Caspe- y toda su actividad
reconocida con excepcionales distinciones.
Nos deja el ejemplo de una trayectoria
ejemplar, humana y científicamente
hablando.
Quiso, a modo de
testamento, decirnos muchas cosas en su
último trabajo, al hacer lo que llamaría
«reflexión cautelar» en torno a nuestro
papel como comunidad histórica, tanto por
lo que respecta a la amenazante función de
mero satélite que puede alcanzar nuestra
comunidad, en relación a sus vecinas de
mayor peso, como al factor disgregador de
los governs insulars,en lo que el
historiador entiende de erosionador de
nuestro siempre frágil sentimiento de
balearidad «eje caudal y nexo necesario de
la vertebración de la Comunidad».
Recomiendo a historiadores y sobre
todo a políticos, que no pierdan la
oportunidad de leerla y releerla si es el
caso. Es el mejor testimonio de afecto que
podemos dedicarle al maestro, y de
fortalecimiento en el seny, que
buena falta nos hace, con el que ordenar y
reordenar nuestra convivencia.