El otro día, en uno de estos espacios
televisivos franceses de notable altura,
intervenían, aparte del ministro de Sanidad
-«como médico nunca le pondré una inyección
letal a un paciente: otra cosa es que los
cuidados paliativos le acorten la vida»,
dijo refiriéndose a la eutanasia- varios
escritores, entre ellos Jean Dutourd
y Claude Allègre. Este último
atacó duramente al ministro se Sanidad,
protestando por la progresiva instauración
de lo que llamaba l'état papá que
nos contempla a los ciudadanos como menores
de edad, indicándonos lo que podemos o no
podemos hacer en el ámbito de nuestra
«libertad negativa», esta libertad y este
derecho individual que proclama ámbitos
inalienables en los cuales nadie tiene
derecho a meterse.
Allègre -con su
pinta de francés orondo y bon
vivant- tenía razón en su santa
indignación, pero debería haber extendido
sus críticas más allá del Estado y
referirlas a toda esta turbamulta de
políticos, periodistas, escritores,
lingüistas y demás especímenes que nos
amargan la vida con sus virtudes agresivas,
su estulticia soberbia de lo políticamente
correcto y de lo moralmente saludable.
Póngase el casco, abróchese el cinturón, no
fume, no coma grasas, no mire a las mozas
atractivas (acoso nefasto), no utilice a
chicas como recogepelotas en el tenis, no
hable en castellano, llame catalán a lo que
habla, discursee lalando el artículo, ¡qué
cruz! En Mallorca abundan este tipo de
coñazos insoportables, especialmente entre
la izquierda y el catalanismo, lo cual es
lógico dada la condición mesiánica de sus
respectivos discursos.