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  Lunes, 13 de septiembre de 2004 Actualizado a las 00:09
 

EL TELESCOPIO
Robert Graves, hijo adoptivo de Mallorca

ROMAN PiÑA HOMS


La reciente decisión del Consell, declarando el maternal amor y reconocimiento de la isla a una serie de personajes -larga y variopinta lista- haciéndolos hijos ilustres, adoptivos, etc., ha dado mucho que hablar y no poco que escribir. Ahora bien, por lo que se ha hablado y escrito, parece que la única proclamación habida ha sido la de George Sand, por lo que tenía de escándalo tanto entre la ciudadanía de a pie como entre nuestra clase intelectual. Incluso un artículo muy crítico hacia la proclamación, publicado en este mismo periódico por David Torres -artículo que debería leerse dos veces, por lo que tiene de visión del «escándalo» desde la perspectiva de un escritor consagrado y que nos mira desde fuera- demuestra que el propio articulista, aparte de haber tenido el acierto de superar la dicotomía de buenos o malos, de derechas o de izquierdas, machistas o feministas, según se reconozca o no el mérito de la señora Dupin, no ha tenido tiempo de enterarse de que, en el mismo paquete, el Consell ha tenido a bien colocar a Robert Graves, el celebrado autor británico que tanto tiempo estuvo entre nosotros, y que tanto amó y respetó esta isla en la que murió y permanece enterrado.

Tiene razón David. La lápida de Graves en el cementerio de Deià lo dice todo y provoca una entrañable emoción. Abierta a la luz del Mediterráneo que el escritor tanto amó, es tan simple como expresiva. Solo figura el nombre del autor y lo que fue y sigue siendo: «poeta». Nada más. Y es que Graves no quiso ser otra cosa. Incluso sus novelas históricas, que tanta fama le otorgarían, supongo que las escribió para vivir, puesto que el sosiego de su alma, su proyección vital, estaba en la poesía. Es curioso. Ahora Mallorca en un acto de amor -esperemos que no político, ni influido por motivaciones económicas, como se han insinuado respecto al nombramiento de George Sand- le ofrece todo su cariño y respeto, aunque Graves, el poeta, desde hace muchos años ya la tenía en su corazón. Es muy típica de los intelectuales ingleses esta capacidad de sintonizar con nosotros; de entendernos. No olvidemos la larga lista de grandes historiadores anglosajones que han penetrado en los entresijos de nuestro ser colectivo. Claro, nuestro Mediterráneo les deslumbra.

Graves, nacido en Wimbledon en 1895, habiendo servido a su país en los momentos aciagos de la Primera Guerra Mundial, integrado en un regimiento de fusileros galeses, sería profesor de Literatura inglesa durante los años viente, llegando a Mallorca en 1929, acompañado de la escritora norteamericana Laura Riding e instalándose en Deià -que supo escoger desde el primer momento-, haciéndose construir una casa a dos kilómetros del pueblo. Allí, en Canelluñ, instalaría una imprenta -Seizin Press- junto al escritor neozelendés Len Lye. Por aquellos años, personajes como él eran observados a distancia y con reserva por no pocos mallorquines. Recuerdo haber leído o escuchado que se le consideraba agente o espía británico. Pudo serlo. Abandonó Mallorca en 1936, al iniciarse la Guerra Civil española. Residió en Suiza, Francia y Estados Unidos, hasta que terminada la segunda Gran Guerra, en 1946, regresaría a Deià. En este rincón único del Mediterráneo consolidó su hogar -Can Graves-, totalmente identificado con esta tierra mallorquina que tenía por suya, y de la que se consideraba el venturoso anfitrión de todo un mundo de intelectuales y artistas que iban visitando y copando aquellos parajes de nuestra Costa Nord.

Tan ciudadano era de la isla, que sus hijos pronto enraizarían en la sociedad isleña como cualquier joven de su tiempo. Lucía sería compañera de mi mujer y de tantas otras jovencitas, en las aulas del Colegio de Religiosas del Pont d'Inca. Y Tomás, mallorquín como el que más, siempre ha mantenido su vocación también de hombre de letras, sin dejar de estar vinculado a nuestra cultura autóctona con muy interesantes aportaciones.

Las obras que le darían a Graves su gran fama de escritor fueron Lawrence and the Arabs, escrita en 1927 a modo de biografía novelada de Thomas Edward Lawrence, y Claudius the God and his Wife Messalina, escrita en 1934, también biografía novelada, en este caso del emperador Claudio. Ambas obras, llevadas al cine, y sobretodo la segunda a la televisión, constituyendo una magnífica serie televisiva de la BBC en 1976, le consagrarían como autor de calidad más que reconocida. Yo puedo decir que, pese a lo poco que me gustan las biografías noveladas, leí con verdadero placer su Belisario, recomponiendo la personalidad del gran general del emperador Justiniano, cuyos ejércitos, entre tantas otras hazañas bélicas, arrebataron las islas Baleares a los depredadores vándalos de Genserico.

Pero Graves, ante todo, aparte de poeta -Fairies and Fussiliers en 19117 y Collected Poems en 1975- y afamado novelista, fue un excelente profesor de literatura inglesa, siendo profesor como tal en la Universidad de Oxford, escribiendo importantes obras de crítica literaria, de gramática inglesa, y traducciones al inglés de autores latinos, castellanos y franceses. Aquí fue siempre, al igual que su familia y a medida que pasaban los años, persona muy querida. En 1968 sería nombrado hijo adoptivo de Deià, el pueblo que llevaba en el alma. Era un rendido admirador de la antigüedad clásica, que recreaba con su genio y vastísima cultura. De él nos dejaría Gaspar Sabater Serra una ajustada biografía en 1986. Además, su conocimiento de la cultura y la idiosincrasia de los mallorquines aparecería también en una pequeña obra, analizando con rigor la herencia semítica mallorquina -La branca morta de l'arbre d'Israel- publicada en 1986, un año después de su muerte.

A Graves la isla le viene honrando desde hace mucho tiempo. Ahora, que el Consell le proclame hijo adoptivo nos honra a nosotros. El escritor consagrado no necesitaba la fama que le otorgamos. La tenía más que reconocida. Pero este expreso tributo de afecto merece todo el aplauso. En su lápida, al sol y también la ventisca de la Costa Nord, espero que seguirá figurando como siempre la misma reseña, con solo un título: «poeta». Y para nosotros, su recuerdo será siempre el del anglosajón culto, amable y sencillo, que nos amó y entre quienes descansa.

 
   
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