SIA un nivel muy epidérmico, pareciera
que interesa la opinión del espectador
sobre la obra de Miquel Barceló,
pero entonces uno se da cuenta de que la
pregunta podría haberse formulado en otros
términos. Por ejemplo: ¿qué tipo de
sensaciones le ha producido la visión del
retablo?, o bien ¿le agrada la obra
realizada por el artista felanitxer?,
dejando a continuación que racionalicemos
libremente esas sensaciones. Para ello, sin
duda, sería precisa una observación directa
del retablo que no puede sustituir ninguna
reproducción fotográfica.
Interrogar, sin embargo, sobre si
«es pertinente» o «si encaja» la obra
barceloniana en la Seu, parece situarnos
ante un apriorístico conflicto entre la
obra y el marco que la delimita, del que
sabemos, desde Chesterton, que es su
propia esencia. Observo -quizá sólo sea una
muy subjetiva impresión- que la obra, sin
embargo, es situada en segundo plano,
eclipsada por un interés oculto de situar
el conflicto entre otros dos sujetos: el
autor y la Seu. De ser ciertas mis
sospechas, la pregunta debería haberse
formulado sin disfraces, tal que así:
¿quién se apropia de quien, Barceló de la
Seu o la Seu de Barceló?, que de todas
formas es, a mi juicio,
ridícula.
Porque realizada la obra,
modificada en relación a sus fines
sacrosimbólicos con la eliminación de la
tan cacareada carnalidad, encajada por
propia factura en la capilla catedralicia,
la cuestión de la pertinencia se me antoja
impropia. A día de hoy, obra y marco son un
todo indivisible que descubre como falsas
las pretendidas dicotomías que encierra el
concepto mismo de pertinencia:
arte-religión, modernidad-tradición,
agnosticismo-catolicismo; obra abierta-obra
cerrada….
Me interesará experimentar,
claro, la contemplación directa de una
visión mediterránea de la parábola
evangélica de la multiplicación de los
panes y los peces, pero lo haré cuando la
obra esté verdaderamente conclusa. En este
sentido, todo lo acontecido últimamente me
recuerda, sin que sean comparables ni
artistas ni mecenas, la insoportable
contumacia con la que Julio II
apremiaba a Miguel Ángel Buonarotti
para que concluyera los frescos de la
Capilla Sixtina que tan bien supo
representar Rex Harrison en la
película El tormento y el éxtasis de
Carol Reed. También entonces la
pertinencia y el encaje estuvieron en boca
de muchos. Por cierto, ¿cuánta carnalidad
tuvo que amputar Buonarotti?