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  Martes, 14 de diciembre de 2004 Actualizado a las 00:36
 

OBITUARIO
Un mallorquín de adopción insigne y ejemplar


ROMAN PIÑA HOMS

La comunidad universitaria de las Baleares está de luto. Con el fallecimiento de Alvaro Santamaría, nos deja en buena medida huérfanos una de las más insignes personalidades de la cultura de las Islas.

Yo tuve la suerte de conocerle, desde niño, en el caserón Aguiló de Montisión, sobre todo en los días de fiestas señaladas, como la del Sagrado Corazón de Jesús, que reunía a toda la familia para ver la procesión religiosa que pasaba bajo sus balcones. Mi padre me dijo: «Te presentaré a un sabio», y desde entonces se hizo permanente en mí su autoridad indiscutible.

Tuve con los años la oportunidad de tratarle estrechamente como primer director del centro de la UNED en 1972, en momentos difíciles de la institución, que, recién creada, parecía que acabaría privada del pan y la sal, al promocionarse la Universidad presencial un año más tarde. Nada de esto sucedió, gracias a las habilidades diplomáticas de este profesor de historia, que sin duda sabía mucho de los resortes que mueven la humana condición.

Pero Santamaría, que tuvo que hacer inmensos sacrificios al aceptar cargos académicos e importantes responsabilidades administrativas, sería ante todo un gran docente y un excepcional investigador.

Como docente y guía intelectual, ha sido el maestro de toda una generación de historiadores de prestigio -Pablo Cateura, María Barceló, Ricard Urgell, Gabriel Ensenyat, Francesc López Bonet, Florenci Sastre, y un largo etcétera- y como investigador, el buceador permanente de nuestros archivos, que con datos bien contrastados y de primera mano, nos ha ofrecido admirables trabajos en los que destaca aquel «saber hacer hablar a los documentos» acercándonos a su espíritu y desde él al conocimiento de una época más allá de la frivolidad o de la comodidad de ajustarse a lo políticamente correcto del momento. Recuerdo que en cierta época, después de haberme orientado en mi tesis doctoral, se enfrentó con las tesis de algunos de mis trabajos. Incluso llegó a tacharme de que hacía ciencia ficción, cuando hablaba del federalismo de la Corona de Aragón o de la integración de los mallorquines en Cortes catalanas.

Tal vez fuera excesivo en su juicio, pero el hecho es que con los años he tenido que rectificar algunos de los que hoy considero mis inmaduros criterios de tiempos atrás.

Hoy Santamaría nos deja con una obra científica consolidada -su Nueva Planta de Mallorca publicada en 1989; su magnífica obra Ejecutoria del Reino de Mallorca, publicada en 1990 y muy recientemente su Historia de una marginación, que trata sobre el papel de Mallorca en el Compromiso de Caspe- y toda su actividad reconocida con excepcionales distinciones. Nos deja el ejemplo de una trayectoria ejemplar, humana y científicamente hablando.

Quiso, a modo de testamento, decirnos muchas cosas en su último trabajo, al hacer lo que llamaría «reflexión cautelar» en torno a nuestro papel como comunidad histórica, tanto por lo que respecta a la amenazante función de mero satélite que puede alcanzar nuestra comunidad, en relación a sus vecinas de mayor peso, como al factor disgregador de los governs insulars,en lo que el historiador entiende de erosionador de nuestro siempre frágil sentimiento de balearidad «eje caudal y nexo necesario de la vertebración de la Comunidad».

Recomiendo a historiadores y sobre todo a políticos, que no pierdan la oportunidad de leerla y releerla si es el caso. Es el mejor testimonio de afecto que podemos dedicarle al maestro, y de fortalecimiento en el seny, que buena falta nos hace, con el que ordenar y reordenar nuestra convivencia.

 
   
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