Imperceptiblemente, como si se tratara
de pequeñas salpicaduras, grupos étnicos de
diferentes procedencias han abierto
distintos establecimientos en áreas físicas
muy concretas de nuestra ciudad, de forma
que al airear sus nombres y modificar el
paisaje nos hacen pensar si seguimos en
Palma o merced a un viaje astral nos hemos
trasladado a un lugar exótico de la tierra.
Exactamente en la zona de la Plaza de Pedro
Garau y circunscribiéndose al entorno en
donde se ubica el barrio de La Paloma,
usted puede encontrar comercios de
bisutería, droguería, confección, etc.,
regentados por familias de allende los
mares que sin perder la mínima oportunidad
van cogiendo los locales que se quedan
vacíos e incluso han tenido la osadía de
adquirir las esquinas, «hasta ahora
reservadas a nuestros Bancos y
cafeterías».
Todo aparentemente
inocuo si no fuera porque la inteligencia
es china. Lenta pero inexorablemente la
raza más constante, refinada y astuta de la
tierra ha ido copando distintos puntos de
venta al objeto de ofrecer atractivos
productos a precios competitivos. Este
devenir no es casual, un proceso en el que
el hombre blanco realizó el primer
movimiento ha sido la causa de esta
perturbación. Con el deseo de obtener
pingües beneficios algunos comerciantes en
viajes relámpago se trasladaron a Shangai,
Pekín y Taiwan al objeto de importar los
más variados enseres: bolsos, vestidos,
juguetes, etc. Observando las diferencias
entre el precio de compra y el de venta más
de uno pensó: «Esto no es jauja porque hay
mucho que gestionar, pero vale la pena». La
cuestión radica en que esta reflexión
también la hicieron quienes les vendían,
por lo que decidieron eliminar al
intermediario y expenderlos ellos
directamente aquí.
A partir de esta
situación el que aparecieran sus
familiares, los amigos, así como los amigos
de sus amigos y entre todos configuraran su
propia red de establecimientos, ha sido
cuestión de tiempo. De los posibles
competidores que pueden llegar a nuestra
isla, los chinos son sin lugar a dudas los
que más deben preocuparnos. Incansables, ya
que al no poderles distinguir pensamos que
es una misma persona la que trabaja, cuando
en realidad son tres que al turnarse y
estar más frescos que las lechugas no se
ajustan a los horarios establecidos, lo que
les permite vendernos camisetas y gafas de
sol a las dos de la madrugada, actuación
que califico de fatal para los
comercios.
Es cierto que cuando
nosotros íbamos a trabajar al extranjero
los nativos debían pensar otro tanto, mas
como dice el presidente de Pimeco,
Demetrio Peña, con la sabiduría que
confiere la perspectiva: «Lo que hace daño
no es que se produzca una apertura puntual,
lo que realmente inquieta es estar rodeado
de esta peculiaridad». La verdad es que
puede quedar un poco chusco que en una
tienda de Palma una muchacha de Cantón, nos
ofrezca: «Sabates amb disseny d' Inca fets
a Nanking». Esto va a llegar.
¿Que
cuál es la solución? Se esbozan dos
posibilidades: a) Un plan de choque de
forma que el Pequeño Comercio se estructure
en zonas con ofertas especializadas: la
calle de los bordados, de la alimentación
autóctona, artesanía mallorquina, etc., con
simbología y planes de marketing unificados
o bien entregarse, con dignidad claro está,
ya que hagamos lo que hagamos al final se
van a quedar con todo, luego adelantémonos
antes de que llegue ese luctuoso momento
pues al tratarse de una cultura milenaria
sabrán tener en cuenta nuestras
circunstancias y apelando a su
conmiseración es factible que no nos
obliguen a comer el arroz con palillos. Lo
comprenderán, seguro.