Todo este artificial debate autonómico y
de reforma constitucional que
irresponsablemente ha puesto en marcha
Maragall con la anuencia de
Zapatero está prodigando un aluvión
de tonterías y descubrimientos de
mediterráneos. La división que pretende
Matagall y, ahora, su epígono
Montilla, entre autonomías
«históricas» y las que no lo son es un
imposible histórico y un imposible
político: todas las autonomías son
«históricas» en España y todas en general
más históricas que Cataluña y País Vasco
que pretenden el label de la
historicidad.
Ayer, en el
Balears, se descubrían mediterráneos
al afirmar muy seriamente que la capacidad
reformadora de los estatutos de autonomía
la tenían las Cortes Generales y no los
parlamentos autonómicos. Vaya por Dios.
Aunque no se lo crean el búnker sociata,
los púnicos y los picornelios que
editorializan, lo primero que debe saber un
columnista político es dónde está
residenciada la soberanía, en nuestro caso
en el pueblo español en su conjunto. Y que
lo que los antichs, sampoles y demás
llaman «soberanía» cada vez que el Gobierno
de la Nación les contrariaba es una
soberanía derivada de la soberanía
originaria situada en la máxima
institución representativa que son las
Cortes. Los estatutos no son reflejo de la
soberanía del pueblo catalán, del pueblo
vasco o del pueblo balear, sino de la
soberanía del pueblo español. Por esto
emanan de una ley del Parlamento nacional y
no de una ley autonómica. Que tras 25 años
de Constitución se descubran estas
obviedades no deja de sorprender.