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  Miércoles, 25 de agosto de 2004 Actualizado a las 00:37
 

EL AGORA
Miquel dels Sants Oliver y Maura

JOAN FONT ROSSELLO


El próximo 6 de setiembre, el pleno del Consell va a conceder a Miquel del Sants Oliver la distinción honorífica de Fill Predilecte de l'Illa de Mallorca. En homenaje al gran periodista y ensayista mallorquín, vale la pena recordar algunas claves del fecundo pensamiento de Oliver, sobre todo, aquellos aspectos que han sido expresa e injustamente olvidados por los estudiosos. Más que comentar su obra, quiero acercarme al personaje con el objeto de incitar a su lectura y darle la palabra al propio homenajeado para que les cautive con su exquisita prosa y su estilo tan cuidado como preciso. Asimismo, estoy convencido de que muchas de las ideas que encontrarán aquí (y espero que en su obra) les parecerán absolutamente vigentes a la luz de la Mallorca del siglo XXI.

La figura de Oliver estará siempre ligada a la figura del gran político mallorquín Antonio Maura. Oliver sintió como nadie la caída de Antonio Maura del liderazgo del Partido Conservador y a su vez del Gobierno español en 1913, no simplemente por razones de paisanaje, sino porque veía en el político mallorquín el símbolo y la personificación de la regeneración política y la dignificación de la vida pública por la que clamaba la opinión pública española, indispensables para una España sin aliento vital. La crisis de octubre de 1913 provocó la salida de Maura del Gobierno y su sustitución por Dato. Maura había sido a lo largo de un decenio el gran líder del Partido Conservador, un reformista recto y de principios que renunció a la Presidencia del Gobierno al no prestarse a gobernar de otra manera, a la vieja usanza, al politiqueo. «No fue la expulsión de un hombre sino el anatema contra una política, no fue un caso personal sino un pleito nacional, no fue una anécdota sino toda la cuestión de principio, no fue un incidente sino toda la sustancia». Oliver reunió los comentarios periodísticos de aquella fecha en un libro, El caso Maura, en el que defendió públicamente a su paisano por cuanto «al defender a Maura concretamente, entendí defender in potentia toda la dignidad de la vida pública y todas las posibilidades de redención para nuestro país». Oliver anticipó en la defenestración de Maura al frente del Partido Conservador una tragedia para España, por cuanto el Conservador era el único partido «que había hecho ademán de convertirse a la política salvadora y terapéutica y de extirpar, de raer sin piedad el politiqueo infeccioso».

Oliver tenía suficiente inteligencia para evaluar la política de los hechos, del día a día y no dejarse engañar por la retórica revolucionaria de los conductores de muchedumbres. «Porque entre las muchas cosas excéntricas y peregrinas que deberá la historia a su tiempo, figura muy señaladamente la singularidad de que las iniciativas de progreso propiamente tales han partido, en la última etapa, de los conservadores (...), mientras los liberales, por una ceguedad y petrificación y vetustez verdaderamente asombrosas, no atinaron en salirse nunca de los verbalismos vacuos y retóricos del siglo XIX y, desde 1898, con la fugaz excepción de Canalejas, han representado la verdadera obra muerta, inerte y rutinaria, el verdadero conservadurismo y persistencia en el statu quo, enfrente de los diversos ensayos de renovación dinámica intentados de la derecha como para acreditar una vez más la ley de contrasentido que nos rige». Esta será una de las ideas-fuerza de todo el pensamiento oliveriano: su confianza en el partido conservador, el único que a su juicio podía llevar a cabo las reformas que necesitaba España. «Hay que decirlo y proclamarlo categóricamente: el Partido Conservador no nació en España como una reacción contrapuesta a otros impulsos progresivos, ni para detenerlos o conseguir que se abortasen (...) Históricamente hablando, los conservadores fueron en España los primeros reformistas. Y puede decirse que el proceso de división de los partidos siguió aquí un camino inverso del que suelen indicar los teóricos de esta materia, es decir, que por reacción contra los evolutivos nacieron de un lado los radicales y del otro los tradicionalistas intransigentes, y no al revés».

 
   
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