La reciente decisión del Consell,
declarando el maternal amor y
reconocimiento de la isla a una serie de
personajes -larga y variopinta lista-
haciéndolos hijos ilustres, adoptivos,
etc., ha dado mucho que hablar y no poco
que escribir. Ahora bien, por lo que se ha
hablado y escrito, parece que la única
proclamación habida ha sido la de George
Sand, por lo que tenía de escándalo
tanto entre la ciudadanía de a pie como
entre nuestra clase intelectual. Incluso un
artículo muy crítico hacia la proclamación,
publicado en este mismo periódico por
David Torres -artículo que debería
leerse dos veces, por lo que tiene de
visión del «escándalo» desde la perspectiva
de un escritor consagrado y que nos mira
desde fuera- demuestra que el propio
articulista, aparte de haber tenido el
acierto de superar la dicotomía de buenos o
malos, de derechas o de izquierdas,
machistas o feministas, según se reconozca
o no el mérito de la señora Dupin,
no ha tenido tiempo de enterarse de que, en
el mismo paquete, el Consell ha tenido a
bien colocar a Robert Graves, el
celebrado autor británico que tanto tiempo
estuvo entre nosotros, y que tanto amó y
respetó esta isla en la que murió y
permanece enterrado.
Tiene razón
David. La lápida de Graves en el cementerio
de Deià lo dice todo y provoca una
entrañable emoción. Abierta a la luz del
Mediterráneo que el escritor tanto amó, es
tan simple como expresiva. Solo figura el
nombre del autor y lo que fue y sigue
siendo: «poeta». Nada más. Y es que Graves
no quiso ser otra cosa. Incluso sus novelas
históricas, que tanta fama le otorgarían,
supongo que las escribió para vivir, puesto
que el sosiego de su alma, su proyección
vital, estaba en la poesía. Es curioso.
Ahora Mallorca en un acto de amor
-esperemos que no político, ni influido por
motivaciones económicas, como se han
insinuado respecto al nombramiento de
George Sand- le ofrece todo su cariño y
respeto, aunque Graves, el poeta, desde
hace muchos años ya la tenía en su corazón.
Es muy típica de los intelectuales ingleses
esta capacidad de sintonizar con nosotros;
de entendernos. No olvidemos la larga lista
de grandes historiadores anglosajones que
han penetrado en los entresijos de nuestro
ser colectivo. Claro, nuestro Mediterráneo
les deslumbra.
Graves, nacido en
Wimbledon en 1895, habiendo servido a su
país en los momentos aciagos de la Primera
Guerra Mundial, integrado en un regimiento
de fusileros galeses, sería profesor de
Literatura inglesa durante los años viente,
llegando a Mallorca en 1929, acompañado de
la escritora norteamericana Laura
Riding e instalándose en Deià -que supo
escoger desde el primer momento-,
haciéndose construir una casa a dos
kilómetros del pueblo. Allí, en Canelluñ,
instalaría una imprenta -Seizin Press-
junto al escritor neozelendés Len
Lye. Por aquellos años, personajes como
él eran observados a distancia y con
reserva por no pocos mallorquines. Recuerdo
haber leído o escuchado que se le
consideraba agente o espía británico. Pudo
serlo. Abandonó Mallorca en 1936, al
iniciarse la Guerra Civil española. Residió
en Suiza, Francia y Estados Unidos, hasta
que terminada la segunda Gran Guerra, en
1946, regresaría a Deià. En este rincón
único del Mediterráneo consolidó su hogar
-Can Graves-, totalmente identificado con
esta tierra mallorquina que tenía por suya,
y de la que se consideraba el venturoso
anfitrión de todo un mundo de intelectuales
y artistas que iban visitando y copando
aquellos parajes de nuestra Costa
Nord.
Tan ciudadano era de la isla,
que sus hijos pronto enraizarían en la
sociedad isleña como cualquier joven de su
tiempo. Lucía sería compañera de mi
mujer y de tantas otras jovencitas, en las
aulas del Colegio de Religiosas del Pont
d'Inca. Y Tomás, mallorquín como el
que más, siempre ha mantenido su vocación
también de hombre de letras, sin dejar de
estar vinculado a nuestra cultura autóctona
con muy interesantes
aportaciones.
Las obras que le darían
a Graves su gran fama de escritor fueron
Lawrence and the Arabs, escrita en
1927 a modo de biografía novelada de
Thomas Edward Lawrence, y
Claudius the God and his Wife
Messalina, escrita en 1934, también
biografía novelada, en este caso del
emperador Claudio. Ambas obras, llevadas al
cine, y sobretodo la segunda a la
televisión, constituyendo una magnífica
serie televisiva de la BBC en 1976, le
consagrarían como autor de calidad más que
reconocida. Yo puedo decir que, pese a lo
poco que me gustan las biografías
noveladas, leí con verdadero placer su
Belisario, recomponiendo la
personalidad del gran general del emperador
Justiniano, cuyos ejércitos, entre
tantas otras hazañas bélicas, arrebataron
las islas Baleares a los depredadores
vándalos de Genserico.
Pero
Graves, ante todo, aparte de poeta -Fairies
and Fussiliers en 19117 y Collected Poems
en 1975- y afamado novelista, fue un
excelente profesor de literatura inglesa,
siendo profesor como tal en la Universidad
de Oxford, escribiendo importantes obras de
crítica literaria, de gramática inglesa, y
traducciones al inglés de autores latinos,
castellanos y franceses. Aquí fue siempre,
al igual que su familia y a medida que
pasaban los años, persona muy querida. En
1968 sería nombrado hijo adoptivo de Deià,
el pueblo que llevaba en el alma. Era un
rendido admirador de la antigüedad clásica,
que recreaba con su genio y vastísima
cultura. De él nos dejaría Gaspar
Sabater Serra una ajustada biografía en
1986. Además, su conocimiento de la cultura
y la idiosincrasia de los mallorquines
aparecería también en una pequeña obra,
analizando con rigor la herencia semítica
mallorquina -La branca morta de l'arbre
d'Israel- publicada en 1986, un año
después de su muerte.
A Graves la
isla le viene honrando desde hace mucho
tiempo. Ahora, que el Consell le proclame
hijo adoptivo nos honra a nosotros. El
escritor consagrado no necesitaba la fama
que le otorgamos. La tenía más que
reconocida. Pero este expreso tributo de
afecto merece todo el aplauso. En su
lápida, al sol y también la ventisca de la
Costa Nord, espero que seguirá figurando
como siempre la misma reseña, con solo un
título: «poeta». Y para nosotros, su
recuerdo será siempre el del anglosajón
culto, amable y sencillo, que nos amó y
entre quienes descansa.