Reconozco que tengo un especial afecto
por Sebastián Verd, no sólo porque
nació al periodismo en mis tiempos de
director del DM, sino porque es un
excelente profesional, pienso que
desaprovechado, en parte por su querencia a
la unidimensionalidad que, últimamente y
por fortuna, está abandonando. En cualquier
caso, le sigo y le leo. Ayer publicaba un
artículo en el que sostenía que, bajo la
apariencia liberal, este Govern era el más
intervencionista de los que han pasado por
el Consulado del Mar y apoyaba su tesis en
el activismo que muestra Matas en
materia de inversiones en obras públicas.
Este intervencionismo chocaba, a juicio de
Verd, con las proclamas liberales que hace
el President.
Creo que confunde los
planos, Verd. Sólo una caricatura de lo
liberal -caricatura habitualmente
interesada y nada inocente- lo sitúa en
contra del Estado, lo cual es falso. El
Estado, para los liberales, tiene unas
funciones importantes, las suyas, no las de
la sociedad. Y una de estas funciones es
dotar a las sociedades de unas
infraestructuras modernas y eficientes.
Esto no es intervenir, sino cumplir con su
deber. Intervenir es pretender modelar la
sociedad, decidir lo que puede o no puede
hacer, practicar ingenierias societarias y
económicas, invadir las libertades
negativas de los ciudadanos, subordinar
derechos de los individuos a diseños
ideológicos. Esto es lo que hacía el Pacte
de forma mostrenca. Y no hacía, en cambio,
es lo que tenía que hacer:
infraestructuras, por ejemplo.