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  Sábado, 28 de agosto de 2004 Actualizado a las 01:32
 

LA PREGUNTA DEL MILLON
¿Encaja la obra de Barceló en la capilla de Sant Pere de la catedral de Palma?

Tormento y éxtasis JOAN PERICAS


SI

A un nivel muy epidérmico, pareciera que interesa la opinión del espectador sobre la obra de Miquel Barceló, pero entonces uno se da cuenta de que la pregunta podría haberse formulado en otros términos. Por ejemplo: ¿qué tipo de sensaciones le ha producido la visión del retablo?, o bien ¿le agrada la obra realizada por el artista felanitxer?, dejando a continuación que racionalicemos libremente esas sensaciones. Para ello, sin duda, sería precisa una observación directa del retablo que no puede sustituir ninguna reproducción fotográfica.

Interrogar, sin embargo, sobre si «es pertinente» o «si encaja» la obra barceloniana en la Seu, parece situarnos ante un apriorístico conflicto entre la obra y el marco que la delimita, del que sabemos, desde Chesterton, que es su propia esencia. Observo -quizá sólo sea una muy subjetiva impresión- que la obra, sin embargo, es situada en segundo plano, eclipsada por un interés oculto de situar el conflicto entre otros dos sujetos: el autor y la Seu. De ser ciertas mis sospechas, la pregunta debería haberse formulado sin disfraces, tal que así: ¿quién se apropia de quien, Barceló de la Seu o la Seu de Barceló?, que de todas formas es, a mi juicio, ridícula.

Porque realizada la obra, modificada en relación a sus fines sacrosimbólicos con la eliminación de la tan cacareada carnalidad, encajada por propia factura en la capilla catedralicia, la cuestión de la pertinencia se me antoja impropia. A día de hoy, obra y marco son un todo indivisible que descubre como falsas las pretendidas dicotomías que encierra el concepto mismo de pertinencia: arte-religión, modernidad-tradición, agnosticismo-catolicismo; obra abierta-obra cerrada….

Me interesará experimentar, claro, la contemplación directa de una visión mediterránea de la parábola evangélica de la multiplicación de los panes y los peces, pero lo haré cuando la obra esté verdaderamente conclusa. En este sentido, todo lo acontecido últimamente me recuerda, sin que sean comparables ni artistas ni mecenas, la insoportable contumacia con la que Julio II apremiaba a Miguel Ángel Buonarotti para que concluyera los frescos de la Capilla Sixtina que tan bien supo representar Rex Harrison en la película El tormento y el éxtasis de Carol Reed. También entonces la pertinencia y el encaje estuvieron en boca de muchos. Por cierto, ¿cuánta carnalidad tuvo que amputar Buonarotti?

 
   
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