El próximo 6 de setiembre, el pleno del
Consell va a conceder a Miquel del Sants
Oliver la distinción honorífica de Fill
Predilecte de l'Illa de Mallorca. En
homenaje al gran periodista y ensayista
mallorquín, vale la pena recordar algunas
claves del fecundo pensamiento de Oliver,
sobre todo, aquellos aspectos que han sido
expresa e injustamente olvidados por los
estudiosos. Más que comentar su obra,
quiero acercarme al personaje con el objeto
de incitar a su lectura y darle la palabra
al propio homenajeado para que les cautive
con su exquisita prosa y su estilo tan
cuidado como preciso. Asimismo, estoy
convencido de que muchas de las ideas que
encontrarán aquí (y espero que en su obra)
les parecerán absolutamente vigentes a la
luz de la Mallorca del siglo XXI.
La
figura de Oliver estará siempre ligada a la
figura del gran político mallorquín
Antonio Maura. Oliver sintió como nadie
la caída de Antonio Maura del liderazgo del
Partido Conservador y a su vez del Gobierno
español en 1913, no simplemente por razones
de paisanaje, sino porque veía en el
político mallorquín el símbolo y la
personificación de la regeneración política
y la dignificación de la vida pública por
la que clamaba la opinión pública española,
indispensables para una España sin aliento
vital. La crisis de octubre de 1913 provocó
la salida de Maura del Gobierno y su
sustitución por Dato. Maura había
sido a lo largo de un decenio el gran líder
del Partido Conservador, un reformista
recto y de principios que renunció a la
Presidencia del Gobierno al no prestarse a
gobernar de otra manera, a la vieja
usanza, al politiqueo. «No fue la expulsión
de un hombre sino el anatema contra una
política, no fue un caso personal sino un
pleito nacional, no fue una anécdota sino
toda la cuestión de principio, no fue un
incidente sino toda la sustancia». Oliver
reunió los comentarios periodísticos de
aquella fecha en un libro, El caso
Maura, en el que defendió públicamente
a su paisano por cuanto «al defender a
Maura concretamente, entendí defender in
potentia toda la dignidad de la vida
pública y todas las posibilidades de
redención para nuestro país». Oliver
anticipó en la defenestración de Maura al
frente del Partido Conservador una tragedia
para España, por cuanto el Conservador era
el único partido «que había hecho ademán de
convertirse a la política salvadora y
terapéutica y de extirpar, de raer sin
piedad el politiqueo infeccioso».
Oliver tenía suficiente inteligencia
para evaluar la política de los hechos, del
día a día y no dejarse engañar por la
retórica revolucionaria de los conductores
de muchedumbres. «Porque entre las muchas
cosas excéntricas y peregrinas que deberá
la historia a su tiempo, figura muy
señaladamente la singularidad de que las
iniciativas de progreso propiamente tales
han partido, en la última etapa, de los
conservadores (...), mientras los
liberales, por una ceguedad y petrificación
y vetustez verdaderamente asombrosas, no
atinaron en salirse nunca de los
verbalismos vacuos y retóricos del siglo
XIX y, desde 1898, con la fugaz excepción
de Canalejas, han representado la
verdadera obra muerta, inerte y rutinaria,
el verdadero conservadurismo y persistencia
en el statu quo, enfrente de los
diversos ensayos de renovación dinámica
intentados de la derecha como para
acreditar una vez más la ley de
contrasentido que nos rige». Esta será una
de las ideas-fuerza de todo el pensamiento
oliveriano: su confianza en el partido
conservador, el único que a su juicio podía
llevar a cabo las reformas que necesitaba
España. «Hay que decirlo y proclamarlo
categóricamente: el Partido Conservador no
nació en España como una reacción
contrapuesta a otros impulsos progresivos,
ni para detenerlos o conseguir que se
abortasen (...) Históricamente hablando,
los conservadores fueron en España los
primeros reformistas. Y puede decirse que
el proceso de división de los partidos
siguió aquí un camino inverso del que
suelen indicar los teóricos de esta
materia, es decir, que por reacción contra
los evolutivos nacieron de un lado los
radicales y del otro los tradicionalistas
intransigentes, y no al revés».